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Opinión | Mar, 02/05/2013 - 23:00

Un rey cansado

Por: Pascual Gaviria | Elespectador.com

El anciano camina como si todavía cargara el morral que lo convirtió en leyenda. Luego de seis años de reclusión en la sombra de sus palacios ha decidido salir a participar en la ceremonia que cada tanto elige al comité de súbditos. Se ha corrido la voz de su aparición. La gente lo mira con una sonrisa.

Los niños que hacen de testigos de la ceremonia lo miran aterrados. Es como si conocieran en persona a Colón o a Bolívar. Es el mismo señor de todas las cartillas: el padre fundador. El hombrón encorvado suelta sus preguntas: “cómo te llamas, cuántos años tienes”. Los niños responden sin acercarse a sus orejas inmensas. Un periodista tembloroso pide que la esfinge les deje un mensaje a los jóvenes, hay que insistir, puede ser la última oportunidad: “Sólo dígales que les tengo mucha envidia”, dice el octogenario mostrando una sonrisa picada.

Cuba vive bajo el espejismo de un pasado remoto que es a la vez su presente. Los museos, las calles, los afiches, los programas de historia en televisión y los periódicos veneran a los autores de unas gestas cincuentenarias que son los mismos que hoy firman los decretos para entregar el arroz con piedras, posibilitar el pasaporte y restringir el acceso a internet. Es normal que los países arrastren las taras de sus partidos y dirigentes históricos, que la visita a la prensa apolillada que se guarda en las bibliotecas entregue de vez en cuando las lecciones del estancamiento y las recaídas. Pero Cuba no necesita mirar la prensa vieja. Ni la nueva. Sólo puede ver los cambios en la deformación física de sus héroes. No sólo es la monotonía de los hechos sino de los discursos. El 78% de quienes resultaron elegidos para representar al partido comunista en la Asamblea Nacional nacieron después de 1959, se criaron bajo los comités de defensa de la Revolución y se acostumbraron a venerar a un líder que cada vez se parece más a una estatua parlante.

Dicen que el anciano, luciendo una camisa de cuadros y una chaqueta con un cocodrilo abriendo sus fauces hacia Miami, dedicó hora y media a una charla con los periodistas. Pero se trataba en realidad de la exhibición de un fenómeno. Un viejo convertido en un niño que muestra sus gracias al hablar y al escribir. Como si dijeran, tan pequeño y lo recuerda todo, y ya sabe que los teléfonos celulares graban, que hay naves en Marte y que el hombre tiene más años en la Tierra de lo que se creía. Al final de la lección le podrían haber anudado el trapo rojo en el cuello.

Pero los niños superdotados también son ricos en desvaríos y alucinaciones. Cuando le preguntaron por su súbdito más fiel y poderoso, el viejo se puso serio, ceremonioso como ameritaba la ocasión, y soltó una frase para las letras de bronce: “Sólo un hombre en la historia se hizo famoso por llevar adelante grandes campañas militares, pero para liberar pueblos. Ese hombre fue Bolívar. Bolívar, pero también Martí y Chávez, han sido muy importantes para América Latina”. Sus barbas y sus viejas cóleras me recordaron al rey Lear y la sentencia de una de sus hijas: “Ahora, por mi vida, estos necios ancianos se vuelven niños. Y debe tratárselos con reprimendas a título de caricias, cuando se ve que abusan”.

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