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Opinión | Dom, 01/20/2013 - 23:00

Un farsante

Por: Santiago Montenegro | Elespectador.com

Aunque ya se sabía, me ha dado mucha rabia y tristeza la frialdad y el cinismo de Lance Armstrong en su confesión de dopaje científico y sistemático durante muchos años, que le permitieron ganar siete Tours de Francia.

Esta confesión enloda y oscurece, y quizá entierra para siempre, la historia de un deporte lleno de héroes y leyendas extraordinarias. Porque muchos de mi generación crecimos la niñez y la adolescencia con el ciclismo. Seguíamos la Vuelta a Colombia por radio y arriesgábamos ser sorprendidos en clase escuchando las etapas con audífonos conectados a diminutos radios transistor: “¡Caracol Rojo: conecte, accione... al aire!”. Si para muchos niños y niñas de hoy el héroe es el Hombre Araña, para nosotros fue Cochise Rodríguez; si para otros es Harry Potter, en mi época eran El Ñato Suárez, o Álvaro Pachón, o Miguel Samacá. Y, un poco más tarde, Rafael Antonio Niño y Lucho Herrera. Recuerdo, como si fuera hoy, la Vuelta del año 65, cuando El Ñato Suárez —el mejor escalador de todos los tiempos— le arrebató el triunfo a Cochise en la última etapa, llegando a Bogotá. Nos admiraban las llegadas del pelotón a Pereira, que siempre ganaba Rubén Darío Gómez, o la constancia y el espíritu gregario de sacrificio del “interminable”, La Bruja Carlitos Montoya. Años más tarde, y por supuesto ya mayor, mis compañeros de la universidad en Londres creyeron que había sufrido un trastorno mental al verme gritar de la emoción mirando por televisión la llegada triunfante de Lucho Herrera en el Alpe D’Huez, en el Tour del 84. Tres años más tarde, celebramos con Luis Carlos Galán, en Oxford, el triunfo del mismo Lucho Herrera en la Vuelta España. Pero, más allá de la emoción por estos héroes y sus leyendas, la Vuelta también fue importante porque nos hizo conocer el país, su geografía y sus ciudades. La Vuelta nos sacó de nuestras pequeñas localidades y nos dio una dimensión del país. Y, después, del mundo. Porque también entré mentalmente a Europa con las historias de las hazañas de Federico Bahamontes, con las de Jacques Anquetil, Raimond Poulidor, Fausto Coppi, Felice Gimondi o Franceso Mosser. Más tarde vendrían Mercks, Hinault, Indurain, entre muchos otros.

Curiosamente, los norteamericanos siempre me parecieron como aparecidos y advenedizos en el ciclismo, tal vez pensando que este deporte no era para ellos, como tampoco lo era el fútbol. Pero, con los triunfos de Greg Lemond y de Armstrong, parecieron confirmar su derecho para estar en la élite del ciclismo internacional. Y por supuesto que lo están. Pero jugando limpio. Porque ahora, además de la bochornosa confesión de Armstrong, está apareciendo toda una literatura que, en alguna medida, se ha dedicado a justificar la trama de su farsa. Se dice que todos lo han hecho y lo seguirán haciendo. Un artículo en el New York Times afirma que, ya en las Olimpíadas en la antigua Grecia, los atletas tomaban yerbas medicinales y testículos de animales para mejorar el rendimiento y que ya todo estaba permitido, excepto arreglar los resultados y el uso de magia negra. No cabe duda que la ciencia se seguirá usando para evadir los controles antidopaje, como lo hizo Armstrong. Pero no habrá deporte o actividad humana que valga la pena si no hacemos un esfuerzo para que las reglas de juego sean exactamente las mismas para todos.

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