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Opinión | Vie, 01/11/2013 - 23:00

'La serpiente sin ojos'

Por: Julio César Londoño | Elespectador.com

Estoy seguro de que hace 15 años, cuando William Ospina descubrió los cien mil versos de Juan de Castellanos sobre la Conquista de América, no imaginó nunca que esa lectura lo obsesionaría hasta el punto de sentarlo a escribir un tríptico de más de mil páginas en prosa sobre el mismo tema.

Pero antes leyó los tres gruesos tomos de Castellanos, todos los cronistas de la Conquista, cuatro anaqueles del Archivo General de Indias de Sevilla y las góndolas pertinentes de la Biblioteca Nacional; recorrió Latinoamérica de arriba abajo siete veces, navegó por el Coca y el Amazonas y finalmente lo supo todo: las genealogías de los conquistadores, sus rutas, odios, miedos y ambiciones, la política de la Corona, las genealogías de los caciques, los nombres precolombinos de las frutas, los animales y las cosas.

Sólo entonces escribió Ursúa (2005), la primera novela del tríptico, la que cuenta la vida de Ursúa en “… mares de perlas y flechas con la muerte pintada de azul en la punta, muchachas bellísimas que se alimentaban de piojos, ranas más venenosas que diez mil indios y muchedumbres guerreras más silenciosas que la niebla y legiones de cristianos avanzando con el credo en los labios entre aldeas de brujos y selvas mortales”.

Esta primera plana le valió el Premio Rómulo Gallegos, el mismo que han ganado Gabo y Vargas Llosa, entre otros fulanos, aunque no faltaron los maledicentes que afirmaron, cual sabandijas españolas, que el premio estaba manchado de intrigas palaciegas y consideraciones políticas.

En el 2008 publicó un libro que narraba la expedición de Orellana por el Amazonas en busca de un bosque mucho más valioso que el oro, El país de la canela. En las últimas páginas, se empieza a sentir la potencia de la entidad que le dará nombre a la tercera novela. Es un pasaje donde el narrador, el mismo narrador embozado de todo el tríptico, se queda horas mirando las aguas del Amazonas, ese animal de limo y siglos, “ese río hecho de ríos, preguntándome cuántos secretos de mundos que no podía imaginar iban disolviéndose en una sola cosa, ciega y eterna, que resbalaba sin saber a dónde, llevándonos también en su ceguera a la disolución y el olvido”.

Pero el barco de Orellana, buscando utopías Amazonas abajo, es un juego de niños comparado con el objetivo de Ursúa en La serpiente sin ojos (2012): la navegación del río y el descubrimiento y conquista de toda la selva... para ponerla a los pies de Inés de Atienza, una viuda espléndida, sobrina de Atahualpa, una mestiza cuyo rostro tenía algo de la intensidad de los moros pero también la distancia indescifrable de los rostros indios, con esos ojos grandes y la risa llena de promesas y el cuerpo lleno de secretos.

En cada página hay rastros de la influencia de Castellanos. Y de Borges, el ubicuo: “Yo nunca había narrado completa esa experiencia porque me resistía a recordar las minucias de un viejo miserable, pero aquel hombre oyendo modificó para mí esos viejos hechos y comprendí que narrarlos me confería cierto poder sobre ellos”.

Y rastros de Gabo: “Ursúa le habló de la devoción de aquella india hermosa que lo rezaba al emprender sus campañas, que ponía ranas secas en sus alforjas, que perfumaba su lecho con hojas silvestres y que sabía amar como las ardillas y las salamandras”.

Y el rastro de Homero, cuando un español recita los nombres de todos los caballos que la expedición de Ursúa tuvo que abandonar un día en medio de la selva.

Y el estilo de Ospina, por supuesto, de su prosa tersa, barroca, tercamente anacrónica, a la medida del asunto; y su cerebro tan europeo y su corazón tan indio, la combinación precisa para contarnos bien, por fin, la primicia de ese suceso tremendo y moderno, la Conquista de América.

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