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Opinión | Lun, 12/10/2012 - 23:00

No engendrar más faraones

Por: Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

A los gobernantes autoritarios hay que frenarlos a tiempo, porque se sienten predestinados, y si se les deja sueltos les da por modificar las reglas del juego para que la democracia les quede a la medida.

Uno de los síntomas más notorios del talante autoritario es el de querer perpetuarse en el poder, bajo la premisa de que su condición de jefes va acompañada del mejor criterio sobre lo que debe ser la patria, la región o la ciudad respectiva, y lo que se debe hacer para salvarla del mal. Otro es del de acaparar, a la carrera, la mayor cantidad de atribuciones posibles, para que todo quede bajo su control, sin que haya mayores espacios de poder para nadie más.

Es posible que todo esto lo hagan con las mejores intenciones. Pero ahí está justamente lo malo, que es la exagerada confianza en lo que ellos mismos pueden hacer, acompañada de un cierto desprecio por las posibilidades de los demás, y por las instituciones que las consagran. De ahí la gana de la manipulación institucional, que tantas deformidades han llegado a producir en desmedro de la democracia en uno u otro país.

Llegado al gobierno a la cabeza de un movimiento que fue capaz de congregar diferentes fuerzas dispuestas a secundar a los hermanos musulmanes en su marcha hacia el poder, a pesar de su radicalismo, con tal de cerrar el largo capítulo de un régimen momificado, Mohamed Morsi ha tenido que hacer el curso de gobernante desde el sitio mismo del mando. Algo que no es bueno para nadie en ninguna parte. Ejemplos abundan de quienes llegan a cualquier nivel de poder sin haber gerenciado nada, luego de un paso exitoso por los escenarios de la especulación pero sin experiencia alguna en el de la toma de decisiones de interés público.

Es por esto que la verdadera prueba del vigor de la primavera árabe, en el caso de Egipto, no podía ser simplemente la de derrocar a Josni Mubarak, octogenario ya y cercano a cerrar el ciclo de su vida. El desafío para quienes quieren un cambio sustancial en el país más importante del mundo árabe es el de impedir que sea gobernado por otro jefe con ínfulas de faraón.

Bajo la mirada vigilante de las fuerzas armadas, que se han mantenido a lo largo del proceso como garantes de un deber ser cuyo contenido no es todavía claro, Morsi ha hecho un tránsito particularmente difícil de líder de un movimiento, que manejaba con la palabra, al ejercicio del gobierno, que requiere de dotes personales distintas y de instrumentos institucionales que fueron diseñados para otro momento. De ahí su angustia y la necesidad que pudo sentir de apelar a la toma de actitudes autoritarias como la de atribuirse funciones que no le correspondían, mediante un decreto con rango de declaración constitucional que le pondría, como presidente, por encima de la ley.

El mérito de los egipcios ante semejante gesto es justamente el de haber protestado de inmediato y haberse lanzado con decisión a la calle para impedir que el nuevo presidente diera un paso gigante hacia la consolidación de un sistema acomodado a sus intereses, así fuese a nombre del interés general, cuando a la anterior decisión sumó la de no incluir a las fuerzas laicas en el proceso de cambio constitucional.

Como en otras partes, la incógnita de los movimientos generados por la primavera árabe es la índole de los regímenes que de manera estable vayan a reemplazar al decadente modelo surgido del proceso de la descolonización, que con la complicidad de las antiguas potencias coloniales y de los nuevos gendarmes y árbitros del mundo árabe, se montó en el poder por varias décadas sin permitir que floreciera un proyecto democrático.

Es posible que la historia demuestre que estaban equivocados aquellos que esperaban, y esperan, que en los países árabes del norte de África y del Medio Oriente se instalen sistemas democráticos de corte occidental. No se sabe de dónde pudieron llegar a la conclusión de que ese podía ser el único camino a seguir. Tal vez ahora la historia les está cediendo, por fin, el turno a quienes intentan establecer un modelo propio, no a la medida de un nuevo faraón, sino a la de una sociedad que de verdad, y a su manera, quiere acercarse a la democracia bajo una modalidad que rompa con el pasado y abra oportunidades cada vez más amplias para una sociedad que al menos ha tenido la madurez y la entereza de afrontar de una buena vez las arremetidas del autoritarismo.

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