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Opinión | Sab, 01/12/2013 - 23:00

Risa, pena, lástima

Por: Piedad Bonnett | Elespectador.com

Decía un amigo, refiriéndose a Bogotá, que es duro vivir en una ciudad que cuando no da pena da lástima, y cuando no da lástima da risa. Y es verdad. Risa da, por ejemplo, el esnobismo que lleva a los comerciantes a llamar sus negocios con nombres en otros idiomas.

Si es un centro odontológico, se llamará, para mayor elegancia, Odonto Centry o Family Dent; si es una peluquería, D’Gloria o Oscar Hair Studio; y si es un almacén o un restaurante, lo raro es encontrar nombres en español. Risa da, también, alguna de su arquitectura, incluyendo la ridícula y ostentosa de ciertos centros comerciales. O que hayan construido un majestuoso puente que por ahora no da a ninguna parte. Lo cual no sólo da risa sino rabia. Y risa da en este momento el eslogan de Bogotá humana, cuando la ciudad nos maltrata a toda hora y empobrece nuestro nivel de vida.

Pero la lista de lo que da pena o da lástima es mucho más larga y ha ido creciendo en los últimos ocho o diez años, infortunadamente de la mano de los alcaldes de izquierda. Cada uno puede hacer su propio inventario, y yo haré el mío, limitándome, por cuestiones de espacio, a lo más evidente. Lástima, por ejemplo, da ver en lo que se ha convertido, durante la alcaldía de Petro, la carrera séptima en su parte peatonalizada, con sus tristes materas pintarrajeadas, sus maletines naranja haciendo de burdo separador y sus vendedores ambulantes apoderados del espacio público; darse cuenta de cómo quedan un domingo la calle 24 y sus alrededores después del llamado mercado de las pulgas o de cómo, a pesar de las buenas intenciones, no se logró embellecer y revitalizar la carrera 15; y la tala de árboles que ocurrió en el Parque de la Independencia y los errores de planeación del Parque Bicentenario y etc., etc. Y pena da el pobre mantenimiento y aseo del Eje Ambiental; y los huecos de las calles —incluida una enorme tronera en plena zona T, dizque la parte más chic de la ciudad, donde va a parar buena parte del turismo—; y las aceras, con sus impredecibles altibajos (¿han tenido la valiente experiencia de conducir un coche de bebé o una silla de ruedas por las aceras bogotanas?) o con sus losas recientes ya desprendidas, como sucede en buena parte de la carrera 11. Y el desgreño del barrio La Candelaria, con su falta de iluminación y su suciedad acumulada.

Y uno se pregunta qué hizo que una ciudad que en cierto momento repuntó hasta hacernos sentir orgullosos de ella haya entrado en barrena y hoy nos provoque pena y lástima y risa y desesperación y rabia. La respuesta, por supuesto, es muy compleja e incluye, como sabemos, un ingrediente enorme de corrupción. Pero creo que podemos aventurar otra hipótesis: los últimos tres alcaldes se prepararon para ganar las elecciones, pero no para gobernar. Como buena parte de la clase política de este país, o han demostrado que su preparación es escasa, o que no constituyeron equipos suficientemente sólidos, ni consolidaron redes generadoras de proyectos de largo alcance. Es inconcebible, por ejemplo, que a Petro, cuya ambición última es la Presidencia, su elección como alcalde pareciera haberlo cogido por sorpresa, de modo que, mal asesorado, se ha dedicado a improvisar. Pero la culpa es también de nosotros, los electores, incapaces de medir a los candidatos y de ubicar sus verdaderas potencialidades. Algo a lo que contribuye la superficialidad del debate público, apuntalado a menudo por los medios de comunicación. Ahora bien: si nosotros los elegimos, nosotros los aguantamos. Esta es una democracia. Que se caigan solos.

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