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Fútbol internacional | Sab, 02/02/2013 - 21:00

Premio a la persistencia

Por: Juan Diego Ramírez C.

A pesar de que su equipo no juega bien, nunca se ha rendido. Esa ha sido la clave en el Suramericano Sub-20 que hoy (7:15 p.m.) la selección quiere ganar ante Paraguay.

A su selección la acusan de torpe. A sus jugadores los juzgan por ignorar las sutilezas y a varios de ellos, a excepción de unos pocos como Juan Fernando Quintero, los califican de personajes rústicos, sanguíneos y toscos. Pero Carlos El Piscis Restrepo, técnico de esta selección Sub-20 de Colombia, que hoy peleará por el título del Suramericano de Argentina ante Paraguay, no se ruboriza porque John Córdoba desperdicie dos mano a mano en cuatro minutos, que José Leudo resbale al entregar un balón en la mitad de la cancha, que Cristian Bonilla puñetee hacia el centro o que Sebastián Pérez caiga de golpe en el gemelo del rival por tratar de quitar un balón. No. Eso no parece importarle demasiado a Restrepo. Porque el mérito más grande, el verdadero y único secreto de esta selección, es que nunca se rinde. Doblega las limitaciones e intenta vencer, a pesar de los errores se repone y avanza como tropa militar.

Ese ímpetu, precisamente, es el reflejo fiel de la personalidad de Carlos El Piscis Restrepo. En su adolescencia, el antioqueño oficiaba como vendedor del taller de artículos de vivero de su padre Óscar: agotaba hasta la última palabra de su discurso para conseguir una venta. Por ese tiempo también compraba telas: confeccionaba unas 100 copias de camisetas tipo polo y las vendía a sus amigos de la Universidad Jaime Isaza Cadavid de Medellín, donde estudió tecnología del deporte. “Es que yo era un negociante bien entrador, mi objetivo era tener unos centavitos en el bolsillo para comprar mis cosas”, dice entre risas.

“Alcanzó a montar hasta una floristería”, asegura su hermano menor Jorge Hernán, periodista deportivo en Medellín. “Carlos se le medía a todo. En sus negocios arriesgaba mucho, parecía turco. Hacía hasta lo imposible para salir adelante. Así es él en todo”.

Además, El Piscis, el tercero de los hermanos Restrepo Isaza, alternaba estos oficios con el fútbol que practicaba en las selecciones de Antioquia, en las que oficiaba como volante 10. Y, por último, combinaba todo lo anterior con la dirigencia técnica de la categoría cuarta del Colegio Calasanz (de donde se graduó como bachiller). En ese trabajo prematuro su única meta era no decepcionar a Óscar Vásquez, entrenador de cuatro categorías de ese colegio, quien hace 34 años le permitió entrenar el cuarto equipo. Allí, de 16 años, dirigía a Andrés, el hermano menor de su amigo Santiago Escobar Saldarriaga. Tiempo atrás los tres se colaban por un roto de la tribuna sur del Atanasio Girardot para ver a Atlético Nacional y, luego de esa complicidad, Andrés y Carlos pasaron a ser alumno-técnico. Y por muy joven que fuera —y se viera— El Piscis persuadía con su oratoria de demagogo, tanto que convenció a Andrés Escobar de que dejara el puesto de volante y se convirtiera en defensor central.

Lo volvió defensa porque Restrepo hacía todo por ganar. De hecho, salió campeón con su primer equipo de cuarta categoría y allí emergió como técnico en proyección, inspirado en la filosofía del argentino César Luis Menotti.

En la dirigencia de la selección plasma todos sus valores de pícaro en el pizarrón del camerino y, al mismo tiempo, de perseverante. Un día antes de viajar a Argentina, su muñeca derecha se lastimó al tratar de atajar el carro del mercado que se deslizaba por una rampa, pero durante el Suramericano, con o sin la férula, manotea, ordena y busca salidas de escape. “Ha sido necesario tener muchas alternativas, porque vinimos a jugar nueve partidos en 23 días. Hemos tenido problemas físicos, de confianza, emocionales. Por eso hemos cambiado, siempre hemos tenido variantes a pesar de los malos momentos”, dice Carlos El Piscis Restrepo desde el hotel en Mendoza, Argentina.

“Eso hace que aún sin que el equipo juegue muy bien hayamos obtenido resultados. Y eso es meritorio, porque este torneo no está diseñado para escuadras regulares y hemos ganado más que perdido. Para conseguir eso hay que ser muy recursivos”.

En la cancha, el representante más obediente de ese mensaje es Juan Fernando Quintero. El volante del Pescara italiano retrocede hasta la zona de contención para lanzar balones al vacío, cambia de frente y de ritmo, engancha hacia dentro, dribla hacia fuera, insinúa paredes con el 9 de turno, patea con el más mínimo espacio concedido. “Por su forma de jugar y por la experiencia, pensaba que Juan no iba a ser muy solidario, porque compite a otro nivel. Pero se adaptó perfectamente con todos. Él es extraordinario, pensante. Tiene todas las virtudes del jugador diferente”. Quintero es sin duda el agente estético de esta selección y al mismo tiempo un golpe a la rusticidad de sus compañeros.

Ganar y no enamorar es un capítulo repetido en su historia como técnico. El equipo Sub-20 en el Suramericano de Medellín en 1992 que él dirigía le costaba anotar, durante el torneo ese plantel llegó a completar 270 minutos sin marcar y el delantero Leonardo Fabio Moreno sólo hizo un gol. El arquero Daniel Vélez —al igual que Cristian Bonilla ahora— evitó tantos goles como la defensa cometió errores. Al final, el equipo obtuvo el último de tres cupos, pero quien dirigió en el Mundial de Australia en el 93 fue el vallecaucano Reinaldo Rueda, por diferencias entre Restrepo y Juan José Bellini, entonces presidente de la Colfútbol.

“No puedo comparar esos dos grupos, eran tiempos diferentes. Y pienso que esta es una selección muy rica, con jugadores excepcionales, por eso hay con qué ser campeones hoy. Y tendremos más tiempo de aquí al Mundial para trabajar mejor, entendernos más”, argumenta el antioqueño de 51 años. Si la vida le permite dirigir en Turquía, tendrá más tiempo para que su equipo incluso lo enamore a él.

Pero el resultado es lo que vale. Ese es por ahora su argumento de batalla.

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