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Opinión | Mie, 02/20/2013 - 23:00

De aerolitos y meteoritos

Por: José Fernando Isaza | Elespectador.com

Al tiempo que el asteroide DA14 pasó a sólo 27.000 km de la Tierra, un aerolito impactó en el lago de Cheborkul, cercano a la ciudad rusa de Chelyabinsk. La rotura de vidrios causó 1.000 heridos.

Por su tamaño de 10 toneladas era casi imposible detectarlo. El DA14, que tiene un diámetro de 45 metros y masa de 13.000 toneladas, fue localizado en el 2012 por astrónomos aficionados. La distancia de su acercamiento a la Tierra fue menor que la de los satélites geoestacionarios.

Anualmente atraviesan la atmósfera terrestre aerolitos similares al que cayó en Rusia.

Muy conocido es el asteroide que cayó en Tunguska, Siberia, en 1908, que quemó la vegetación en un área de 1.200 km cuadrados. El efecto fue similar a la explosión de 300 bombas atómicas como la lanzada en Hiroshima.

Eventos similares ocurren en promedio cada siglo. Las consecuencias del choque varían según la composición del asteroide. Hace 50.000 años, en Arizona, un cuerpo de 30 metros de largo creo un cráter de 1,2 km de diámetro. Era metálico.

Hace 65 millones de años, un objeto celeste de 10 a 20 km de diámetro impacto la península de Yucatán, la onda explosiva levantó una nube de polvo que modificó la temperatura de la Tierra y disminuyó la capacidad de fotosíntesis, y extinguió a los dinosaurios.

Aunque se estiman en un millón los objetos celestes que pasan cerca de la atmósfera, se calcula que sólo 10 tienen un tamaño superior a los 10 kilómetros. La frecuencia de impacto de éstos es de 100 millones de años. El problema es que los asteroides de más de un kilómetro que choquen con la Tierra pueden poner en riesgo la civilización. De este tamaño hay miles; es posible detectarlos con algunos años de anticipación. Se están estudiando técnicas para reducir la probabilidad de choque con el planeta.

Las propuestas de utilizar bombas atómicas para destruirlos tienen hoy poca acogida. Por la conservación del momento lineal, los fragmentos caerían a la Tierra, y puede crearse además una velocidad adicional en las partes que haría que la energía de la bomba se convierta parcialmente en mayor energía de movimiento. Un efecto positivo es que los fragmentos tienen mayor área que el aerolito y se desintegran en mayor grado en la atmósfera; si es metálico el efecto de la atmósfera es bajo, y al final el daño puede ser mayor.

Se trabaja en sistemas menos destructivos. Si el cuerpo celeste se detecta con meses de anticipación y las medidas de órbita hacen temer un choque, se podría modificar la órbita para desviarla y así evitar la colisión. Ideas como la de enviar misiles sin cabezas atómicas, con combustible nuclear, que al ejercer un empuje durante varios meses alterarían la órbita. Se piensa también en el empleo de “velas solares”, para que el “viento solar”, radiación lumínica o explosiones de su atmósfera, cambien el rumbo del asteroide; la idea surge de la observación del cambio de dirección de la cola de los cometas. Pinturas reflectivas incrementan el efecto de los fotones solares sobre la superficie; el empuje, aunque pequeño, por su duración permite cambiar la dirección del desplazamiento, evitando el choque con la superficie.

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