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Opinión | Lun, 02/11/2013 - 23:00

El poder devastador del desencanto

Por: Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

El entusiasmo ciudadano por las causas comunes es parte del patrimonio de las naciones, y cuando resulta golpeado por las fallas de los gobernantes se puede convertir en un peligroso elemento de deterioro del bienestar colectivo.

De ahí que una responsabilidad fundamental de los líderes de cualquier gobierno sea la de mantener ese entusiasmo a través de los medios más transparentes. Si permiten su deterioro, no solamente pueden dar al traste con su administración, sino con valores más trascendentales, como el de la confianza, que cuando desaparecen son difíciles de recuperar.

Las denuncias que se han hecho públicas en España sobre posibles malos manejos y reparto indebido de dineros entre miembros de la cúpula de uno de los grandes partidos políticos de la era democrática, hoy en el poder, deja a buena parte de la sociedad española sumida por lo menos en la duda sobre las calidades de sus actuales gobernantes y de su clase política. Y la situación se hace aún más grave cuando, a pesar del clamor de la mayoría de los ciudadanos, y aún de los militantes de su propio partido, la Ministra de Sanidad permanece en su cargo aunque subsiste la falta de claridad sobre su posible relación con un sonado escándalo que involucró a su ex marido. El efecto de todo esto sobre la sociedad española es acumulativo, porque los ciudadanos hacen de inmediato memoria de incidentes de corrupción que han involucrado a militantes de otras agrupaciones y hasta a personas relacionadas con la familia real.

Entretanto, en Alemania, la Ministra de Educación ha tenido que dimitir cuando la universidad que alguna vez le confirió un doctorado no vaciló en despojarla del mismo al comprobar que su contenido había sido plagiado en proporciones importantes. Pero no es la primera vez que sucede algo de esa índole, pues un ministro de la defensa del mismo gobierno, entonces la estrella del gabinete y posible sucesor de la Canciller, tuvo que dimitir por haberse comprobado que plagió parte sustancial del contenido de su tesis doctoral.

Resulta apenas explicable que estos hechos afecten a los gobernantes de turno, que no han sido suficientemente contundentes a la hora de manejar la respectiva situación, aunque existe una diferencia a favor de los alemanes, porque aquellos funcionarios sobre quienes pesan las acusaciones están más prestos a dejar el cargo para no comprometer la marcha ni el prestigio del gobierno del que han formado parte. Algo bien apreciable, que marca una clara diferencia con los de países de otro talante, donde la posibilidad de dimitir siempre es remota y en muchos casos no se llega a dar, con la disculpa de que la presunción de inocencia está por encima de la protección de los bienes comunitarios de la transparencia y la ausencia de dudas sobre la conducta de los funcionarios.

El aparente intangible del entusiasmo ciudadano por la marcha de los procesos de la vida pública termina siendo de tanta importancia que, en muchos casos, se ha convertido en el salvador de naciones enteras, cuando precisamente a punta del enardecimiento de las ganas de salir adelante se han producido milagros de recuperación, luego de catástrofes generalizadas como las que han significado las guerras.

El descuido de la confianza pública, o la creencia de que pueda subsistir a pesar de la evidencia de problemas que no se resuelven y de situaciones que no se explican bien, puede dar paso a la propagación de la perplejidad, que a su vez abre el camino al desencanto, al descontento y al rechazo contra ese sistema que no es capaz de producir respuestas firmes e idóneas para recuperar la confianza colectiva como valor de la sociedad.

La indignación ciudadana contra la clase política parece encontrar en diferentes países tantos elementos comunes que, poco a poco, se va formando una especie de “internacional ciudadana” dispuesta a convertirse en fuerza colectiva que puede dar al traste con gobiernos y sistemas que desestimen su fuerza y no se den cuenta a tiempo de la importancia del ánimo como motor del progreso y del bienestar de la sociedad. Las advertencias surgen por todos lados, pero las respuestas adecuadas no.

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