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Opinión | Lun, 02/11/2013 - 23:00

Cartas de los lectores

Por: Cartas de los lectores | Elespectador.com

No pretendo mediar entre los comentarios vertidos por la poeta Piedad Bonnett y la columnista Tatiana Acevedo en El Espectador sobre los centros comerciales.

Sobre todo porque no considero que las dos posiciones sean mutuamente excluyentes. Sólo espero aportar nuevas palabras sobre este fenómeno.

Como lo han señalado ellas, los centros comerciales se han convertido en los núcleos contemporáneos en donde se congregan las comunidades urbanas. Independientemente de nuestra opinión sobre los centros comerciales, debemos reconocerlos como otra manifestación del deseo del hombre de seguir viviendo y comerciando en comunidad.

Ahora bien, para quienes valoramos el aire, no deja de ser una tragedia que las antiguas plazas y parques vayan desocupándose. No quiere decir que todo pasado fue mejor y que cierta idealización nos impida ver que a cualquier espacio copado por el ser humano se han trasladado sus diferencias. Debemos reconocer que la capacidad de compra ha sido una constante para ingresar a los viejos y nuevos espacios de interacción. Pero vamos al centro comercial.

Esa mol de concreto suena igual al mall, nombre que en EE.UU. y otros países identifica a los centros comerciales. Su concepto es simple: ofrecer en un mismo espacio una variedad de posibilidades de comercio que les permiten a los grupos sociales solventar sus necesidades. Pero el fenómeno no sólo se explica por el intercambio de bienes, mercancías y servicios por dinero, o el impulso arribista de ver las vitrinas de las grandes marcas. Hay varios motivos que explican el fenómeno.

El cambio climático juega un papel importante. Hay sitios del mundo en donde en ciertas temporadas del año y ante las temperaturas extremas, bien sea por el invierno o por el verano asfixiante, surgen como única alternativa 

Hay otros lugares en donde la ausencia de espacios públicos obliga al ciudadano a buscar el sitio en el cual pueda tener contacto con sus congéneres.

Que la historia es circular, ya no me cabe duda. Los hombres empezaron a reunirse en las cuevas. Nuevamente nos reunimos entre muros más sofisticados, con vidrio, metal y luces de colores de por medio, pero el sentido es el mismo.

En Colombia convivimos y tenemos a mano, afortunadamente, todas las posibilidades de agruparnos social y comercialmente.

Serán los centros comerciales la última invención social o vendrán nuevas cosas, lo ignoramos. Ahora bien, tengo entendido que José Saramago escribió un manifiesto contra la globalización y el consumismo llamado, precisamente, La caverna, lo que me deja sin más argumentos.

Dixon Medellín. Bogotá.

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