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Opinión | Sab, 12/22/2012 - 15:11

Un mal año

Por: María Elvira Samper | Elespectador.com

No ha sido este un buen año para el presidente Santos y su gobierno. Todo lo contrario, ha sido tormentoso y el balance no da para hacer ferias y fiestas.

Según la más reciente encuesta “Colombia Opina”, de Ipsos Napoleón Franco (23-25 noviembre), la imagen desfavorable del primer mandatario está en los niveles más altos desde cuando asumió la Presidencia (49%), y aunque los analistas lo atribuyen al fallo de La Haya que, como jefe del Estado, le tocó asumir pese a no tener velas en el entierro, lo cierto es que ya en julio su imagen negativa estaba sólo un punto menos que hoy (48%), como consecuencia de la debacle de la reforma a la justicia. Y si bien repuntó a 60% en septiembre, cuando anunció las conversaciones formales de paz con las Farc en La Habana, este repunte fue sólo flor de un día, pues el respaldo a su gestión en varios frentes y la confianza en el Gobierno venían en franco deterioro, según indican las últimas encuestas de “Colombia Opina”.

La sensación general es de pesimismo, de que el Gobierno es más tilín-tilín que paletas, que es muy bueno para crear expectativas y hacer promesas, y muy malo para cumplirlas, que el presidente privilegia el escenario internacional sobre el doméstico. Hasta cierto punto injustas, porque hay resultados para mostrar, esas son las percepciones de la gente. El problema es que, autocomplaciente y poco autocrítico, el Gobierno no sabe interpretar o minimiza el sentimiento del ciudadano común y no parece entender que no siente los efectos benéficos de aquello por lo cual el Ejecutivo saca pecho. Y como si no bastara con la baja calificación, que la mayoría de la opinión le da al presidente, en la recta final el Congreso le pasa cuenta de cobro por el papel de Pilatos que desempeñó en el esperpento de la reforma a la justicia y dilata y enreda la aprobación de la reforma tributaria.

Un mal año que evidencia las fallas en el engranaje de la administración. Falla el estilo de gobernar de Santos —bueno, en principio—, que delega pero no mantiene la rienda corta, no hace estricto seguimiento de las tareas delegadas y no llama a rendir cuentas, y porque tiene varios frentes de acción abiertos, pero no establece prioridades (¿víctimas y restitución de tierras?, ¿vivienda gratis?, ¿locomotoras? ¿conversaciones de paz?); fallan los ministros que funcionan como ruedas sueltas de un motor que no está bien sincronizado, y, en general, falla el Gobierno porque carece de una estrategia de comunicación y no logra transmitir mensajes claros y coherentes, ni capitalizar resultados, ni conectarse con la gente —sobre todo con los sectores populares—, ni estar en sintonía con los problemas y las necesidades de las regiones.

Parte de las fallas obedecen a la personalidad del presidente y al tipo de liderazgo que ejerce, que a veces luce débil frente al estilo caudillista, populista y patriarcal del expresidente Uribe, hoy su más fuerte contradictor. Pero también a que la mayoría de los colombianos —siempre en busca del salvador, del padre—, aún no logran entender las bondades de un liderazgo temperado, institucional, no polarizador como el de Santos. De ahí la inevitable comparación con Uribe, que sigue en escena, siempre al ataque y más sintonizado con lo que sienten los ciudadanos de a pie, que perciben ajeno y distante al presidente. Santos es frío, calculador, racional, no seduce, no emociona, y el problema es que en política, a la hora de transmitir un mensaje, las emociones cuentan más que los contenidos.

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