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Opinión | Lun, 02/04/2013 - 23:00

Tolerar no es promover

Por: Daniel Pacheco | Elespectador.com

El éxtasis no es adictivo. Su consumo esporádico no genera “impedimentos cognitivos”. Eso es lo que dice la ciencia al respecto de la, por estos días, polémica sustancia. Lo afirma un estudio de 2011, de la Universidad de Harvard, publicado en la revista especializada Adiction.

La preocupación de los padres de familia, de los periodistas, y de los políticos sobre la inclusión de las mal llamadas “drogas sintéticas” en la lista de sustancias protegidas por la dosis mínima no es racional, no está basada en hechos. Sobre todo, porque en esa lista, que el Ministerio hace bien en intentar actualizar y corregir, ya está hace más de 30 años despenalizado el basuco, uno de los derivados más destructivos de la hoja de coca. Sobre las drogas reinan más los miedos que las consecuencias reales de sus efectos, y los mitos que las decisiones pragmáticas. Si yo fuera un padre de familia estaría mucho más tranquilo sabiendo que mi hija no puede ser enviada a la cárcel por andar cargando una pepa en el bolsillo.

Para aclarar el debate, Rodrigo Uprimny escribió una excelente columna el domingo. En ella desenreda muy bien las diferencias de entre despenalizar, penalizar, regular y legalizar.

Sin embargo, ni los matices jurídicos, ni los estudios científicos logran siempre aterrizar lo que hay detrás del problema para debatir cuerdamente sobre drogas. Suena muy bien hablar de salud pública, pero más allá del campo técnico el término no le dice nada al 85 por ciento de quienes lo escuchan.

Y creo que el problema está en una falta de candor de los promotores del enfoques alternativos a la prohibición total. Es entendible, ningún político quiere salir a decirle a la sociedad: “Vamos a tolerar el consumo de drogas”. Pero eso es lo que, tarde o temprano, tendrá que ser entendido.

Vamos a tolerar el consumo de drogas, porque en su mayoría es ocasional y no lleva a la adicción. Incluso en sustancias hiperadictivas como el basuco o la heroína inyectada, según expertos como Mark Kleinman, sólo el 30 por ciento desarrolla un consumo problemático. Para las drogas sintéticas y la marihuana, la cifra es de 1 entre 10 consumidores. El resto, la gran mayoría, son los Santos, los Samperes, los Obamas, para solo hablar de los conocidos. Son los cientos de miles que probaron en su juventud y superaron la droga, y a los que hay que separar de los adictos que sí necesitan ayuda.

La preocupación de los sectores conservadores es acerca del mensaje que esto manda. Ellos temen que un Estado “permisivo” haga que explote el consumo. Y es una preocupación entendible, más allá de estar basada en una desconfianza católica del individuo, que nace untado del pecado original.

Pero es un miedo, que cuando llegue el momento, la sociedad tiene que lograr enfrentar. Porque lo otro ya lo probamos y no funciona como una política pública, por razones que cien veces se han repetido. Si insisten en conservar la penalización de las drogas, está bien, pero que se quede en sus familias con sus rejos.

 

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