ELESPECTADOR.COMImprimir

Opinión | Lun, 12/31/2012 - 23:00

Macabra danza del tiempo

Por: Reinaldo Spitaletta | Elespectador.com

Matar el tiempo no es una metáfora del ocioso, sino del que padece las horas.

Una variable física, una conceptualización metafísica, una suerte de agonía sin fin para el condenado a cadena perpetua… ¿Qué es el tiempo? Y volvemos con la perplejidad de San Agustín: “si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé”. Acaso se mueve, quizá esté quieto, puede que sea apenas una noción inefable que nos aproxima al ser. ¿Qué es el ser?

El tiempo -decía un poeta- es la única verdad. El tiempo aplasta, vulnera, deshoja los árboles, aja la piel, y cuando se le acaba a cada uno, hace desaparecer. Qué preocupación atroz ha sido para el hombre. Cronos devora a sus hijos. ¿Cuándo se convierte el presente en pasado, o en futuro? El tiempo de la infancia, en todo caso, es, quizá, el único que no tiene medidas convencionales. Va por dentro. Es como el de los sueños. Para un niño significa mucho el aguinaldo (una larga espera de diciembre), pero no lo preocupa el último día del calendario.

¿Envejece el tiempo? La certeza es que el hombre, sí. Las deidades, por ejemplo, son atemporales. No sufren o gozan de las virtudes y catástrofes del tiempo, aunque a alguna se le represente, en ocasiones, como un ser muy viejo con barbas blancas. Las percepciones del tiempo dependen de la cultura. Por ejemplo, para el europeo (o para el occidental), el tiempo es objetivo, funciona independientemente del hombre. Es un absoluto, tal como lo evidenció Newton: “El tiempo es real y matemático, transcurre por sí mismo, uniforme y no en función de alguna cosa exterior”. El occidental es esclavo o siervo del tiempo.

Para el africano, en cambio, el hombre es el que influye sobre el tiempo, le da una horma, lo moldea; no está hecho para el desespero, sino, con simpleza, para el ocurrir. Lo mismo se puede apreciar, por ejemplo, en pueblos costeros de Colombia. Alguna vez, en Mompós, pedí una gaseosa en una tienda, me senté a esperar y el despacho llegó a mi mesa hora y media después. Por allí, el tiempo no es para fatigarse. Los de esas zonas están vacunados contra cualquier estrés. O, de otra manera, son militantes de la lentitud inteligente.

Puede ser que el tiempo sea siempre el mismo, invariable, y el hombre -su víctima- el que cambia. ¿Por qué el frenesí del último día del año? Los muñecos de año viejo, una tradición que nos llegó de España, están atados no solo a representaciones del tiempo, sino al olvido. Hay que quemar lo pasado, exorcizarlo, esperar que lo que llega será mejor. Lo de atrás, lo ido, hay que borrarlo en las llamas. Los rituales de fin de año están conectados con la ansiedad de cambio. Es tiempo de promesas.

Y a la promesa, se le une la superchería. Fin de un tiempo y comienzo de otro. Y ahí, en esa mutación (artificial, un constructo) están los duendes, las uvas de la buena suerte, los calzones amarillos, los que aspiran a viajar y corren, a las doce de la noche, maleta en mano, dando vueltas a la manzana. Es la reunión de las necesidades humanas, el intento por matar la insatisfacción y darle luz a lo que vendrá. Como el horóscopo. Como la predicción de una pitonisa.

Mi tía Verania tuvo como el mejor día del año, el último. Defenestraba la casa. Estrenaba vajillas y colgaba guirnaldas adentro y afuera. Sahumerios y otros conjuros, con aromas de la India y de tierras frías antioqueñas, se volvían parte de un ritual en el que ella se vestía de sedas claras, blanqueaba los ojos cuando gritaba los deseos de la buena vida que le llegaría solo porque iba a nacer un año. Antes de las doce, recitaba el Brindis del bohemio y luego reía como loca hasta que el ambiente de triquitraques y alaridos se iba diluyendo y el mundo otra vez se volvía triste.

Tal vez Gardel tenía razón al decir que es un soplo la vida y que veinte años no es nada. Alguna metáfora pinta al tiempo como un monstruo que se lo traga todo. Incluidas las cosas simples, como son el muñeco de año viejo y los desvaríos perfumados de una tía que ya no está.

Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/opinion/macabra-danza-del-tiempo-columna-394649