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Entretenimiento | Sab, 12/29/2012 - 21:00

Cantando con Paul McCartney en Bogotá

Por: Juan Antonio Aulí / Historia y versión a cargo de Omar Felipe Méndez Delgado

El 19 de abril, en el Estadio El Campín recibió al ‘beatle’. Allí Juan Antonio Aulí y su padre, Javier Aulí, vivieron dos minutos inolvidables.

Mi primer contacto con Paul McCartney sucedió cuando yo tenía 11 años. Ese día, mi papá me regaló un iPod y, sin saberlo, me dejó un legado: su amor por uno de los roqueros más grandes del mundo, el que con The Beatles y Wings dejó huella en la música universal, Paul McCartney. Ese reproductor de música se convirtió en el lazo que nos uniría a una pasión que nos llevó a uno de sus conciertos en Miami. En esa oportunidad, nos ingeniamos la manera de llamar su atención con un letrero en inglés que decía “Padre e Hijo de Colombia”. Fue muy emocionante.

Cuando supe que Paul vendría a Colombia, me acordé que yo había visto que algunos fanáticos se subían al escenario a cantar con él, gracias a que adquirían un paquete especial para el concierto que permitía estar en la prueba de sonido. Le dije a mi papá que debíamos comprarlo.

El día del concierto llegó. Ese 19 de abril, estábamos los dos, el doctor Javier Aulí y su hijo quinceañero, estudiante del Colegio San Carlos, en el Campín, esperando la anhelada prueba de sonido. Decidimos ubicarnos en un parte donde él pudiera ver las pancartas que habíamos hecho en las que estaba escrito en inglés “¡Padre e hijo de nuevo!” y “Déjanos cantar una contigo”. Al fin, nuestro ídolo saltó al escenario e interpretó temas como Penny Lane, Coming Up y One after 909. Los minutos pasaban, la presentación estaba a punto de acabar y el sueño de que Paul McCartney nos viera y aceptara cantar con nosotros se iba alejando. De pronto, escuchamos esa voz, la que nos ha hecho vibrar con Yesterday, que nos grita en su idioma: “Oigan, padre e hijo, ¿de verdad quieren cantar una conmigo?”. No lo podíamos creer. El “Yeah, off course!” salió de inmediato.

Un sujeto de logística nos acompañó hasta el escenario y antes de subir nos dijo que no intentáramos nada efusivo hacia él, porque los de seguridad nos sacarían de allí. Así lo hicimos.

Estábamos listos, teníamos en nuestras manos los discos Help! y Wings over America para que McCartney los firmara y empezamos a caminar hacia él. Cada paso era como aquél que dio Neil Armstrong cuando pisó la luna, era la gloria.

Cuando nos acercamos a él, sólo cruzamos algunas palabras. Le conté del bajo Höfner que tengo y bromeamos un poco, para que la seguridad tan hermética permitiera que alguien nos tomara una foto. En ese momento, Paul nos contó que la canción que íbamos a cantar era I’ve just seen a face. Los nervios me invadieron, porque yo no me sabía toda la letra, pero me tranquilicé un poco cuando noté que en el piso de la tarima había un teleprompter que le ayudaba a mi ídolo a recordar sus canciones. Así que lo único que quedaba era alzar nuestras voces y dejar que su música fluyera a través de nosotros. Fueron apenas dos minutos y medio, los suficientes para saber que serían los mejores de mi existencia.

Al terminar la canción, Paul nos felicitó por la interpretación y nos firmó los discos. Al bajarnos del escenario, el público nos ovacionó. Nosotros no fuimos capaces de hablar, el silencio nos invadió. Así fue el día que jamás olvidaré, el día en que canté con un beatle.

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