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Opinión | Mie, 02/27/2013 - 22:00

De cuaresmas y carnavales

Por: Juan David Zuloaga D. | Elespectador.com

Durante siglos se ha dicho que se hacían carnavales para permitirse ciertos goces paganos antes del tiempo de recogimiento que era la Cuaresma, pero cualquiera que haya ido a un carnaval sabe que la Cuaresma es un tiempo de reposo que se inventó para recuperarse de los carnavales.

Unos días ha estuve en el Carnaval de Cádiz. Era una tarde casi primaveral y atlántica. Salí del Puerto de Santa María en un hermoso paseo que bordeando la bahía hace el tren hasta Cádiz. Pasa por Puerto Real y San Fernando, y hay un trecho en el que a diestra y siniestra se ve el mar; el Atlántico a izquierda, la Bahía de Cádiz a derecha. En sordo embate arremeten las olas a izquierda, tranquilo aguarda el mar a derecha, un mar azulado con destellos glaucos a uno y otro lado del tren.

Hubiérase dicho un marco insuperable si no fuera porque en la estación de tren nos esperaban, a Esteban y a mí, tres mujeres, andaluzas, hermosas —Sara, Elena, Mariló— que, disfrazadas para la ocasión, nos acompañaron toda la memorable jornada.

De todos los carnavales de que tengo noticia, el de Cádiz me parece el más hermoso, porque el eje no es el baile sino la palabra. Comienza el carnaval con la coronación de las agrupaciones en el Gran Teatro Falla y con el pregón al día siguiente. De altísima calidad literaria, las letras están escritas por poetas de la región, y ejercen la crítica política y la sátira social. Pero también hablan de los temas del arte, que son los de la vida; le cantan al amor o le cantan a la muerte.

Por toda la ciudad se ven las comparsas y las chirigotas, se oyen los coros y los cuartetos. Vestidos de simpatía, deambulan disfrazados y cantando sus coplas y sus coros. Cantan y llevan las palmas, todo en perfecta y flamenca armonía como en una bulería de Chano Lobato. Los ríos de gente callan al paso de cada comparsa y atienden a esos versos populares y sublimes a un tiempo. El carnaval, con su derroche de alegría, es fiel expresión de esas gentes cordiales y generosas del sur.

Ya en la estación se sentía el ambiente festivo de la muy noble, muy leal y muy heroica ciudad de Cádiz, si recuerdan ustedes el lema que leer se puede en el edificio del Ayuntamiento. Iban y venían las gentes, disfrazadas y con una sobria embriaguez para sazonar la tarde festiva y alegre. Pescado fresco y barras de bares había por doquier, además de ventas de toda la parafernalia del carnaval, manzanilla y jerez incluidos. Un moscatel frío y afrutado vino a acompañar los otros licores que teníamos, y los cantes y las palmas llenaban la ciudad. Pasó el día, ágil y ligero; hermoso y memorable. Al final de la noche aún se veían las chirigotas con las voces y las palmas y el tocar de las guitarras, el pizzicar de las bandurrias, el tañer de los laúdes, y aún resonaba el eco de uno de los coros de este año —Ustedes estáis fatá—: gaditano, gaditano, gaditano...

Al volver a la estación de tren para regresar al Puerto de Santa María, con el corazón riente, el espíritu embriagado y el ánimo sosegado, ahora sí preparado para la Cuaresma por venir, una luna tímida besaba el mar. Sé que tanta magia no parece real, pero mi amigo Esteban Flores Gallardo, que estuvo conmigo toda la jornada, no me dejará mentir. Salud.

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