La desregulación financiera de las últimas décadas se justificó sobre la base de que la competencia induciría a los bancos a ofrecer las mejores condiciones a los ahorradores para captar recursos y colocarlos en las actividades más rentables. El resultado ha sido muy distinto por las características del sector financiero y el marco institucional que revisten a los intermediarios de claros poderes monopólicos. Sus esfuerzos se orientan a obtener la máxima ganancia reduciendo la tasa de interés del ahorro y colocando los recursos de acuerdo con el riesgo. De esta manera se configuraron organizaciones que obtienen depósitos a 3% y los colocan a más de 20%. No hay ningún otro sector en la economía que genere una rentabilidad parecida.
La estructura piramidal de las instituciones financieras da lugar a comportamientos que tienden a acentuar los ciclos de la producción (procíclica). En las épocas de auge experimentan grandes utilidades y aumentos de depósitos que las inducen a relajar los requisitos de crédito, en tanto que en las épocas de destorcida ocurre lo contrario y proceden a endurecer exigencias. Así, en la actualidad los buenos oficios del Emisor de bajar la tasa de interés y aumentar el crédito para enfrentar el desplome de la actividad productiva se encuentran ante una abierta actitud de los bancos tendiente a moderar el crédito y elevar las tasas de interés para reducir el riesgo en un momento de caída del producto y alta incertidumbre.
Las oscilaciones del crédito van de la mano de las burbujas. La baja tasa de interés de los títulos de renta fija conduce a los agentes económicos a asumir mayores riesgos movilizando los recursos a la adquisición de activos, como acciones y vivienda. Lo cierto es que la demanda de la construcción de vivienda supera las disponibilidades de tierra. Los precios crecen por encima de 12% y colocan a los usuarios ante el riesgo de que en el futuro sus viviendas valgan menos que el crédito, como pasó en los 90.
La baja de la tasa de interés, junto a la compra de dólares, también se ha empleado para inducir la devaluación del tipo de cambio. Pero la adquisición masiva de divisas (US$10.000 millones anuales), muy superior al superávit cambiario, ha sido neutralizada en buena medida por los especuladores, que siguen las operaciones del Banco de la República y apuestan a que las devaluaciones no son sostenibles. Como sucedió en la última década, las alzas de precios de las divisas son seguidas de caídas que les significan cuantiosas rentas a los especuladores.
La liberación financiera presupone que el sector se acomoda pasivamente al resto de la economía. Los hechos han mostrado una realidad opuesta; la expansión del crédito es impedida por los bancos y la devaluación por los especuladores. Se confirma que la organización macroeconómica no puede renunciar a la regulación monetaria y cambiaria, ni al déficit fiscal. La política monetaria aislada de tasas de interés no asegura la reactivación sostenida y es una fuente de burbujas, pirámides y especulación que le introducen grandes incertidumbres e inequidades a la economía.

