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| Vie, 02/01/2013 - 22:00

El paciente inglés

Por: Adriana Marín Urrego

Carlos de Gales ha pasado 64 años como heredero al trono. Con la abdicación de la reina Beatriz de Holanda para dejarle el reino a su hijo, vuelven las especulaciones.

El príncipe Carlos nació para ser rey. Para eso y para nada más. Aunque la batuta de la espera se la entregaron a los nueve años, cuando su madre subió al poder, desde la cuna fue criado con visión de mando, como perteneciente a una casa cuyo nombre había que dejar en alto y con la responsabilidad de ser una figura pública. No podía defraudar ni a su madre ni a su reino, o al revés. Ha vivido sus 64 años escuchando las opiniones de su pueblo sobre lo que hace y lo que deja de hacer, sobre sus matrimonios y sus hijos, si fue un buen padre o no lo fue, dividido entre los porcentajes de popularidad frente a Gran Bretaña que suben y bajan. Aparece, todo el tiempo, en las odiosas comparaciones de los periódicos que dicen cosas como “su esposa Diana alcanzó en 15 años la popularidad que él no ha logrado en 60”, o “después de la ceremonia que celebró para su madre en su cumpleaños, su popularidad ha crecido considerablemente”, o “ahora sí, y no antes, la gente quiere que sea rey”. ¿Ahora sí? ¿Luego de haber esperado toda su vida o, mejor, después de haber vivido toda una espera? ¿Ahora sí?

Durante 64 años ha sido el segundo, el que acompaña a su madre. Primero la reina y luego él. Claro, así debe ser. Con el paso de los días, sin embargo, el príncipe no puede ocultar su ansiedad. Siente que es posible que no alcance a ser rey y que tenga que pasarle el título, ya con la “pata estirada” —en sus palabras— a su hijo, el príncipe Guillermo. Va a regalar su espera y no lo puede evitar. Qué difícil debe ser estar sentenciado toda la vida a escuchar “La reina ha muerto, larga vida al rey”, con la consciencia de que el hecho de que él suba al trono implica que su madre debe estar muerta ya. Qué difícil debe ser tener ese conocimiento y, aun así, desearlo profundamente.

Muchos han matado por la corona inglesa. La ambición por el poder ha pasado por encima de relaciones familiares y hasta conyugales. Eso era cuando el poder de la corona era real y no sólo un símbolo de buen comportamiento y acciones de caridad; ya no estamos hablando de tragedias de Shakespeare. Pero aunque la espera ya no sea para poseer más oro o tener poder sobre imperios, surge la pregunta: ¿por qué la reina no abdica y le da lugar a su hijo para que sea rey? Este es el cuestionamiento que vuelve a las cabezas de muchos ahora que la reina Beatriz de Holanda ha tomado la decisión de dejarle el trono a su hijo, Guillermo Alejandro, con el argumento de que es “tiempo para una nueva generación”. Las comparaciones son odiosas, pero el futuro rey de Holanda tiene 45 años y su espera ya va a terminar. Carlos de Gales le lleva 19 años, y sigue esperando.

La historia de las monarquías demuestra por qué y reduce la esperanza que pueda tener el príncipe de que su madre abdique. Mientras que en la monarquía holandesa parece ser tradición que las reinas pasen el trono a la siguiente generación —antes de la reina Beatriz fue su madre, Juliana, a los 70 años, y antes de ella, su madre Guillermina, a los 68—, en la monarquía inglesa sólo ha existido un caso de abdicación por decisión propia en la casa de Windsor, y fue por causas ajenas a la convicción de pasar el poder a una nueva generación: Eduardo VIII abdicó en 1936 para poderse casar con Wallis Simpson, una estadounidense divorciada.

La corona inglesa sobresale, en cambio, por cobijar reyes que se mantuvieron en el poder hasta sus últimas consecuencias. Jorge III (1760 - 1820) rondó por su castillo, completamente ciego y loco, los últimos 10 años de su reinado antes de morir a sus 81 años de edad. La misma edad en la que murió su nieta, la reina Victoria (1837 - 1901), que también se mantuvo en el poder hasta su fallecimiento, a pesar de sufrir de problemas de visión, de insomnio y de reumatismo. Si estos monarcas no liberaron el trono para sus sucesores, no se puede esperar menos de la reina Isabel II, que a los 86 años todavía sigue una apretada agenda como cabeza de 600 organizaciones. Poniendo de base la genética, tampoco se espera que muera pronto: Isabel, la Reina Madre, murió cuando tenía 101 años de edad.

El príncipe Carlos confía en llegar a la ceremonia de coronación antes que al acto fúnebre, y en ser él, y no su hijo Guillermo, quien reciba la ovación: “¡larga vida al rey!”. Mientras tanto, sigue esperando, rezando —muchas veces de rodillas— y esperando, trabajando en 20 fundaciones y esperando, hablando sobre sus preocupaciones por el futuro del planeta, por los bosques, por los campesinos, por la comida modificada, por el crecimiento de las grandes multinacionales y por el decaimiento de la Iglesia en Inglaterra, y esperando. Ante todo, esperando.

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