ELESPECTADOR.COMImprimir

Opinión | Mar, 01/08/2013 - 23:00

El nombre de las cosas

Por: Oscar Guardiola-Rivera | Elespectador.com

Releer a Faulkner me ha hecho pensar en la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito a un cierto molde de decencia.

Amanda Feilding es un buen ejemplo de ello. Lleva cuarenta años trabajando desde la Fundación Beckley en Oxford contra los tabúes que mantienen nuestra ignorancia sobre la inveterada costumbre humana de intoxicarse para tocar el cielo.

Según ella, lo que uno hace con su conciencia no es de la incumbencia de nadie más. Por ello, el prohibicionismo respecto del uso de sustancias psicoactivas es una afrenta contra la libertad.

Los datos de sus investigaciones revelan que las políticas draconianas no lo suprimen. Y que en el caso de drogas como la marihuana los supuestos de tales políticas carecen de fundamento científico.

Dado que el consumo de cannabis constituye un 80% del uso ilegal de drogas, descriminalizarlo reduciría los efectos indeseables de la guerra contra las drogas.

Feilding enfatiza el hecho de que millones de personas, poblaciones enteras, continúan sufriendo lo indecible por causa de tales políticas. Propone reformar las convenciones de Naciones Unidas. En vez de “legalización”, prefiere hablar de control y “regulación estricta” por los gobiernos.

En los EE.UU. el prohibicionismo afecta de manera singular a los afroamericanos. En el resto de las Américas, latinos e indígenas sufren por causa de una política irracional. El prohibicionismo y la guerra contra las drogas son una forma de racismo.

La necesidad de denominar un problema social con precisión para poder resolverlo introduce a la segunda mujer en cuestión. Se trata de Paula Moya, literata de Princeton.

En una entrevista con el escritor caribeño Junot Díaz ella observó que en contraste con la actitud predominante entre buena parte de los escritores contemporáneos, para quienes la neutralidad política se ha convertido en condición para apelar a una audiencia despolitizada, la literatura de Díaz trata sin empacho sobre raza y capitalismo hoy.

Que Moya y Díaz llamen a las cosas por su nombre es crucial en una época en la cual algunos celebran el arribo de un supuesto consenso postracial en los EE.UU. De manera harto similar, en Latinoamérica ciertos escritores y comentaristas prefieren ignorar la importancia de lo racial en la política radical de países como Ecuador, Venezuela y Bolivia, o en la desafortunada de México y Colombia, que ha envenenado las relaciones entre éstos y la potencia del norte.

Hablar de “populismo” o “seguridad” en estos casos reafirma tabúes, profundiza la ignorancia y busca mantener políticas que son ellas mismas criminales.

Los verdaderos criminales son quienes se sirven de tales términos para estos propósitos, pero también los escritores cuando no llamamos a las cosas por su nombre.

Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/opinion/el-nombre-de-cosas-columna-395644