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Opinión | Jue, 01/31/2013 - 23:00

‘Orgullo y prejuicio’

Por: Ricardo Bada | Elespectador.com

En mi mesa de trabajo, siempre al alcance de mi mano, hay tres libros que se cuentan entre mis mejores amigos: el Quijote, Fortunata y Jacinta (de Pérez Galdós) y Pride and Prejudice, por triplicado este: una edición normal, la edición comentada, y otra en alemán. Y pergeño estas líneas justo el día que se cumplen 200 años de su publicación.

Debo confesar que la leí muy joven, sin entenderla. Recién empecé a hacerlo cuando ya sabía alemán y había descubierto que las obras traducidas a este idioma lo estaban mejor que al nuestro, por la sencilla razón de que Alemania es algo así como la patria de los traductores. (Conforme más universal es el idioma que se habla, más bajo es el nivel de sus traducciones). Entonces, un día, en una librería, ojeando y hojeando novedades, descubrí la nueva edición alemana de Orgullo y prejuicio, la compré y la leí. Fue toda una revelación. De repente me di cuenta de que estaba en presencia de una obra maestra. Pero no sólo eso. Es que, además, diez años después de su primera lectura en español, yo estaba enormemente sensibilizado en contra del machismo y la discriminación. Y esta novela es un abierto desafío a ambos.

El único lunar que le veo es que sucede casi en el vacío histórico. Jane Austen la escribió en 1797, reescribiéndola a los diez años con el título que conocemos hoy. La primera versión se titulaba, y es también un título programático, Primeras impresiones, pero Orgullo y prejuicio tiene más fuerza, como el título Crimen y castigo incluye un gancho que le falta a la versión titulada Raskolnikoff. Escrita, pues, en 1797, no hay nada en ella que remita a un acontecimiento trascendental en la Historia, la Revolución francesa de 1789; y reescrita diez años más tarde, no hay nada que sugiera la enconada pugna de Inglaterra —al principio solitaria— contra Napoleón, el bloqueo que sufrió el país, el temor a una invasión.

Pero es porque Miss Austen había colocado la mira de su fusil en otro blanco. W.H. Auden supo verlo mejor que nadie en un delicioso y agudo epigrama que traduzco renqueante a nuestro idioma: “Lo que más me incomoda de verdad / es que una solterona clasemedia, / de las bodas por plata la comedia / describa, develando en realidad / la pingüe base de la sociedad”. Pride and Prejudice es una de esas obras imperecederas, cuya lectura siempre recompensa, sin importar la página por la cual se la abra. Y Lizzy Bennet, esa mujer por la cual uno iría feliz al mismísimo fondo del infierno, con la sonrisa en los labios.

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