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Opinión | Lun, 02/11/2013 - 23:00

Bendita sea tu pureza

Por: Aura Lucía Mera | Elespectador.com

No sé por qué la melodía de esta letanía a la Virgen me fue invadiendo el cerebro cuando leía la crónica de El Tiempo sobre la fastuosa boda de la hija del reverendo procurador.

Recordé cuando en el colegio, durante todos los días, nos obligaron a llegar sin desayunar para iniciar el día escolar, primaria y secundaria, con la comunión, guantes y misal en mano. El humo del incienso me hacía ver cosas raras. Cuando me acercaba, con las manos empapadas de sudor, no sabía si al sacar la lengua y recibir el cuerpo de Cristo me estaba condenando o era elegida al participar en el coro de querubines y serafines. Como se me quedaba siempre la hostia al paladar y sentía un mal aliento instantáneo, sabía que por más que me arrodillara durante el resto de la misa, yo estaba condenada a la paila eterna.

Recuerdo esas ceremonias en latín, donde repetíamos sin entender nada. La elevación del cáliz era otro trance. Había que caer de rodillas súbitamente sobre las tablas de madera, a rótula partida, y bajar la cabeza al sonido de una campanilla. Era prohibido alzar los ojos mientras el capellán del colegio siseaba unas palabras ininteligibles, haciendo ruidos de “eses” repetitivas. Alzar los ojos era pecado. Era prohibido tratar de ver elevarse el cuerpo de Cristo al cielo, primero en forma de sangre y luego en forma de carne. Mi curiosidad podía más, y como ya me sabía destinada a la paila eterna, siempre miraba. Un señor gordo, de espaldas, revestido de oro, haciendo genulfexiones, teniendo mucho trabajo para volver a ponerse de pie y luego estirando los brazos lo más alto que podía para elevar una copa dorada y luego una oblea blanca, se la repartía después a todas las alumnas. Jamás pude ver el cuerpo ni la sangre de ese Cristo a quien yo amaba y temía. Al otro día, antes de la misa, tenía que confesarme de haber irrespetado el Cuerpo del Señor.

También recuerdo la fuerza con la que golpeaba mi pecho cuando tocaba decir “mea culpa mea culpa mea maxima culpa”. Si hubiera tenido un guante de boxeo me taladro. Estaba convencida de que entre más fuerte me pegara, más me iba a perdonar ese Dios terrible que nada tenía que ver con el revolucionario amable siempre vestido con una túnica que crecía al mismo tiempo que él y que no había que lavar ni planchar. Ese personaje de los evangelios, que adoraba a los pobres, era amigo de sus amigos y amigas, bebía vino en los matrimonios, le daba látigo a los mercachifles y altos jerarcas del templo. El Señor de pelo largo y mirada dulce, que era pobre, humilde y tocaba a los leprosos sin asco. Ese no tenía nada que ver con el de la Misa encerrado en una copa y una oblea.

En fin, tardé más de 30 años en descubrir que Jesús, el mío, no tiene nada que ver con el de las sotanas de oro. Tardé en descubrir al que siente amor por todos, al que nos enseña a perdonar y a no juzgar. Años de matrimonios fracasados, suicidios, relaciones extrañas, odio a Dios, terrores escalofriantes. En fin, no sé por qué se me vino todo a la cabeza después de ver ese altar relleno de pan de oro, esas luces, esa imagen de una pareja de espaldas, ese derroche de poder eclesiástico y político. No sé. Afortunadamente estoy en la otra orilla. Y vivo en paz.

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