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Opinión | Lun, 12/31/2012 - 23:00

Un horizonte por despejar

Por: Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

Si se quiere que el nuevo año sea mejor que el que ha terminado, tal vez sea preciso salirse de las reglas de la ortodoxia económica y poner en primer plano la solución de problemas sociales inaplazables, si se quiere de verdad evitar una catástrofe mayor.

Las incógnitas del nuevo año parecen marcadas por la urgencia de hallar solución a las tendencias críticas de la economía. Las dificultades del funcionamiento de la Unión Europea no da muestras de entrar en la etapa de estabilidad que muchos hubieran deseado. Grecia, Italia y España siguen caminando por el borde del abismo, pero no muy lejos están otros países que en virtud de la lógica del sistema pueden ir a dar al mismo lugar. Entretanto en los Estados Unidos el año comienza con el esfuerzo más grande de un presidente demócrata por llegar a un acuerdo, costoso políticamente, con sus contradictores republicanos, en el ánimo de evitar que el país caiga en un enorme vallado del que sería difícil salir.

 

Las realidades anteriores tienen suficiente relevancia para que cualquier equivocación en el manejo de los respectivos procesos se convierta en un problema de mayor amplitud. Por eso deben interesar en todos los escenarios geográficos, porque difícilmente se podría sobrevivir en un mundo en el que esos dos, de los tres pilares fundamentales de la economía mundial, llegasen a colapsar. La tercera columna, es decir China, mira el espectáculo con preocupación, y no se sabe si le resulte muy halagüeño, por poco que crezca, pasar a ocupar más pronto que tarde un lugar tan relevante en un mundo que funciona conforme a parámetros cultuales que no necesariamente son compatibles con los suyos.

 

La contradicción entre las propuestas de manejo de la crisis giran otra vez, al menos en occidente, en torno a las proporciones de las tradicionales medidas de austeridad, esto es al tamaño del Estado y el alcance de su acción. Y es aquí donde las señas siguen siendo débiles y también discutibles, porque los adalides de la austeridad extrema no parecen preocuparse por los efectos inmediatos y letales de su fórmula para grandes sectores de la población, y los enemigos de esas medidas tampoco han podido demostrar que cuentan con una receta adecuada para producir recuperación económica sin sacrificio social.

 

Tal vez valga el reclamo de quienes consideran que seguir pensando en el problema sustancial del mundo de hoy exclusivamente desde el punto de vista de lo económico, todo lo que va a hacer es repetir discusiones que, a la larga, y en el mejor de los casos, terminan por producir buenos resultados en los libros, pero graves perjuicios en la cotidianidad de millones de ciudadanos que seguirán indefensos mientras no haya quien aborde los problemas sin considerarlos como cifras sin más significación.

 

Lo curioso es que los llamados a que se tenga en cuenta a la gente, en su condición humana, y no solo en su carácter de elementos funcionales o no dentro de los procesos económicos, parecen ahora gritos de otra época, es decir anacronismos mal vistos, como si el reclamo por una vida digna, dentro de cualquier sistema, fuese algo a lo que ya no vale la pena aspirar.

 

El avance de las llamadas redes sociales, que poco a poco les van quitando protagonismo a los gobiernos como aparatos de propaganda de determinados credos políticos, y a los medios de comunicación tradicionales como únicos intérpretes de la realidad y de las opciones ciudadanas, se hará sentir cada día más en el año que comienza. Su avance, que ya ha logrado transformaciones en ciertas regiones del mundo, afectará la vida política y se podrá convertir cada día más en factor de exigencia inmediata de acción y de sensatez para quienes deben tomar las decisiones destinadas a salvar al mundo de una crisis que no tiene porqué ser arreglada con el sacrificio de las mayorías.

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