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Opinión | Jue, 01/17/2013 - 22:00

El modo condicional

Por: Francisco Gutiérrez Sanín | Elespectador.com

Comienza el 2013, y en el centro de su agenda política está —o debería estar— la paz, uno de cuyos problemas es que tiene millones de amigos tibios, pero miles de enemigos apasionados.

Me da la impresión de que los actores involucrados en el proceso van a tener que aprender a comunicar un poco mejor lo que está en juego. Que es mucho. Hay un par de ideas centrales acerca de la magnitud de la apuesta que no parecen estar informando nuestros debates. Primero, nos encontramos en un mundo que atraviesa cambios vertiginosos, en donde los parámetros a los que estábamos acostumbrados se disuelven con rapidez. Literalmente, decenas de países —no sólo los conocidos emergentes, como China o Brasil, que logran aparecer con alguna regularidad en los titulares de nuestros suplementos económicos— están creciendo a niveles ampliamente superiores que los de los países de la OECD. Entre estos, muchos latinoamericanos y no pocos africanos. Para usar la jerga de rigor, de repente —¡finalmente!— la convergencia entre países parece estar reemplazando a la divergencia. Si esta tendencia se mantiene —un condicional grande, pero no inverosímil—, los mozambiques del mundo nos habrán sobrepasado ampliamente en un par de décadas, y nuestros hijos o nietos estarán mirándolos de abajo hacia arriba (como le pasó a la generación latinoamericana a la que pertenezco con respecto de Corea y Taiwán). Lo que tienen en común todas estas experiencias es una capacidad regulatoria creciente del Estado —independientemente del modelo económico que se adopte—, la superación de los conflictos armados, y la de las lógicas rentistas, atrasadas, violentas e ineficientes asociadas a ellos (lógicas que casi siempre beben de las prácticas de todos los bandos). La losa de plomo del conflicto, así como de dominios territoriales basados en economías que generan tanto lógicas homicidas como terribles bastiones de ineficiencia y atraso, bloquea cualquier capacidad de despegue y se convierte en un prohibitivo impuesto para todos los ciudadanos (incluyendo a los habitantes de las grandes ciudades, y a amplios sectores empresariales).

Dicho de otra manera: hay una ventana única de oportunidad que se abre, y poder aprovecharla depende de la capacidad de llegar a un acuerdo (civilizado y civilizatorio). De pronto por eso algunos de los pocos conflictos que se consideraban tan intratables como el nuestro —por largos, por intrincados, por opacos— ya terminaron, o se acercan a su fin. En Sri Lanka, el gobierno obtuvo la victoria militar. Mucho menos conocido en nuestro medio es que en Nepal la monarquía y los maoístas llegaron a un acuerdo, y que en Filipinas está a punto de terminar un ciclo insurgente que se consideraba en la práctica eterno.

Así que haríamos mal en naturalizar nuestra propia situación, convirtiéndola en el “estado normal”, en el cual no es tan grave permanecer. Y eso me lleva a la segunda, simplísima idea: si tienen éxito, las conversaciones con las Farc significan el cierre efectivo del conflicto. Si tienen éxito... En efecto, un condicional aun más complicado que el anterior, por toda la historia de errores y horrores mutuos con la que cargamos, pero que constituye precisamente el núcleo de la apuesta. Y vale la pena constatar que por lo menos el balón sigue en juego. Una vez más: Eppur si muove. A ver si esta evidencia nos convence de pasar del despecho de balada —“no, es que me han partido el corazón tantas veces...”— al modo condicional.

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