En Estados Unidos viven casi 40 millones de extranjeros y de ellos más del 25% son de nacionalidad mexicana, el país con mayor numero de migrantes. Su relevancia en la economía de los dos países es inocultable. En los últimos cinco años, 1’400.000 mexicanos migraron a Estados Unidos, la mitad de los que lo hicieron en quinquenios anteriores antes de que la crisis de 2008 azotara a los estadounidenses. Las remesas en los últimos años han merodeado los 22.000 millones de dólares anuales, en donde cada envío es de 330 dólares en promedio, y el valor total se consolida para México como la segunda fuente de divisas más importante después de las provenientes de la venta de petróleo. Este valor equivale al 150% de la IED que Colombia recibió durante 2011, al 3% del PIB mexicano y al 50% del valor de las exportaciones petroleras de ese país. Para los hogares que las reciben, las remesas representan en promedio el 27% de sus ingresos (en áreas rurales y en momentos sin crisis puede llegar hasta el 40%). Gracias a ello, México, después de China e India, es el tercer país receptor de remesas en el mundo y de lejos el más relevante en América Latina.
Los mexicanos cruzan la frontera básicamente por preocupaciones de carácter económico y entre el 70 y el 90% de ellos lo hacen con el único propósito de trabajar o de encontrar empleo. Y no les faltan razones. El ingreso del residente mexicano promedio en Estados Unidos entre 2008 y 2010 fue de aproximadamente 17.000 dólares anuales, 4.000 dólares por encima del ingreso de los mexicanos en su propia tierra. No son por tanto los controles de la frontera o las leyes antiinmigrantes, como aquella aprobada en Arizona que criminalizaba la estadía ilegal, los que disuaden la aventura de cruzar al norte. Los mexicanos aguantan la persecusión oficial, los abusos de quienes les ayudan a cruzar y los costos del traslado, siempre que las expectativas económicas así se lo permitan. Aún en 2011, por ejemplo, casi 300.000 mexicanos fueron capturados mientras intentaban cruzar ilegalmente la frontera, 700.000 menos de los que lo hicieron sin suerte en 2005.
Esta es una frontera enorme, sin embargo, su extensión es apenas un indicio de las inmensas dimensiones de lo que significa su existencia.

