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| Dom, 12/16/2012 - 19:17

"¿Y qué, para mí no hay aplausos?"

Por: Alfonso Bernal Esguerra

Hace 26 años fue asesinado Guillermo Cano. Homenaje a su memoria, su valor y su legado.

Eran cerca de las 6:30 de la tarde del miércoles 17 de diciembre de 1986. A esa hora, como suele suceder en la sala de redacción de cualquier diario y más aún en una época en la que la red de internet no existía, todo era afán, voces pidiendo la entrega urgente de la edición, periodistas luchando contra la dictadura del cierre, fotógrafos revelando los negativos de última hora y jefes de redacción enfrascados en la primera página. Al fondo, el trepidante ruido de la rotativa, y como cualquier aprendiz más del periodismo, el director Guillermo Cano Isaza pendiente de todo.

Cuando pasó el agite del cierre de la edición nacional y la redacción de El Espectador recobró su calma, regresaron las bromas. Al escenario de algarabía que predominaba entre los redactores, se sumó el ambiente decembrino. Unos por convicción espiritual, otros por auténtica fiesta, y todos animados por el propio Guillermo Cano que acostumbraba a sumarse a la alegría colectiva. Nada en él denotaba una posición dominante y, como hombre sabio, proyectaba humildad. Pese a ser uno de los más grandes periodistas del país, sólo se sentía redactor.

Pero ese día, a pesar de sus esfuerzos por seguirle la cuerda a la redacción, desde la madrugada lo acompañó un gesto sombrío. Su familia y sus amigos conocían el motivo y yo lo había vivido con una proximidad destinada. Siete días antes, el 10 de diciembre, el director me encomendó que ubicara a la corresponsal del periódico en Miami, Amparo Hurtado de Paz, pues a pesar de que entre ambos existía línea directa, no la encontraba y para él era urgente comunicarse con ella porque ya presagiaba que la Corte Suprema iba a tumbar el Tratado de Extradición.

Desde ese día intenté en vano acatar la sugerencia –era su estilo a la hora de dar órdenes-, pero no obtuve respuesta. Al paso de las horas y después los días, luego de descartar su presencia en Bogotá, supuse que estaba descansando en algún lugar de La Florida. Pero a mañana y tarde, Guillermo Cano volvía hasta mi escritorio para escuchar la misma respuesta: “No contestan”. En silencio, pero dejando asomar en su rostro su extrañeza, regresaba a su oficina. El sábado 13, al caer la tarde, por fin obtuve respuesta, pero del otro lado de la línea, la voz de un joven exclamó sin comentarios: “Ella no está” y, sin darme tiempo de razones, con un golpe seco colgó el teléfono.

De inmediato llamé al Director y le relaté lo sucedido. El domingo en la mañana, me buscó para decirme que seguía sin saber nada de su amiga Amparo y que ya estaba preocupado, pues a pesar de que la extradición se cayó como siempre lo tuvo claro, su corresponsal no apareció a la hora de las reacciones. En la madrugada del 17 de diciembre, por fin se supo el porqué del silencio. Ella, su esposo Carlos y su pequeña hija de ocho años aparecieron asesinados a bala en su propia casa. Se descartó la mano del narcotráfico pero ya las sospechas recaían sobre el verdadero asesino, el hijo mayor del matrimonio.

Ese miércoles, Guillermo Cano fue distinto. La noticia de la tragedia de su corresponsal Amparo Hurtado y su familia le imprimió a su rostro un gesto de tristeza. Cuando se aproximaba la noche, me buscó para sugerirme que escribiera para la edición Bogotá, el relato de mis llamadas a Miami, con énfasis en la única respuesta obtenida, la del joven que negó su presencia. De inmediato me puse a escribir la nota y el Director siguió su rutina. Primero se anotó en la polla futbolera porque ese día terminaba el campeonato profesional y después caminó al casillero de la correspondencia.

