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Opinión | Dom, 02/10/2013 - 23:00

La mala costumbre de contabilizar cadáveres

Por: María Elvira Bonilla | Elespectador.com

IMPRESIONA DEL PRESIDENTE URIbe lo monotemático que es en su cuenta de Twitter. Retuitea todas las columnas críticas del gobierno Santos en temas de seguridad y contabiliza obsesivamente los ataques de la guerrilla. Asumió como notario el conflicto colombiano, con su inventario diario de golpes guerrilleros y muy especialmente del número de muertos, en una macabra tarea de conteo de cadáveres. Cifras que son presentadas desnudas y descontextualizadas.

Sus fuentes son de todas las condiciones, sin verificación alguna: medios de comunicación nacionales o regionales, versiones de finqueros y de víctimas de extorsión o información de miembros de las Fuerzas Militares donde conserva muchos seguidores quienes, posiblemente, le apuestan como él al fracaso de los diálogos con las Farc para que se restablezca el enorme poder que tuvieron en su gobierno. Además de golpear a Santos busca probar que, como dijo en un discurso en el barrio El Codito de Bogotá, el presidente volvió tortilla los tres huevitos que le había encomendado cuidar y le entregó “al gavilán”, el de la seguridad.

Busca minar la confianza ciudadana en el naciente proceso de paz. Producir miedo e inseguridad, una estrategia que aplicó en su presidencia, y con ello generar una reacción elemental e irreflexiva de zozobra para que la gente busque protección del uniforme y el fusil.

La presión que ejerció su gobierno sobre las Fuerzas Militares para producir resultados a cualquier precio, cuando a cada batallón se le preguntaba sólo por la cantidad de muertos, el conteo de cadáveres, produjo la peor deformación imaginable de la política de seguridad democrática: los falsos positivos. Se le autorizaban ascensos y prebendas a la tropa con un criterio netamente cuantitativo, guiado por el número de “positivos” reportados. Un comportamiento que contagió incluso a coroneles, como Luis Fernando Borja, el comandante de las Fuerzas de Tarea Conjunta de Sucre, quien confesó haber ordenado el asesinato de 57 jóvenes campesinos inocentes para conseguir el reconocimiento de sus superiores y no perder el mando. Así lo relató, condenado a 40 años de cárcel, cuando explicó su actuación criminal como respuesta a la orden impartida por el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, en un consejo extraordinario de seguridad en el aeropuerto Las Brujas, de Corozal, con las autoridades civiles y militares de Sucre, en abril de 2007, de producir resultados cuantitativos y medibles. Su declaración forma parte del espeluznante expediente que reposa en el Juzgado Único Especializado de Sincelejo, donde cuenta los pormenores de acciones extrajudiciales con las que lograban multiplicar los “muertos en combate”, así fuera vistiendo de guerrilleros cadáveres de inocentes.

El influyente expresidente Uribe puede generar, con su inventario cotidiano de muertos, graves equívocos y una nociva confusión sobre la realidad de los hechos de inseguridad, cuando lo que se requiere es un debate de ideas alrededor de la negociación con la guerrilla y no alimentar con emocionalidad el miedo ciudadano, siempre latente, acompañado del espíritu guerrerista, que ha demostrado ser de poca utilidad para superar el conflicto colombiano. Una urgencia frente a la que nadie puede seguir ciego.

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