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Opinión | Vie, 11/16/2012 - 23:00

Uribe en su 'reality'

Por: Mauricio García Villegas | Elespectador.com

Muchos grandes líderes políticos han sido talentosos comunicadores. Charles de Gaulle, por ejemplo, tenía una capacidad particular para interpretar el sentimiento de los franceses y para diseñar, con sus palabras, utopías reales que unían y movilizaban a la población.

Algo similar puede decirse de Winston Churchill, de Fidel Castro, de Ronald Reagan y, hoy en día, de Barack Obama. En todos ellos está presente ese don verbal que congrega ciudadanos, eleva su espíritu colectivo y propicia cambios sociales.

El expresidente Álvaro Uribe es, sin duda, otro gran comunicador; se conecta con la gente, interpreta sus sentimientos e incluso inspira sueños colectivos. Pero su talento dista mucho del de los líderes que he mencionado antes. Señalo dos diferencias: una de fondo y otra de forma.

La de fondo. Más que unir a toda la población en torno a una utopía alcanzable, Uribe moviliza a una parte de la población en contra de la otra, a la cual considera su enemiga. Además, le apuesta menos a una sociedad mejor en el futuro, que al rescate de un pasado (mítico) en el cual los enemigos actuales están por fuera. Su talento comunicador no consiste tanto en unir, a partir de la difusión de ilusiones creíbles, sino en excluir inculcando enemistades perdurables.

Ahora la diferencia de forma. Quienes congregan comunicando utopías reales prefieren hablar desde escenarios formales, ojalá solemnes, y trasmitir sus palabras por la televisión. A Uribe, en cambio, le gusta hablar desde la calle o desde la plaza pública, en plena actividad política o gubernamental (el consejo comunitario, por ejemplo) y hacerlo por la radio local o, mejor aún, por Twitter. Creo que nadie ha descrito mejor esta manera de gobernar y de hacer política que el exmagistrado Carlos Gaviria cuando dijo que Uribe era un “retórico de la acción”. No sólo hay una desmesura en todo lo que Uribe hace (“trabajar, trabajar y trabajar”), a veces sin orden, sin fondo y sin hilo conductor (como el retórico), sino que casi que lo que dice es lo que hace y lo que hace se reduce a lo que dice. Nada mejor que el Twitter para reflejar esa manera explosiva, efímera y deshilvanada de actuar en la vida pública.

El talento comunicador de Uribe no consiste en movilizar al pueblo a través de un discurso que vislumbra un futuro alcanzable. Lo suyo es más bien encarnar a un personaje de reality que combina la omnisciencia del Gran Hermano con la ligereza del protagonista de novela. Uribe no sólo se involucra en la trama cotidiana (con esa mezcla de mezquindad y sensiblería que ella suele tener), sino que representa a quien todo lo sabe; por eso escoge al amenazado de la semana. Sus palabras, como las de un Gran Hermano desbocado, no son discursos elaborados sino admoniciones inapelables, reprimendas avasalladoras o insultos soeces que suscitan la euforia de la tribuna y garantizan así su permanencia en el show.

En este país escindido por la geografía y las clases sociales, en donde las discusiones mesuradas escasean tanto como los proyectos de sociedad (ni qué decir de las utopías reales), uno tiene el legítimo temor de que el reality nacional que se inventó el expresidente Uribe, con su dosis cotidiana de arrebato y capricho, sirva más para reproducir nuestros defectos colectivos, nuestros impulsos más pedestres y nuestros demonios culturales, que para sacar a esta sociedad del atolladero en el que se encuentra.

Digo esto porque, como diría Jean Baudrillard, no es tanto que los realities reproduzcan la realidad, sino que la realidad termina reproduciendo a los realities.

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