Primero, hay expectativa y temor por parte de las fuerzas del orden en torno al cese unilateral del fuego (¡!) decretado para pasado mañana. Se ha sabido que los insurgentes están preparando atentados y tomas —léase matanzas de civiles— para demostrar que no están acabadas. Y no sólo eso: lo revelado en día pasado acerca de lo que sucede en la frontera con Ecuador es una campanada de alerta: allí las Farc están ensamblando armas, recibiendo armamento “importado” y almacenando productos químicos para el procesamiento de la coca que no han dejado de producir. Lo propio sucede en la frontera con Venezuela, donde la guerrilla entra y sale al y del país vecino ahora con más movimiento que antes.
La narcoguerrilla no le está apostando a la paz ni mucho menos. Lo que está haciendo es preparándose para continuar su accionar bélico aprovechando de paso la tal tregua que resultó otro canto a la bandera.
Y mientras eso sucede, sus negociadores citan al ministro de Agricultura, exigen una constituyente e insisten en que el plazo dado por el Gobierno para la terminación de estos diálogos es un acto criminal. Es decir, por todos lados se percibe mala fe y la constante de enredar y poner palos en la rueda de quienes ganan tiempo, se dan un champú y obtienen visibilidad internacional.
No obstante, y ya metidos en lo que para muchos es una sinsalida, no queda de otra que aguantarse estas y las demás jugadas de quienes, si se les acaba la guerra, ¿qué se ponen a hacer distinto a que papá Gobierno, léase los contribuyentes, los subsidiemos per secula seculorum?

