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Cultura | Dom, 12/09/2012 - 20:46

La fiesta del Nobel

Por: Redacción Cultura

Reproducimos apartes de un texto de Hernando Vergara Amaya, quien estuvo en la celebración del premio.

Cuando Hernando Vergara tenía 26 años ganó una especie de concurso que le resultaría vital: su diseño fue elegido como la portada de Crónica de una muerte anunciada, uno de los libros de Gabriel García Márquez.

Hoy hace 30 años García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia. Vergara fue una de las personas que acompañó al escritor en la capital sueca. El texto que sigue es un fragmento del recuento que el pintor hace de la fiesta que siguió a la entrega del galardón, un acontecimiento al que asistieron algunas de las figuras más importantes de la cultura colombiana.

Las fotos, tomadas por el mismo Vergara con una cámara prestada, eran hasta hoy material inédito porque, de acuerdo con el pintor, “hacían parte de un recuerdo muy íntimo y por eso era mejor dejarlas sin publicar”. Tanto las imágenes, como el texto forman parte del libro Historia sin tiempo, publicado por la Corporación Escuela de Artes y Letras.

“El día 11, García Márquez ofreció una fiesta para sus amigos en el salón principal del Grand Hôtel. Rico en historia y tradición, con sus 130 largos años, este hotel de Estocolmo ocupa una posición privilegiada en el paseo marítimo de la ciudad, un clásico atemporal que ha desempeñado un papel fundamental en la formación de la ciudad, la urbe cosmopolita que es hoy día.

Es uno de los hoteles de lujo de los países escandinavos y testigo de algunos de los mayores logros en el mundo, que hasta la fecha sigue haciendo sentir su presencia más allá de sus costas. Desde 1901, los ganadores del Premio Nobel y sus familias han sido huéspedes del Grand Hôtel y la lista de la realeza, jefes de Estado y los artistas que se han quedado allí es impresionante.

En aquel instante, éramos los huéspedes de lujo de ese majestuoso lugar que ahora es fundamental en mis relatos. La sensación era mágica: sentir el frío, ver a la gente disfrutando esa noche en las calles, la llegada de la nieve, todo era algo que nunca habíamos vivido, envolvente, añadido a la magnitud del evento. El Nobel Gabriel García Márquez vestía un característico saco a cuadros, pantalón negro y liso, con una tira lateral de raso (galones) del mismo color y más brillante, camisa blanca de cuello subido..., además de sus inconfundibles botas negras. Regresaba de la cena privada con los reyes de Suecia y acompañado del Premio Nobel de Física de ese año, el estadounidense Kenneth Geddes Wilson. Todo fue un acontecimiento inolvidable, compartido con otros invitados especiales.

Yo había dejado en el hotel mi equipo fotográfico por el peso exagerado. Sólo pensaba en ir de fiesta, privilegiado como me sentía de estar ahí, disfrutando y compartiendo aquella noche con el Nobel y sus amigos. De pronto surgió algo no previsto en esa inmensa oscuridad. A lo lejos, en el fondo del salón, vi a un hombre con su cámara fotográfica. Me le acerqué y le dije que la necesitaba, que me la vendiera, me la prestara o alquilara. Sin decir nada, el hombre me la entregó. Era una cámara sencilla de tomar instantáneas, la última moda en el mercado, lanzada ese año. Sus características eran muy particulares: sólo tenía el botón de disparar, el tamaño de cada fotograma era de 10,5 x 8 mm y el grano de la película era su rasgo principal. Por esa razón, no podían mediar más de dos metros entre Gabo y yo, situación que me dio la posibilidad de tomar 90 buenas fotografías. Nunca más volví a ver a aquel hombre que, sin pensarlo dos veces, dejó su cámara en mis manos.

En cada movimiento arrancaba pedazos de la vida, avanzando por el tiempo, recordando a Macondo en esas imágenes cuadro a cuadro. No sé si flotaban mariposas amarillas o quizás eran las letras que se escapaban de las páginas de los libros de Gabo, y recordé las primeras líneas de Cien años de soledad: yo también quería conocer el hielo. A pesar de estar a cinco grados bajo cero, el calor del Caribe transpiraba el sentimiento del tambor, al golpe del recuerdo, pasando por la vida como si fueran las palabras del creador de Macondo. No es querer saber sino simplemente soñar, y mediante las imágenes se van descubriendo historias. Una referencia central en la vida del hombre es el tiempo, y el sentimiento como seres humanos frente a experiencias como aquella, donde resultaba posible expresar libremente lo vivido. El punto focal de atención era la luz que irradiaba la presencia de García Márquez en la inmensidad del salón, con su camisa exageradamente blanca, que iluminaba. Todo estaba inundado por el resplandor de la noche, además de la alegría mientras bailaba con su esposa Mercedes y Totó la Momposina: era una realidad mágica que llenaba el recinto con un aura de encanto y fascinación. Lo que allí sucedía me recordaba al padre Nicanor, pues esa noche parecía que quienes levitaban eran estos personajes que no estaban precisamente bajo la magia del chocolate, pero sí bajo el efecto de la gran euforia que dominaba el ambiente.

Al ver las fotografías se hicieron más grandes los recuerdos. Cada una tiene su propia historia, y encontrar los personajes diluidos en el espacio es traer a la memoria ese momento tan especial y asombroso. Tratando de identificar sus señales particulares, espero algún día saber quiénes son algunas personas que quedaron registradas en aquella iconografía. Todo esto me hizo recordar mi primer encuentro con García Márquez, viendo los dibujos para la portada de Crónica de una muerte anunciada. En ese momento, mientras él me hablaba, mi imaginación volaba, en una sensación extraña, como si estuviera viendo en una pantalla lo que él me decía. Ahora también se hacía presente esa experiencia, como si los personajes quisieran salir de las fotos y transportarse al mundo mágico de la realidad, haciendo un reconocimiento a la vida y a ese entrañable mapa de nuestra propia identidad, como si hubiéramos recortado un trozo de la tierra colombiana a manera de tapete para tener un suelo propio en el salón principal del Grand Hôtel. Era estar en Macondo. Observar a Gabo significaba verlo a él, pero asimismo tener la posibilidad de disfrutar y admirar su obra, la connotación que ésta tiene, el reconocimiento universal, además de sentir su calidad humana, celebrando espontáneamente como lo hizo con sus amigos”.

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