Pero no fue por la emoción del triunfo ante sus entusiastas electores en Hyde Park en Chicago, su ciudad, a donde viajó el día de las elecciones presidenciales. A Obama lo conmovieron los 700 líderes comunitarios que encabezaron el trabajo de base con la gente a lo largo y ancho del país y que fue el corazón de su campaña, marcando una diferencia fundamental con su contendor republicano, Mitt Romney. Obama se identificó con ellos y con su compromiso personal.
Ellos encarnaban el signo principal de la nueva sociedad norteamericana: su diversidad étnica y la pluralidad de creencias. El presidente recién reelegido y el Partido Demócrata han sabido interpretar ese universo social de negros, latinos, asiáticos, hombres y mujeres con opciones homosexuales, jóvenes seculares que ya no ven en la iglesia la redención de sus vidas, y mujeres, muchas mujeres independientes, para quienes la familia ya no es el único pivote existencial, que le dan su nueva fisionomía humana a los Estados Unidos. Estos grupos considerados como minorías, junto con miles de emigrantes de países pobres cuyo trabajo es la base económica urbana y rural del país, se convirtieron en una fuerza social y política determinante para el triunfo demócrata el pasado 6 de noviembre.
Obama y los demócratas, en la medida en que han entendido esta nueva realidad de la sociedad, la lograron interpretar políticamente, como se reflejó en su avasallador triunfo electoral y que marcó un fortísimo contraste con la posición del derrotado Partido Republicano representado en Romney y el sector fundamentalista del Tea Party, que se aferra dogmáticamente a la visión de un país que ya no existe: WASP (blanco, anglosajón y protestante). El estereotipo de blancos rubios y ojiazules cada vez pesa menos en la sociedad norteamericana, y por eso mismo su importancia política cada día es menor.
Quienes avanzan de manera incontenible en su posicionamiento social son los latinos y los asiáticos, que además aportan culturas radicalmente distintas a la tradicional anglosajona, de base protestante y marcado sabor individualista que Máximo Weber identificó con el espíritu del capitalismo. Los primeros llegan con una cultura de cepa católica y latina y los segundos, confuciana, pero para ambos el Estado y las estructuras sociales, especialmente las comunitarias y familiares, juegan un importante papel. Este componente cultural los ha ido alejando del pensamiento republicano para acercarlos a las propuestas demócratas representadas en Barack Obama.
Unas elecciones en las que además el llamado neoliberalismo sufrió un duro golpe y se abrió la posibilidad de encontrar un equilibrio entre el papel del Estado con sus políticas públicas y las iniciativas individuales. Es un cambio evidente el que se está viviendo, donde ganó el derecho a la inclusión de los grupos sociales supuestamente minoritarios, y puede ser importante para Colombia, donde siempre hemos vivido en la penúltima moda norteamericana.

