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Opinión | Lun, 12/24/2012 - 23:00

Ni final ni comienzo, por ahora

Por: Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

Quienes pregonaban el fin del mundo para el 21 de diciembre del 2012 cristiano, olvidaron consultar a los judíos, los chinos y los musulmanes, que tienen sus propios calendarios y para la fecha iban en el 8 de Tevet de 5773, el 9 de Ren-Zi de 4710 y el 8 de Shafar de 1434, respectivamente.

Los anunciadores de la catástrofe final, que andan siempre en busca de nuevas oportunidades de justificar su ánimo apocalíptico, resolvieron por un momento salirse del Calendario Gregoriano para justificar su profecía y acudir al de los Mayas, que al parecer menciona el día del reciente solsticio de invierno como un momento crucial en su medida del tiempo. 

Nada dijeron, eso sí, de lo que pudiesen pensar del supuesto presagio los que llevan la medida del tiempo de otra manera. Y llegó la fecha y el mundo no se acabó ni hubo señas ostensibles del comienzo de una nueva era; lo mismo que pasó en tantas otras ocasionespara las cuales, desde hace más de mil años de los nuestros,alguien predecía el acabose. 

La humanidad sigue siendo la misma, temerosa de su condición perecedera, y susceptible de cualquier manipulación que tenga que ver con las cuentas de sus propias culpas. La temida interpretación de los mayas, que nadie ha podido explicar de manera cabal, pasa a la lista de las elucubraciones que de cuando en cuando aparecen en el mundo occidental para anunciar hechos inverosímiles, como pasó en el año 500, en el 1000, en el 1500 y en el 2000 de la era cristiana. 

La acción combinada de los medios de comunicación y de las redes sociales le dio al tema una relevancia más grande que nunca, pero el temor mismo a la llegada del fin hizo que en el fondo subsistiera una cierta medida de prudencia que evitó la tragedia de uno de esos problemas inventados que pueden llegar a producir efectos colectivos devastadores, como en el cuento famoso de García Márquez sobre el pueblo aquel que terminó en llamas porque a una señora por la mañana se le ocurrió que ese día iba a pasar algo. 

Como era de esperarse, el anuncio alcanzó a desatar manifestaciones folclóricas. Por eso salieron a flote supersticiones que vieron señales apocalípticas en las tragedias de cada día.  Se descubrieron proyectos de escape al primer asomo de hecatombe, como el de suicidios colectivos de quienes no querían ver el espectáculo de la destrucción de su propio mundo, y mucho menos correr el riesgo de sobrevivirla. También se delataron fanatismos de supervivencia animados por personas dispuestas a defender este mundo contra todas las fuerzas posibles,aún las del Apocalipsis, atrincheradas con amigos cuidadosamente seleccionados en sótanos llenos de enlatados, con perros guardianes y pistolas de última generación. 

Hora por hora, el día avanzó sin inconvenientes en todas las latitudes y las longitudes, y no se reportó nada extraordinario. No obstante, y en medio de todo,la amenaza del fin del mundo no dejó de ser útil.  Por ejemplo sirvió de vehículo privilegiado para que se fortaleciera la conciencia sobre nuestros deberes hacia el planeta al advertir, entre otros, las proporciones de la depredación de sus recursos naturales y los efectos devastadores del calentamiento global. 

En esa misma dirección, pasada la fecha del Solsticio, y para que no nos quedemos sin final pero tampoco sin comienzo, se debería actuar para que ciertos problemas de nuestra época no signifiquen el fin silencioso pero no menos atroz del mundo para una enorme proporción de la humanidad. Por eso, además de avanzar en la defensa del planeta frente a enemigos que no lo acaban de un día para otro pero lo deterioran poco a poco y sin reversa, deberíamos fortalecer las opciones para hacer de verdad universales derechos como la vida y la salud, y progresar en la lucha contra el hambre y la pobreza, que significan para muchos un mundo que no vale la pena vivir. 

Todavía es posible que tengan razón los que anunciaron la llegada de una nueva era. Pero seguramente tardaremos no se sabe cuanto en advertirlo, porque así es la historia, y la duración de lo que fue cada era se define más tarde. ¡Feliz Navidad para mis apreciados lectores!

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