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Bogotá | Sab, 12/01/2012 - 21:00

"A nadie le interesa lo que tengo entre las piernas"

Por: Camilo Segura Álvarez

La construcción de una identidad individual implica la limitación del acceso a los derechos fundamentales para un sector de la comunidad LGBTI. En el Estado hay un profundo desconocimiento de lo ‘trans’.

“Excremental”, “aberrante”, “anormal”. Esos son algunos de los calificativos con los que representantes del Estado califican a la comunidad LGBTI. El mismo Estado que le exige a una parte de esta población, las personas transgeneristas, que se declaren enfermas (a través de los DSN 4 y 5, manuales de siquiatría, y otros requisitos), para poder tener acceso a los derechos fundamentales.

Es una época de cambios. Que las instituciones, principalmente la Corte Constitucional, se hayan planteado debates, muchas veces gracias a la presión de las organizaciones sociales, como el matrimonio igualitario, el derecho a la adopción o los derechos patrimoniales, es un avance, según las ONG defensoras de los derechos de esta comunidad. Sin embargo, reconocen que hace falta mucho.

Y uno de esos sectores donde hace falta mucho es el transgenerismo. Según funcionarios de la Secretaría de Integración Social, el 80% de los médicos reconocen no saber cómo tratar a esta población, que representa más del 10% del total de la comunidad LGBTI. Cabe imaginarse cómo será en el resto del sector público.

El Espectador consiguió testimonios de personas que hoy no tienen acceso a la salud, al trabajo o a la vivienda por el simple hecho de haber construido una identidad individual que se distancia de la concepción tradicional en la que los ciudadanos se distinguen entre hombres y mujeres, sin intermedios, sin matices, sin colores, sin derecho a reconocerse diferente.

Es de origen campesino. Desde los siete años supo que su comportamiento no era igual al de los demás niños de la vereda. Vivió sus preferencias sexuales en secreto, sin comunicarle a nadie que se sentía encerrada en un cuerpo de hombre, más que a uno de sus primos, con quien exploró su sexualidad. “Yo lo seduje. Tuvimos relaciones desde que tenía nueve años, hasta que cumplí 20. Ese día me decidí: voy para Bogotá”.

Llegó a la capital, con los pocos ahorros que traía compró las primeras prendas ceñidas, ropa de mujer. Se sentía bellísima, comenta Yomaira. Pero le faltaba algo para asumir su identidad, la que le gustaba; le faltaba ser mujer.

En ningún trabajo la aceptaron. No tenía el bachillerato, traía cédula de hombre, pero se vestía como una mujer. Comenzó a prostituirse y “para triunfar en el negocio” a inyectarse hormonas. “Ningún médico me las recetó, yo las compraba. Me crecieron las tetas, pero no me veía como quería, no me veía como los clientes querían que me viera”. Por eso, a los 30 años, comenzó a usar un tratamiento que las compañeras usaban. Las inyecciones de aceite Johnson’s.

Se metió agujas en la cara, en las nalgas, se agrandó los senos: se veía como quería. Pasaron 6 años en los que, según ella, “era la reina del putiadero, me sentía divina”.

Pero un día, cuando tenía 36, todo cambió. Comenzó a deformarse. La cara que tanto amaba se empezó a desfigurar. Tres años después se le reventaron las nalgas, siguió trabajando, pero los clientes se ahuyentaban. A los 42 años dejó la prostitución. “Así yo quisiera seguir de prostituta no puedo. Ya estoy vieja y tengo el cuerpo vuelto nada. La única opción sería salir a robar a los trans más ‘pollos’. Y eso no lo quiero hacer”.

Cuando su cuerpo se desfiguró, las primeras curaciones las hicieron las prostitutas que trabajaban con ella. No tenía Sisbén, por eso, cuando conseguía algo de dinero, iba a una consulta particular o a centros bioenergéticos a que le aliviaran el dolor. Un día, uno de esos médicos, cuando vio que las hinchazones y vejigas ponían en riesgo su vida, la mandó al hospital San Juan de Dios, donde la han visto en múltiples ocasiones sin hacerle más trabajo que curaciones esporádicas a un problema que cada día crece más.

Hoy, con 55 años encima, Yomaira sigue yendo a hacerse las curaciones, siempre con su cédula de hombre, la que no le gusta usar. En más de 10 años ninguna de sus deformaciones ha sido curada, sólo aliviadas, incluso, siguen creciendo en distintos lugares como sus ingles y el pecho.

“Ya no puedo ponerme ropa de mujer, me tocó cortarme el pelo, empezar a parecer un marica cualquiera, no sólo porque me toca trabajar lavando casas o cocinando, sino porque con estas complicaciones de salud es muy difícil que me dejen vivir en algún lugar decente”, confiesa Yomaira, quien hoy vive en un inquilinato en el barrio San Blas, que paga con ayuda del Distrito. Lejos de su época de gloria, ha tenido que volver a parecer un hombre en contra de su voluntad.

Contrario a lo que ocurre con Yomaira, Brian no está buscando al sistema de salud para que enmiende transformaciones que le ha hecho a su cuerpo, lo está buscando para poderlo transformar, para poder inyectarse.

