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Opinión | Dom, 11/11/2012 - 23:00

Días de radio

Por: Santiago Montenegro | Elespectador.com

CON LA NOTICIA DE LA MUERTE del humorista Hebert Castro, el 27 de septiembre, a sus 87 años, en Montevideo, Uruguay, reaparecen, no sólo los personajes —como el Pobre Peraloca o Don Prudencio— que, noche tras noche, a las ocho de la noche por Caracol, contaban chistes e historias inverosímiles, sino todo un mundo que, cuatro décadas después, es irreconocible. Porque, fuera de las clases y los juegos del colegio, el mundo de los niños y de los adolescentes estaba poblado por elementos muy distintos a los de los jóvenes de hoy.

CON LA NOTICIA DE LA MUERTE del humorista Hebert Castro, el 27 de septiembre, a sus 87 años, en Montevideo, Uruguay, reaparecen, no sólo los personajes —como el Pobre Peraloca o Don Prudencio— que, noche tras noche, a las ocho de la noche por Caracol, contaban chistes e historias inverosímiles, sino todo un mundo que, cuatro décadas después, es irreconocible. Porque, fuera de las clases y los juegos del colegio, el mundo de los niños y de los adolescentes estaba poblado por elementos muy distintos a los de los jóvenes de hoy.

Para comenzar, la televisión sólo llegó a Pasto, mi ciudad, cuando yo era ya adolescente. Era un mundo dominado por la radio, con sus novelas, con el Reporter Esso, con la Cabalgata Deportiva Gillette y con innumerables programas de humor como Los Chaparrines, La Escuela de Doña Rita, entre otros, pero donde mi favorito era el de Hebert Castro.

Los domingos en la tarde escuchábamos por la radio los partidos de fútbol y, todo el año, esperábamos con impaciencia el comienzo de la Vuelta a Colombia; las voces de Carlos Arturo Rueda C. o de Julio Arrastía narraban las hazañas de tantos héroes sobre sus “caballitos de acero”, pero también nos hizo descubrir y conocer la geografía, las ciudades, las formas de hablar de ciclistas y entrenadores y, a través de ellos, la variedad de la gente y de las regiones. Por medio de la radio muchos nos aficionamos a los toros y al béisbol, con sus bases por bolas, sus dobles y triples y los homeruns memorables, con bases llenas, de Abel Leal.

Pero, la radio, aunque captaba la atención, era un medio que no copaba y, menos, esclavizaba las mentes de los niños y adolescentes. A la radio le costaba pelear el tiempo y la atención de la gente, y en particular de los niños, con actividades, relatos y tradiciones que se negaban a desaparecer. Tenía que disputar con el tiempo de lectura de El Tesoro de la Juventud o con el rosario diario y sus misterios gozosos o dolorosos y las letanías que, en latín, pronunciaban los adultos y que, en coro, los niños respondíamos, por supuesto sin entender, “ora pro nobis” a las Mater et Magistras o Stellas Matutinas. Pero luchaba también con relatos fantásticos que nos contaban los mayores, como las historias de rebeldías contra los gobernantes coloniales, como las de los hermanos Clavijo, de Túquerres, y, por supuesto, las de los pastusos contra Bolívar, lideradas por el indio Agustín Agualongo.

Y en una ciudad que se oscurecía muy temprano y tenía un pésimo servicio de energía, el mundo de los niños estaba también poblado de miedos y terrores, de fantasmas y de muertos que regresaban a recorrer sus pasos sobre los pisos entablados de las casas, que respiraban junto a la cama a medianoche o que nos miraban desde la profundidad de los espejos. Y, por supuesto, siempre estaba el peor terror de todos, el diablo mismo, listo a asestar su golpe definitivo sobre las almas puras de los niños.

Ese era el mundo del que hizo parte Hebert Castro y que, quizá, contribuyó a desplazar. Nunca he creído que todo tiempo pasado fue mejor. Pero sí fue muy distinto y, a los ojos de hoy, lo miro con asombro y también con nostalgia.

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