ELESPECTADOR.COMImprimir

Opinión | Sab, 02/23/2013 - 21:00

Once años menos un año

Por: Alfredo Molano Bravo | Elespectador.com

O SEA, DIEZ AÑOS HABLANDO POR BOca de los fusiles.

Y nada. Ni para un lado ni para el otro. Uribe anunció que en cosa de dos años las Farc serían historia. Y no sólo el fanático personaje, sino también Gaviria y Barco dijeron lo mismo. Por lo que hemos visto después de la tregua unilateral que decretaron las Farc, su rendición o aniquilamiento está lejos. Baste leer a otro fanático de la guerra, el señor Fernando Londoño, para entender que la tesis del acorralamiento en la periferia de la subversión no pasa de ser una consigna electoral o una demanda presupuestal para consolidar una presunta victoria de la causa. 

Sería una tragedia que se necesite otra década de sangre para volver a plantear lo mismo: es necesario “sentarnos a conversar”. Hasta donde se puede saber e intuir, las cosas en La Habana van bien: en cuestión de tierras habrá pronto un acuerdo y no se podrá pasar en silencio. Resuelto ese punto, el tema de los cultivos ilícitos será menos tortuoso porque, al fin y al cabo, la coca no es más que el nombre actual del problema agrario. Vendrá luego el trecho culebrero, la minería; un asunto que en el Caguán ni siquiera se planteó.

Del Caguán, ahora cuando se cumplen 10 años de la decisión de Pastrana de cerrar la puerta tras el secuestro del senador Géchem y de las reiteradas denuncias de los militares de convertir la zona despejada en una gran cueva de Rolando, es necesario recordar lo que dijo el expresidente hace unos pocos días: “La orden por escrito que le di a él (general Mora) fue: nadie entra y nadie sale. Si hubo actos ilegales en la zona de distensión fue porque el comandante del Ejército incumplió esa orden que yo le di”. La zona de distensión en realidad estaba anillada por los paramilitares y ese hecho no permitió ningún desarrollo de la agenda. Fue durante ese gobierno cuando, según el exmandatario, entraron por Urabá 10.000 fusiles para las Auc en los barcos de una de las compañías exportadoras de banano. La mesa de negociaciones fue literalmente sitiada por los paramilitares.

La sombra que hoy ronda es el fortalecimiento de las mal llamadas “bandas criminales”, como si fueran muchas y actuaran cada cual por su lado. Lo que hoy se ve, y cada día se verá más claro, es que tienen un mando central y que cumplen una doble misión: exportar coca y poner en cuestión la mesa. Los Urabeños han avanzado desde Urabá; para ser más exactos, desde Necoclí, hasta Puerto Estrella en La Guajira, y desde el Caribe hasta el Magdalena Medio. Es decir, donde las Auc eran fuertes. Al Gobierno una tregua bilateral le convendría por la simple razón de permitirle hacer una sola guerra y derrotar a los paramilitares antes de que ellos acaben con la mesa. No tengo dudas de que Camilo Gómez, el excomisionado de Paz de Pastrana, piensa que sin tregua no puede a la larga funcionar la mesa, por esa sencilla y contundente razón.

Si Santos está de verdad jugándosela por la paz, como dice su hermano, no le cabe carta distinta a negociar una tregua que bien podría comenzar por hacer cumplir el Derecho Internacional Humanitario a cabalidad. El Gobierno no puede resistir a Los Urabeños en el campo, a Uribe en el Senado y sostener a la vez la mesa en La Habana. El problema, hoy como ayer, consiste en ponerle el cascabel al gato.

Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/opinion/once-anos-menos-un-ano-columna-406489