Era un mueble de madera con un espacio pequeño asignado a cada periodista, donde los mensajeros iban depositando documentos o paquetes a lo largo del día. Pero como era diciembre, todos estábamos al acecho para sabotear a quien sacara de su casillero una tarjeta o un regalo navideño. Guillermo Cano buscó su correspondencia, sacó un sobre blanco, y cuando se percató de la tímida y respetuosa postura de la redacción, levantó su mano derecha y dijo en voz alta: “¿Y qué, para mí no hay aplausos?” Los periodistas nos cruzamos miradas sin saber qué hacer. Fue una fracción de segundos. Y entonces la carcajada colectiva explotó y el aplauso resultó atronador.

Guillermo Cano regresó a su oficina y aproximadamente una hora después dio una vuelta por la redacción, comentó a algunos periodistas que no había salido bien librado en la polla futbolera, y dejó la redacción justo en el momento en que yo regresaba de la cafetería para cumplir la tarea encomendada. Llevaba dos frases cuando escuché unos disparos. Luego vino el revuelo y cuando salí corriendo a buscar la calle encontré a Juan Guillermo Cano, su hijo mayor, con el rostro desencajado, quien con voz temblorosa me dijo casi en susurro: “Mi papá, mi papá...”.

Salí a la avenida 68 y llegué justo en el momento en que Guillermo Cano era sacado de su carro por dos compañeros de la redacción. Lo oí quejarse débilmente y todavía guardo en mi memoria ese dolor inextinguible. Esa noche no regresé a la redacción, me quedé apostado frente a la Clínica de Previsión con la misma impotencia de los demás. Cuando regresé a casa hacia las cuatro de la mañana caí en cuenta que había desatendido su última sugerencia. Nunca escribí el texto de Amparo Hurtado, pero si guardé unas letras de gratitud que nunca vieron la luz.

Hoy, 26 años después de su muerte, recobro esas palabras para admitir, como muchos otros colombianos de mi generación, que desde estudiantes de periodismo Guillermo Cano fue nuestro ejemplo a seguir. Su amor a Colombia que se retrataba en cada frase, su periódico que representaba una trinchera en defensa de la moral, de la ética y del valor. Su confrontación con el poderoso grupo Grancolombiano, arriesgando las finanzas del diario pero sin negociar nunca su dignidad o su verdad. Su Libreta de Apuntes, desde la cual combatió con el mismo ardor a corruptos, narcotraficantes y a toda clase de alimañas mimetizadas en las instituciones del Estado.

El destino me llevó a trabajar bajo su dirección. Lo hice desde la primera semana de abril de 1984 en la Sección Internacional. Todavía recuerdo mi temblor cuando se me acercó para darme la bienvenida. Fue un acto de confirmación de su carisma. Desde ese día hasta el miércoles 17 de diciembre de 1986, lo vi caminar tranquilo por la redacción, con su cabello blanco desordenado y su sonrisa de niño bueno. El jefe de todos y el más laborioso. El cuidandero hasta del último detalle de cada edición. El exigente para que toda noticia se ajustara a la verdad. El obsesivo por el contexto.

Los recuerdos de Guillermo Cano son demasiados porque su obra constituye una cátedra de periodismo. Pero más que el Director, el periodista o el colega más representativo de nuestro tiempo, para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y trabajar a su lado, fue el padre de todos. Por eso, ese miércoles 17 de diciembre, para Colombia fue una noche oscura y para el periodismo lo fue más. El hombre que no se cansó de fustigar por igual a los enemigos de la vida, la honradez y la libertad, caía asesinado por orden del más perverso asesino nacido en estas tierras: Pablo Escobar Gaviria.

“Así como hay fenómenos que compulsan al desaliento y la desesperanza, no vacilo un instante en señalar que el talante colombiano será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta y más próspera”. Esas fueron sus últimas palabras, escritas horas antes de ser asesinado. 26 años después, ese legado sigue vigente y la lucha por cumplirlo demuestra que Guillermo Cano Isaza sigue vivo en la memoria de todos. No solo entre quienes lo conocimos y aprendimos de su ser extraordinario, sino del país al que le sigue haciendo falta un periodista de su coraje.

* El autor de este articulo trabajo durante 20 años en el periodico.

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