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Opinión | Jue, 01/31/2013 - 23:00

El espectáculo de la intimidad

Por: Carlos Granés | Elespectador.com

Cuando John Lennon y Yoko Ono se encamaron en un hotel para protestar contra la guerra de Vietnam, no se imaginaron que estaban protagonizando el primer reality de la historia.

Después de casarse, la pareja decidió convertir su luna de miel en una performance, y en marzo de 1969 se encerraron en el Hilton de Ámsterdam. Decenas de periodistas pasaron por su habitación, demostrando que dos famosos exhibiendo su vida privada no podían detener la guerra, pero sí atraer las cámaras y la atención del mundo entero. Era la primera vez que dos personas se sometían voluntariamente al escrutinio de su intimidad. Creían estar haciendo arte y crítica social, pero la verdad es que inauguraban una nueva forma de espectáculo.

No fue casualidad que Yoko Ono hubiera sido una de las estrellas de este evento. Antes de conocer a Lennon, la japonesa había formado parte de la escena vanguardista neoyorquina y había participado activamente en las actividades del grupo Fluxus. Empezaban los años sesenta. Eran los días en que Allan Kaprow inventaba el happening y las galerías de Nueva York se convertían en escenarios improvisados, donde los artistas reproducían gestos, movimientos y acciones. Al igual que la mayoría de las vanguardias del siglo XX, Fluxus y los artistas del happening querían convertir la vida en arte. Si Duchamp transformó un orinal en arte introduciéndolo en una galería, y si John Cage convirtió el ruido en música reproduciéndolo en las salas de concierto, ellos harían lo mismo con la vida llevando la anodina cotidianidad a los museos. Tom Marioni, por ejemplo, se reunió con sus amigos en una galería a beber cerveza. El resultado fue su obra El acto de beber cerveza con los amigos es la forma más elevada de arte.

El salto de las galerías a las pantallas no tardó en darse. Otros grupos de vanguardia, como los letristas parisinos o los yippies neoyorquinos, también dejaron de hacer cuadros o novelas y destinaron su fuerza imaginativa a transformar su vida en arte. Ahora ellos serían la obra y su estilo de vida haría las veces de manifiesto político; un arma revolucionaria que atentaría contra las convenciones y las instituciones y finalmente sentaría las bases de una nueva sociedad. Precisamente por esto, los vanguardistas tuvieron que exhibir su intimidad. La vida privada empezó a vivirse en el espacio público y los happenings se planearon para atraer a los medios de comunicación. Como demostraron Lennon y Ono, esto era un imán para las cámaras. El exhibicionismo, los modos de vida transgresores, la rebeldía juvenil, la excentricidad y todo lo que rompía la norma se convirtió en pasatiempo televisivo. Las actitudes artísticas más radicales fueron precursoras de productos mediáticos ordinarios y masivos. Intentando acabar con el espectáculo, el consumo y el capitalismo, los vanguardistas reinventaron la industria del ocio, del entretenimiento y de la moda. La vida no se convirtió en arte, sino en espectáculo. Una paradoja de nuestro tiempo, que hizo mutar en héroes del marketing capitalista a quienes querían acabar con todo ello.

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