Desde que tenía cuatro años, cuando empezó a pedirle a su mamá que lo vistiera como un niño y a los ocho cuando se “enamoró” de una niña, fue víctima del matoneo escolar y de la discriminación de su familia, la llamaban ‘machorro’.

Tiene 22 años y sólo ha tenido una relación sentimental. Su identidad no es la de una mujer lesbiana. “Nunca me ha gustado mi cuerpo de mujer. Me gustaría tener barba y voz gruesa”, afirma Brian, quien busca que un médico asesore su tránsito de género.

Lo primero que tiene que hacer, para lo cual ya está en trámites, es ir a un psiquiatra a que diga que efectivamente ella tiene disforia de género, “un trastorno mental” que, según el sistema de salud colombiano, padecen todos los “candidatos” a transgeneristas.

Una vez le certifiquen que tiene ese trastorno, puede empezar a someterse al proceso médico, a las inyecciones de la hormona testoviron, para poder ser lo que quiere ser. Un proceso legal que puede tomar cuatro años.

“Lo quiero hacer legal para estar seguro de que lo que me inyecto no me afecta el cuerpo”, dice Brian, a quien funcionarios de la salud, también su familia, le han sugerido que vaya a una iglesia o a un internado.

Hoy Brian está haciendo los trámites para cambiar el nombre en su cédula, pero sabe que no puede cambiar la F (femenino), pues sólo cuando se castre y se construya un pene, cosa que él no quiere, el Estado la reconocerá como un hombre, cosa que tampoco quiere. Él se asume como un transgenerista.

El rechazo y las condiciones económicas de su familia lo impulsan a buscar trabajo. Ahí aparece otro problema: la libreta militar. No puede buscar trabajo como Brian sin libreta militar, pero tampoco la tendrá si en su cédula aparece la F.

“El Estado no sabe el daño que nos está haciendo cuando no reconoce nuestra condición particular. Todo sería mejor si por lo menos pudiéramos hablar con ellos, que nos conozcan, que sepan qué derechos son los que no tenemos”, concluye Brian.

“El sistema de salud nos quiere normalizar. O somos hombres o mujeres. Pero no necesito estar operada para ser mujer, ya lo soy. Ya hice un tránsito que me dolió y me costó. Como no rechazo mi genitalidad no se me puede hacer una atención integral en salud. Esa es la barrera para el acceso a ese derecho”. Así resume Vivian Sofía, una mujer trans que le ha dedicado los últimos años de su vida a defender los derechos de quienes, como ella, han asumido una identidad fuera de los patrones convencionales.

Para ella el Estado, cuando insiste en las “normalizaciones”, todavía no ha sabido interpretar lo que significa la T en la sigla LGBTI. Todavía no comprende que las cosas no son blancas o negras, hay miles de grises. “Cuando nosotras intervenimos nuestros cuerpos hormonalmente, cambian tanto que nosotras no necesitamos ser operadas porque nuestra genitalidad también cambia. No sólo la forma. En el caso de los chicos, se expone más el clítoris y en el caso de nosotras, se nos retrae el pene y empieza a funcionar de manera clitoriana, tenemos multiorgasmos y otro tipo de nuevas experiencias, por eso nos damos cuenta, conforme avanza el tratamiento, que no tenemos por qué hacer el tránsito completo. También los cambios hormonales inciden en las glándulas mamarias. El día que a mí me salió leche de los pezones me asusté y me emocioné, pensé que se me habían salido las babas, pero era leche, era como cuando a una niña le llega el período”, cuenta con alegría.

Vivian es profesional, tuvo un trabajo bien remunerado, pero los cambios en su cuerpo la impulsaron a la prostitución. Ahora la Secretaría de Integración Social le ha dado una oportunidad laboral, pero eso, incluso, ha tenido unos costos. “Cuando entré a trabajar les advertí que si tenía que entrar a un distrito militar a que me humillaran, prefería seguir ‘putiando’ el resto de mi vida. A nadie le interesa lo que tengo entre las piernas, ni mucho menos a una institución que tiene unos “valores” que nos irrespetan. Imagínese yo, bien mamacita, diciéndole a un militar que no soy M ni F, yo soy T, así no lo diga la cédula. La libreta militar es el primer bloqueo para que trabajemos en algo diferente a la prostitución”, dice con vehemencia. Una actitud que repercutió en que todas las personas trans porten en el carné de la Secretaría el nombre identitario, no el oficial.

Juan Cifuentes, otro empleado de la Secretaría, es un ejemplo de rebeldía. Viendo que el sistema no le reconocía su derecho a transformar su cuerpo, decidió automedicarse hasta que lo atendieran. Finalmente, lo asesoraron. De ahí en adelante vino el cambio de nombre en la cédula y el trabajo como promotor.

Es un hombre trans, claro políticamente. “Si se emplean a varios trans, sus vidas cambian. Pero si se emplean a todos, como a cualquier otro ciudadano, de acuerdo con sus capacidades, es la sociedad la que cambia”, afirma.

Pero, a pesar de que su trabajo ya es una esperanza, deja una idea en el aire: “Pareciera que para tener dignidad en este país tenemos que declararnos enfermos mentales y lo que yo me pregunto es: ¿y si nosotros no somos los enfermos, sino que la enferma es la sociedad?”.

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