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Opinión | Vie, 03/01/2013 - 23:00

Siervos sin tierra

Por: Gustavo Páez Escobar | Elespectador.com

Al regresar Siervo Joya del ejército se encuentra con la noticia de que su familia ya no posee la tierra que cultivaba.

La guerra entre liberales y conservadores, en la época durante la cual este campesino boyacense desea laborar su propio terruño, hizo insufrible la vida rural del país. En tales días, los gamonales y terratenientes despojaban de los predios a sus legítimos dueños en nombre del partido de turno.

La historia narrada por Eduardo Caballero Calderón en su novela Siervo sin tierra tuvo lugar en los años cincuenta del siglo pasado, años de atroz violencia partidista, y parece escrita para los días actuales. Solo han cambiado los nombres de los usurpadores de la tierra, que ya no son ni los conservadores ni los liberales (hundidos hoy en otros afanes), sino los guerrilleros, los narcotraficantes, los paramilitares y los terratenientes. El problema se agrandó.

Lo que hace el escritor de Tipacoque no es otra cosa que presentar el drama de los campesinos de todas las épocas, víctimas de la barbarie que se enseñorea de los campos, se apodera de los bienes ajenos y siembra el terror y la muerte. Los campesinos son los eternos desposeídos. Los huérfanos de todos los gobiernos y de todos los políticos.

Ahora el tema del día es la reforma agraria. La misma reforma que se intentó hace ochenta años, en el gobierno de López Pumarejo, y que otros gobernantes han pretendido efectuar, siempre con resultados nugatorios. El problema, lejos de resolverse o por lo menos aminorarse, ha echado raíces cada vez más profundas. Tan oscuro es el panorama, que no se conoce a ciencia cierta cuál es el número de desplazados que han salido de los campos para refugiarse en los centros urbanos. Unos hablan de tres millones, otros de cinco. De todas maneras, una realidad lacerante, dramática e insoluble.

Tampoco se conoce la cantidad de tierra usurpada. Millones de hectáreas, por supuesto, que configuran todo un estado de injusticia e insensibilidad social en un territorio feraz –e inexplotado– en el cual los abusos, los atropellos, las impunidades y las desigualdades nos señalan como uno de los países más injustos e inequitativos del mundo. Si en poder del Mono Jojoy se han descubierto quinientas mil hectáreas (muy bien guardadas), puede calcularse la dimensión de estos despojos a lo largo de cien años de soledad.

Durante los tres meses de discusión que lleva el asunto agrario entre el Gobierno y las Farc ha salido a flote la necesidad de actualizar el catastro rural, establecer el censo de los desplazados y ejecutar la reparación de los daños. Si la conducta de las Farc ha sido siempre evasiva, sería poco lo que podría esperarse de ellas cuando se trata de poner las cartas sobre la mesa. Sin embargo, no hay nada imposible.

Andan en buena dirección las acciones oficiales que buscan rescatar las propiedades camufladas a nombre de testaferros, de abogados de mala fe y de los propios usurpadores, para restituirlas a sus verdaderos dueños y conseguir la reforma agraria que ningún gobierno ha podido realizar. Mientras tanto, la población campesina vive atemorizada ante las amenazas de los grupos ilegales que no desean la paz de los campos.

Como idea central está el banco de tierras, entidad que se anuncia voluminosa y operante, y que ojalá no se convierta en una utopía más, en una falacia más. Una ilusión que por lo pronto hace soñar a las multitudes de desposeídos de todo el país, que han creado cinturones de miseria en los suburbios y en los semáforos de las capitales.

Siervo Joya no ha muerto. Es ese lánguido personaje que pulula hoy por las calles, sacado de una novela magistral de los años cincuenta, y que se trasladó a nuestros días con el inri infamante con que la sociedad, que somos todos, castiga a los millones de siervos sin tierra que aún confían en una esperanza de vida, en medio de oprobios, de balas y de tinieblas.

escritor@gustavopaezescobar

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