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Buen Viaje VIP | Mar, 01/22/2013 - 20:49

Un lugar para el sosiego

Por: Sergio Silva Numa

Ubicado a 79 km de Medellín, Guatapé es ideal para alejarse de la rutina citadina. Además, un gran embalse al lado de casas coloniales ofrece una variedad de actividades acuáticas.

Tranquilidad. Eso es justo lo que inspiran las mansas aguas de Guatapé. Una tranquilidad que asalta a las personas cuando aparecen esos parches verdes entre la inmensidad de miles de hectáreas azules. Una tranquilidad, un inefable sosiego que se desprende de ese pequeño lugar del oriente antioqueño.

Eso es Guatapé. Eso es ese pueblo de casas de colores y calles empedradas que hace cuarenta años vio cómo El Peñol, su municipio vecino, desaparecía bajo uno de los embalses más grandes de Colombia. Casas, plazas e iglesias quedaron sumergidas para siempre desde que en los años 70 unas ineludibles corrientes se colaron por el casco urbano.

Ahora esas corrientes son apacibles. Ahora permiten que los viajeros las naveguen y que los deportistas náuticos las desafíen con saltos y acrobacias. Pero más allá de esas sonrisas que se roba el entretenimiento, de esos banquetes que se extienden a lo largo del malecón, en compañía de las infaltables y manidas artesanías, Guatapé es el lugar preciso para alejarse de las costumbres citadinas.

Pese a que un par de cuadras alteran el entorno con enormes avisos de neón sobre construcciones coloniales, muchos de los rincones de este pueblo, a sólo 79 kilómetros de Medellín, permanecen imperturbables. Basta con subir a la gran Piedra del Peñol, un monolito de más de 200 metros a las afueras del pueblo, para percatarse de la serenidad que habita en los islotes que sobresalen en el agua. La cima de los casi 700 escalones de esa roca inmensa muestra una quietud pasmosa.

Allí, entre el verde intenso de los árboles y el césped, aparecen cabañas solitarias que, de inmediato, seducen con su silencio y con esa sensación de calma y placidez que pocos lugares tienen. Es, tal vez, el aislamiento ideal para aquellos que esperan conquistar algunos instantes de soledad. Esa soledad que muchos, como Gómez Jattin, el gran poeta que parió Cereté a orillas del Sinú, añoraban con ansias y presentían que era tan necesaria para la condición humana.

Llegar a Guatapé es encontrarse con una deslumbrante mezcla de colores. Al recorrer esos caminos empedrados que alguna vez pisaron colonos españoles, uno se tropieza con tonalidades de alegría alumbradas por unos faroles interpuestos. Sus luces blancas evidencian entonces el matiz de unas flores que cuelgan en cada puerta en pequeñas macetas y contrastan con el brillo de las paredes.

Y como si fuera parte de una costumbre milenaria, esos muros están adornados con figuras talladas desde principios del siglo XX, mucho antes de que el embalse transformara por completo la cultura del pueblo y las barcazas empezaran a llenar los linderos de ese territorio.

Gracias a esos miles de litros que irrumpieron en las montañas antioqueñas, Guatapé se convirtió hace décadas en un destino inevitable. De Medellín siempre arriban cientos de turistas para sentir la calidez de un intenso sol que se pierde cuando las frías noches invaden las casas. Entonces, para calmar las brisas glaciales que perforan los huesos, los helados fermentos de cebada se cambian por el plácido y agudo sabor del anís. Las esquinas, en tiempos de fiesta se colman con ese aroma que adormece los recuerdos.

Pese a eso, Guatapé, con su insondable encanto, queda intacto en la memoria.

Datos claves

Llegar a Guatapé es muy sencillo: basta con coger un bus desde Medellín, cuyo costo no supera los $15.000. El recorrido, de tan sólo 79 kilómetros, dura alrededor de una hora y media.

En el pueblo se puede encontrar hospedaje de diferentes precios. Desde hoteles a $20.000 la noche, hasta amplias cabañas que pueden alcanzar los $200.000 o $300.000 diarios.

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