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Opinión | Dom, 02/24/2013 - 23:00

Somos Pacífico

Por: María Elvira Bonilla | Elespectador.com

Portero grande es uno de los sectores más duros de Cali, donde mueren cotidianamente muchachos en “guerras bobas” entre pandillas por transgredir las fronteras invisibles del barrio; por el robo de un tenis o un celular; grescas por los resultados de un partido de fútbol, de cualquier cosa, rivalidades amorosas o un arrebato callejero que termina en cuchilladas o a tiros.

Las autoridades le temen y lo rondan, pero no lo asumen. Pero también es un barrio lleno de fuerza y vida, de creatividad y alegría que terminan enterradas en la estigmatización.

Es un barrio de negros expulsados por la pobreza de la Costa Pacífica. Cuentan los jóvenes que vivir allí es suficiente argumento para que le cierren sin consideración alguna las puertas de cualquier opción laboral, así sea en el rebusque y la informalidad. Cuentan también que cuando entran a algún almacén de cadena, automáticamente quedan cubiertos por un manto de sospecha que atrae a los agresivos vigilantes armados. Sensaciones horribles de discriminación que hacen además que los taxistas no acepten carreras para esa ruta y que los buses prefieran moverse por la periferia. Potrero Grande es hoy sinónimo de amenaza, peligro y desesperanza.

Y esa fatalidad quiere contribuir a romperla el Centro Tecnocultural Somos Pacífico, que se inaugura hoy en Cali. Un proyecto que quiere convertirse en una alternativa de preparación para una mejor vida de las 5.000 familias del sector y 100.000 personas en la Comuna 21, igualmente deprimidas. Con una inversión cercana a los $8.000 millones, producto de una alianza público-privada, la construcción y dotación del complejo cultural y tecnológico compiten con las de los mejores del país. La Fundación Alvar Alice, que conduce con una energía imbatible María Eugenia Garcés, un ejemplo de filantropía en el verdadero sentido de la palabra, apoyada por Confandi, múltiples empresas del Valle del Cauca, la Alcaldía de Cali y el gobierno nacional, concluyó este esfuerzo que es una puerta al futuro, donde se enseñarán música, inglés, técnicas digitales, diseño, danza, culinaria y, sobre todo, a convivir en paz.

Su nombre, Somos Pacífico, muestra la sintonía del proyecto con la realidad de la ciudad. Son más de un millón los pobladores negros de Cali. Sin embargo, siguen invisibilizados, aislados en guetos urbanos, circunscritos a nueve comunas, sin oportunidades educativas —el 43% es analfabeta, y de cada 100 bachilleres, sólo dos llegan a la universidad— y pobres: un 80% sobrevive con las necesidades básicas insatisfechas. La cuarta parte de las mujeres son empleadas domésticas, sometidas por el machismo y su rol laboral. Realidades duras a las que hay que sumarle su procedencia de lo profundo de la Costa Pacífica, de pueblos tradicionales, ajenos a la modernidad que difícilmente se integran socialmente.

Pero, claramente, Cali no podrá despegar en su proyecto de ciudad sin incluir a esta amplia población, sin tener en cuenta su riqueza cultural y fuerza dinamizadora y creativa, y el Tecnocentro Cultural que cobra vida en Potrero Grande es sin duda la primera gran apuesta, que además empieza por reconocer que, en Cali, somos Pacífico.

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