El karma del narcotráfico

Colombia apenas pasaba la resaca del frentenacionalismo cuando las pequeñas mafias del contrabando y la bonanza marimbera de los años 70 trastornaron al país y abrieron el camino del mercado de la coca, que todo lo cambió, hasta el clima.

La narcoextravagancia atrofió el gusto. Los excesos de los capos se hicieron de fábula: construyeron piscinas con tiburones, adornaban sus mansiones con Picassos, mandaron traer de África jirafas e hipopótamos, le levantaron una memorable estatua a John Lennon, ofrecieron pagar la deuda externa.

Los ríos de dinero penetraron el Estado, infiltraron el Congreso, financiaron la hecatombe de sicarios que se apoderó de las comunas, le pusieron precio a la cabeza de policías, jueces y periodistas. La máquina de guerra de Pablo Escobar y su cartel, una vez en evidencia, le declaró la guerra al Estado que buscó extraditarlos; aportó recursos para que el M-19 se tomara el Palacio de Justicia; asesinó a ministros, magistrados, candidatos presidenciales, procuradores, gobernadores, a Guillermo Cano; le puso un bombazo al DAS y a un avión en pleno vuelo; patrocinó el genocidio de la Unión Patriótica en esa siniestra alianza con la casa Castaño; desató en el entretanto una guerra contra el cartel de Cali; se hizo construir una cárcel.

Escobar prácticamente doblegó al Estado, infiltró la constituyente y sólo cuando se prohibió la extradición, el capo y su séquito de asesinos se entregaron a la justicia. Un año después se fugaron y la persecución terminó en un tejado del barrio América en Medellín el 2 de diciembre de 1993. El cartel de los hermanos Rodríguez Orejuela penetró el bloque de búsqueda de la Policía y aportó la información para acabar con su enemigo. Colombia respiró aliviada sin percatarse de que venían nuevos capos haciendo fila. Los cheques de los Rodríguez llegaron al fútbol, al periodismo, a la Presidencia de Ernesto Samper, al Congreso; el proceso 8.000 se volvió agenda nacional mientras el director de la DEA, Joe Toff, calificaba al país como una narcodemocracia.

El cartel del Norte del Valle de Orlando Henao y los que le seguirían repitieron el mismo modelo hasta que se reactivó la extradición y las verdades de la mafia terminaron en los tribunales norteamericanos. Ya entonces guerrillas y paramilitares habían entrado en el negocio. El narcotráfico se volvió el combustible de la guerra. Sin él no habría sido posible que Colombia tuviera la guerrilla más vieja del mundo, por ejemplo. Una década después del llamado Plan Colombia los expertos coinciden en que la guerra contra el tráfico de estupefacientes ha sido un fracaso. El presidente Santos ha promovido el debate sobre la legalización de las drogas. Estados Unidos se mostró abierto a la discusión. La nuez del cambio de paradigma se sitúa en tratar como un problema de salud pública el consumo al tiempo que se desmantelan los carteles. La vía de la legalización comienza a hacer su curso.

ILONA SZABÓ

Esta brasileña es la coordinadora de la Secretaría de la Comisión Global de Políticas sobre Drogas. Ha trabajado en programas para la reducción de violencia en América Latina y fue miembro de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia. Impulsó el referendo en Brasil, que buscaba vetar la venta de armas a civiles. Se especializó en estudios de conflicto y paz en la universidad sueca de Uppsala.

ETHAN NADELMANN

Nacido en Nueva York, es un reconocido crítico de la guerra contra las drogas y las políticas de EE.UU. en esta materia. Es doctor de la Universidad de Harvard. Fundó la Alianza de Políticas de Drogas (Drug Policy Alliance), de la que es el director ejecutivo. Sostiene que el fracaso en la prohibición de las drogas exige alternativas políticas que puedan reducir la violencia y la corrupción.

1. Primer paso: despenalizar

Como primer paso es esencial apuntar a la descriminalización de todas las drogas, porque hemos visto cómo ha servido para reducir la corrupción y las extorsiones por parte de la Fuerza Pública, el encarcelamiento de consumidores y los crímenes menores que cometen algunos drogadictos. Se podría pensar, además, en crear alternativas para la gente joven que quiere dejar el negocio de las drogas. Es muy común que esos jóvenes, incluidos los que participan en la producción de la droga, sean estigmatizados con un tremendo costo para la sociedad.

2. Alternativas para jíbaros

Tanto los gobiernos como los legisladores deberían explorar sentencias alternativas para los jíbaros, esos pequeños narcotraficantes o expendedores que operan en redes locales y no son violentos. Hay suficiente evidencia para asegurar que, tras imponerles condenas y enviarlos a la cárcel, la vida en prisión rápidamente los endurece hasta hacer de ellos unos peligrosos criminales.

3. Regular la marihuana

Regular la marihuana medicinal podría cortar vínculos entre traficantes y consumidores. Algunos países o Estados ya han hecho programas piloto en este sentido con efectos positivos, que enseñan cómo funcionaría el mundo con un mercado regulado. Por otro lado, los gobiernos deberían intentar reducir los controles sobre la marihuana, porque es un hecho que ésta es menos dañina que el alcohol y el tabaco. Es la droga que elige más del 80% de los consumidores, por lo que un mercado regulado podría disminuir el poder y los beneficios de los carteles.

4. La guerra que no se gana

Es imposible ganarle la guerra a un mercado tan dinámico como el de las drogas. El verdadero reto de los gobiernos es reducir la violencia relacionada con los mercados ilegales. Seamos realistas, la heroína o la cocaína jamás serán legalizadas como el tabaco o el alcohol, pero con la marihuana sí se puede pensar en un escenario donde ésta sea gravada y regulada, dado que es la droga que más se consume en el mundo. Legalizar la marihuana y permitir que los consumidores de otras drogas las obtengan a través de instituciones del Estado.

5. Hay que dar el debate

El presidente Juan Manuel Santos está haciendo exactamente lo que debería: insistir en poner todas las opciones sobre la mesa. El Gobierno colombiano necesita enfocarse en reducir el poder de violencia e intimidación de los carteles. Los militares deben estar incluidos en el debate, es apenas lógica su visión limitada del problema porque son ellos quienes combaten el narcotráfico. Pero es importante tenerlo claro: se puede ganar la guerra contra una guerrilla, pero no la guerra contra un mercado como el de las drogas.
 

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