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Opinión | Lun, 12/17/2012 - 23:00

Uniformes inc.

Por: Ignacio Zuleta | Elespectador.com

Los uniformes son tan antiguos como la humanidad: el guerrero, el sacerdote y el curandero, armas más o plumas menos, se han distinguido por su indumentaria. Pero algo va de investidura a uniforme y en el último siglo el traje reglamentario cubre literalmente todas las capas de la sociedad.

El auge del uniforme en Norteamérica se les debe a las conejitas de Playboy. Hacia los años sesenta, Hugh Hefner hizo el primer registro del atuendo para crear la llamada imagen corporativa. En Colombia, unas décadas después, los nuevos empresarios educados a la gringa imitaron a los del norte sin recato y decidieron embarcarnos en el juego de la “imagen de la empresa”: proliferaron los uniformes en los empleados del supermercado, los obreros de la construcción, los vendedores de la panadería, los que guadañan las carreteras, los escobitas, las secretarias de las grandes burocracias, los porteros…

El caso de los porteros en Bogotá es especialmente interesante. Hace unas décadas el portero se llamaba don José y llevaba en el edificio toda la vida. Conocía a los inquilinos y a los amigos de los inquilinos, saludaba con cariño y era más o menos parte de la vida doméstica. El uniforme consistía en uno o dos vestidos de cachaco y no le faltaban en Navidad los regalos de camisas y corbatas nuevas. Después vino la paranoia general y los conserjes se convirtieron en cancerberos armados, con un pasado militar oscuro; una especie de parapolicía carente de los atributos domésticos del don José de antaño y con la arrogancia de las armas en la lengua: el uniforme haciendo de las suyas.

Habrá quien argumente en general que el uniforme es bueno porque estimula la sensación de pertenencia, ahorra el gasto en ropa y evita los desfiles de moda innecesarios en las escuelas y colegios. Cierto. Pero se corre el riesgo de que el uniforme se vuelva estigma, debilite la individualidad y facilite la manipulación política, pues una cosa es una comunidad y otra un rebaño. El último ejemplo de uniformes a nivel masivo lo proporciona la revolución china, que hasta los años ochenta obligó a sus ciudadanos hombres, mujeres y niños a vestir el dril verde o azul de corte Mao. Y el efecto del péndulo fue devastador.

Por otro, lado el uniforme puede ser un símbolo de estatus que estimula las ganas de trepar la escala con la esperanza de que así se recibirá un trato más digno, y habrá quien lo agradezca. Y es que en el fondo todos andamos de uniforme: el traje de obedecer del ejecutivo petrolero o el bluyín con camiseta y tenis del universitario no son distintos del gracioso y anacrónico uniforme de maletero de El Dorado. La indumentaria externa vaya y venga, pero no hay que dejar uniformarse la cabeza.

Fe de erratas: en la columna pasada cometí dos errores. El primero, escribir silicio cuando era cilicio, y la segunda, decir que los grandes almacenes consumen 45 millones de toneladas de bolsas plásticas al mes; en realidad son sólo 45 millones de chuspitas. Mis disculpas.

 

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