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Cultura | Jue, 01/03/2013 - 20:28

Fotografía de altura

Por: Santiago La Rotta

Un recorrido fotográfico a profundidad por la vida en el interior del Parque de los Nevados, un lugar amenazado por el cambio climático.

“Alguien propuso que votáramos, pero la democracia no tenía sentido, la mayoría suele equivocarse”. El camino podría ser traicionero, si tan sólo hubiera uno. Aun con mapas y GPS, la ruta hacia la laguna del Otún, en el Parque de los Nevados, se ofrecía en dos sentidos opuestos: sólo uno era el correcto. Después de varios días de travesía, ya con el cansancio y el frío comenzando a entrar en forma, la decisión incorrecta tenía el potencial de ser fatal para la expedición; tal vez también lo sería para la vida de los fotógrafos.

Apenas un par de días antes uno de los expedicionarios debió bajar de la base del nevado de Santa Isabel con una tos persistente, un síntoma que a esa altura tiene una serie de significados, todos malos. Edema pulmonar fue el diagnóstico que le hicieron a Wilfredo Amaya una vez recibió atención médica, ya lejos del frío y la falta de oxígeno. La baja de Amaya también significó perder a los dos guías.

El viaje continuó hasta llegar al nevado del Tolima, después de pasar por las lagunas Verde y Negra, el paramillo del Quindío y una serie de parajes bellos y desolados, una tierra primitiva y dura que se ofrece al viajero mediante un sufrimiento que se hace presente a punta de una leve, pero constante asfixia; en total fueron 12 días de travesía por una ruta que rara vez baja de los cuatro mil metros de altura.

Esta fue una de las siete expediciones que emprendió un grupo que, con diferentes configuraciones de integrantes, incluyó a Federico Ríos, Juan H. Henao, Diego Sánchez, Norma Idárraga Hernández, Wilfredo Amaya, Ricardo Quintero, Tatiana Gutiérrez, Miguel Uribe y Carlos Augusto Jaramillo (editor del libro), entre otros. En mayor o menor medida, todos participaron en la creación de La ruta del cóndor, un libro que recoge un diario fotográfico de la vida en el interior del Parque de los Nevados. Fotografía de altura, literalmente hablando.

La fotografía suele ser un oficio casi alquímico, una combinación entre varios factores que incluyen técnica, talento, paciencia y una cantidad no despreciable de suerte; tantas variables que al cambiar pueden ser la grieta que divide una imagen normal, de rutina tal vez, y una fotografía inmortal en su expresión, un documento eterno por su elocuencia y poder.

Paciencia es un atributo doloroso a más de cuatro mil metros de altura, con temperaturas que suelen bajar de los cero grados centígrados. La flora está ahí y se entrega cubierta de escarcha en las madrugadas o peinada por el viento durante el día. La fauna es otra historia. El cóndor, un buen ejemplo de esto.

“Durante la travesía encontramos varios cóndores, pero de ahí a hacer una buena foto es otra cosa”, cuenta Ríos, fotógrafo y uno de los motores principales del proyecto. “Nos dividimos en dos equipos y nos ubicamos en puntos distantes a lo largo de un cañón. El cóndor pasó volando hacia arriba. Comenzamos a perseguirlo hasta un morro, como a un kilómetro de distancia”. Al acercarse al morro, el terreno reveló una pequeña quebrada que separaba a los fotógrafos del ave. Sin mayor remedio, con equipos al hombro y bordeando la congelación, Ríos y su equipo cruzaron el agua. La recompensa: una serie de fotografías impecables que muestran a una pareja de cóndores encima de una pequeña cima. Imágenes bellas, aún más bellas por su escasez y dificultad.

Más que una colección de fotografía salvaje, la obra resiste una lectura ciertamente melancólica, aunque también esperanzadora: imágenes de un ecosistema que con toda su aspereza, su rocosa y helada geografía, se va degradando lentamente bajo la presión del hombre y el cambio climático. Postales para recordar. Postales para rescatar, incluso.

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