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Paz | Sab, 12/29/2012 - 21:02

La liberación de diez uniformados

Por: Olga Amparo Sánchez

Olga Amparo Sánchez, la mujer que junto con Piedad Córdoba trajeron de la selva a los últimos secuestrados según las Farc, relató el miedo, la desesperanza y la ira que sintió los días previos a esta fecha.

Recordar las liberaciones de los diez miembros de la Fuerza Pública por las Farc, el 3 de abril de 2012, es volver a pasar por el corazón hechos, emociones, imágenes y circunstancias que hicieron posible el regreso a casa de cuatro militares y seis policías. Y recurro a la palabra escrita como medio que testimonia, revela y protege hechos que abrieron las puertas para el actual proceso de diálogo que busca terminar con el conflicto armado.

El proceso de liberación de los diez últimos integrantes de la Fuerza Pública en poder de las Farc-EP fue como las anteriores liberaciones: lento y con innumerables obstáculos, pero siempre nos asistió el convencimiento de que era necesario remover las barreras que se presentaran. El proceso comenzó con un diálogo epistolar con las Farc-EP, que se extendió por meses hasta que tuvo una respuesta positiva.

Las sensaciones, emociones y frustraciones durante esos meses fueron como una montaña rusa. Hubo días de esperanza y desesperanza. De miedo y frustración. Cada acto de guerra podía significar el fracaso de las liberaciones. Pero quizás el sentimiento que emergía con más fuerza fue el dolor de sentir el señalamiento.

Retumban en mis oídos las palabras de quienes dijeron que estábamos siendo utilizadas por la insurgencia. Incluso se atrevieron a decir que Colombianas y Colombianos por la Paz éramos parte de ella y que estábamos empeñadas en las liberaciones para buscar réditos políticos. Piedad Córdoba fue quien recibió las peores críticas, aunque sin su liderazgo, optimismo e insistencia las liberaciones no se hubiesen logrado.

En ese tiempo tomé conciencia del impacto del conflicto armado y de la militarización en la vida cotidiana, en nuestras mentes y cuerpos. Pasarán varias generaciones para que desarmemos la palabra, la mente y los corazones.

Los tres primeros meses de 2011 nuestra energía y trabajo se centraron en hacer posible la liberación. Las reuniones con el Gobierno y la Cruz Roja Internacional no siempre estuvieron libres de tensiones y desconfianzas. A veces sentía que éramos un mal necesario y en muchas oportunidades fuimos tratadas como enemigas.

Cuando llegó la buena nueva de la posible fecha de entrega de los liberados, Piedad planteó que debían ser liberados todos los uniformados en poder de las Farc. Con un poco de incredulidad nos miramos quienes estábamos en la reunión, pero conociendo su fortaleza nos pusimos en esa tarea. Todo debía hacerse con la mayor reserva.

El día de la liberación amaneció nublado y lloviendo fuerte. El corazón comenzó a latir más rápido, el cuerpo se tensó y nos rondó la frustración. Sólo a las diez de la mañana se autorizó el desplazamiento al sitio donde los uniformados esperaban para ser traídos a la libertad.

Luego de muchas horas de espera en el caserío, vimos movimiento de pobladores por el río. Llegó una chalupa con integrantes de la insurgencia que informaron que los liberados venían en camino. No sé cuánto más esperamos, tal vez fueron 30 minutos, pero los sentí como si hubieran sido horas, seguramente por la ansiedad y la presión de la Cruz Roja que decía que no podíamos esperar más . Entonces apareció la chalupa con los liberados.

En ese momento nos dimos un abrazo con Piedad “¡Lo logramos, cumplimos!”, dijimos. En el transcurso del vuelo a Villavicencio percibí la alegría y el desconcierto de los liberados, y cuando descendimos de los helicópteros sentí que el corazón se me estrujó al ver que no se les permitió que el primer abrazo, el anhelado abrazo de libertad, fuera con sus seres queridos. ¡Qué indolente es el poder y qué recortada el alma de algunos que lo detentan!

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