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Opinión | Sab, 12/22/2012 - 23:00

Como vaca muerta

Por: Piedad Bonnett | Elespectador.com

“El diálogo es uno de los mejores hábitos del hombre, inventado como casi todas las cosas por los griegos. Es decir, los griegos empezaron a conversar, y hemos seguido haciéndolo desde entonces”. Son palabras de Borges, que nos recuerdan que la civilización nace de la mano del diálogo.

 Este no existe donde hay regímenes dictatoriales o donde no se respetan los derechos fundamentales o las diferencias ideológicas. Platón, que conservó en su dialéctica los elementos de la mayéutica socrática, hizo del diálogo un método para llegar a la verdad de las cosas: uno de los interlocutores lanza una hipótesis, y otro la critica, de manera que se va avanzando en su examen con argumentaciones; no se trata de destruir al contrario, sino de construir entre varios una aproximación a la verdad.

Es obvio que para que el diálogo prospere hay que oír al otro. Pero no sólo oír, sino estar en actitud de repensar los problemas, desaferrarse de discursos previos, conceder con generosidad y, ante todo, razonar con firmeza pero con ecuanimidad. El dogmatismo, la cerrazón mental, el prejuicio, la mezquindad, son pues los naturales enemigos del diálogo. Razón tiene, pues, Juan Manuel Santos de tildar de “irracional” la actitud de José Félix Lafaurie cuando éste, como presidente de Fedegán, se negó a asistir al foro de Construcción de Política Agraria con el argumento de que “es inútil” y “no merece la pena”, ya que es previsible —dice él— que lo que allá va a darse es “la confrontación tradicional de campesinos ‘sin tierra’ frente a los empresarios”. El tono de sus palabras es el de los poderosos empresarios a los que no les interesa oír. Es verdad que se puede ser escéptico en relación con lo que resulte del foro, pues no es fácil canalizar las opiniones de los 1.200 asistentes. Pero éste es definitivo como gesto de participación social y es un acto consecuente del gobierno del presidente Santos con el proceso de diálogos para la paz. Como bien dijo Alejo Vargas, “que empresarios y campesinos hablen, ya es ganancia”.

Fedegán y el señor Lafaurie —conservador y seguidor político de Álvaro Uribe, que trabajó en el Comité de Seguridad y Defensa en la campaña de A.F. Arias, y que dice representar la totalidad de la ganadería colombiana— parecerían ser miopes políticos que desconocen la importancia del momento histórico que estamos viviendo. Pero en verdad lo que mueve su decisión es algo distinto: el terror a una posible redistribución de la tierra y un odio radical a las Farc que los lleva a negarse a acuerdos políticos que desaten el nudo de la guerra. En su comunicado, frescamente, les echan la culpa de todos los fracasos del agro a “todos los gobiernos desde hace medio siglo”, como si ellos nada tuvieran que ver con esos gobiernos. Son, como dijo mininterior, una vaca muerta en el camino de la paz.

Es verdad que ellos han sido víctimas de la violencia ciega de la guerrilla. Pero es verdad, también, que en este país la tierra mal repartida está en el origen de esa violencia. Y que ya es hora de replantear los usos de la tierra, dedicada en un porcentaje muy alto a la ganadería de pastoreo, que convierte 39 millones de hectáreas en tierra improductiva, mientras apenas cinco millones se dedican a la agricultura. Participar del foro habría sido una señal de que se deponen los rencores que han multiplicado la violencia en el campo en forma de venganzas en cadena. Y una oportunidad de afirmar más adelante, si es que los diálogos fracasan, que los ganaderos, en vez de obrar como señores feudales, entraron en el juego dialogante de la democracia.

 

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