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Buen Viaje VIP | Mar, 02/12/2013 - 20:57

La ciudad literaria

Por: Sergio Silva Numa

La capital irlandesa es una de las ciudades que más han producido excepcionales escritores. Wilde, Yeats, Joyce y Beckett están entre los más destacados.

La atmósfera es diferente. Son tierras extrañas que, pese a sus sórdidas y lúgubres esquinas, conservan en el aire partículas de fantasía. Pisarlas, tal vez, es sentir —como muchos lo han sentido— un extraño asombro, una seductora fascinación. Es justo eso —dicen— lo que produce Dublín.

La explicación de ese encanto parece simple: allí, en ese lejano lugar al que llegaron rubios y feroces vikingos hace casi veinte siglos, nacieron inolvidables maestros, verdaderos genios que con agudas palabras aturdieron al mundo entero; aturdieron a millones de personas que los leyeron con ansias, entusiasmo y fervor.

La culpa es de esos vikingos que ascendieron por las aguas del río Liffey provenientes de la remota Escandinavia. Todo comenzó en Dubh Linn, como la llamaron en principio. Ellos, altísimos y bárbaros, sin pretenderlo, iniciaron con el Beowulf, aquel poema de intensas sagas nórdicas, una extensa tradición literaria que siguieron con prodigiosa lucidez Swift, Wilde, Shaw (Nobel 1925), Beckett (Nobel 1969), Joyce y Yeats (Nobel 1923).

Gracias a ellos, que fueron los culpables de que hace unos lustros la Unesco la nombrara Ciudad de la Literatura, la capital irlandesa, que aún conserva vestigios de bases militares y huellas de un comercio marítimo que no dejó de lado sumisos esclavos, está hoy repleta de recuerdos. Muchos rincones evocan las palabras que conquistaron varios premios Nobel y que cautivaron a miles de lectores. Basta con tropezarse con alguna placa que rememora frases del complejo Ulises o con alguna efigie de Oscar Wilde que evade, como su afamado retrato, el paso del tiempo y del olvido.

Para que eso no suceda, para eludir los años y la inexorable fragilidad de la memoria, los dublineses se han encargado de conservar muchos de los lugares que reviven las obras de sus fascinantes escritores. El Teatro Abbey, por ejemplo, fundado por W.B. Yeats en 1899 y que sería el gran impulso para componer los admirables versos que lo condujeron a ganar el Nobel en 1923, aún sobrevive a los influjos de la modernidad.

Varias de esas nuevas estructuras han transformando paulatinamente la urbe y han deshecho el pasado, muchas también se han construido para que el nombre de esos personajes perdure para siempre: puentes como el Samuel Beckett, el Museo de Escritores o el Centro James Joyce con sus concurridas tertulias y conferencias, son la más clara evidencia de ello.

Sin embargo, más allá de las construcciones, de las fotografías en los concurridos pubs, de las estatuas y los bustos esparcidos por las calles y que pretenden ser la mejor cura para el olvido, los que más han batallado para sobrevivir a esa ineludible enfermedad son, sin duda, los mismos escritores. Sus obras, además de mostrarnos lo que se esconde tras los muros de Dublín, tratan de rescatar una cultura irlandesa que tuvo que enfrentar durante varios siglos el peso de la colonización inglesa. Tal vez por eso, por tan inmenso y acertado esfuerzo, es que los habitantes aún los albergan en su recuerdo.

Yeats, por ejemplo, fue capaz de trasladar a todo un pueblo al asombroso mundo de las leyendas celtas y de mostrarle una maravillosa narrativa ancestral. Sin embargo, como muchos de ellos, no dejó de lado las punzantes críticas al sistema y a la agobiante situación irlandesa (También tuvimos de jóvenes bellos juguetes:/ una ley ciega a acusaciones y alabanzas,/ soborno y amenaza).

Joyce, el gran emblema de esa ciudad que apenas supera el millón de habitantes, también causó admiración con sus agudos relatos. Ya en una ocasión había confesado a su editor uno de los motivos de Dublineses: “quise escribir un capítulo de la historia moral de mi país, y escogí Dublín como escenario, porque esa ciudad me parece el centro de la parálisis”.

Quizás por ese valioso intento de luchar contra los males de la memoria es que estos personajes todavía se alzan vigorosos sobre esquinas y parques. Quizás debido a su ingenio es que muchas de las tradiciones celtas sobreviven a la devastadora globalización. Y para saber cuál ha sido su estrategia basta con pisar esas lejanas tierras; o, por lo menos, con visitar las páginas que no dejarán nunca de impresionar.

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