Una vida de faena

Uno de los grandes del mundo del toreo, Luis Álvarez hace una reflexión sobre su vida y el futuro de la fiesta brava.

Luis Álvarez luce descomplicado, viste una camisa rosada y unos pantalones de lino color crema. Está de pie, inquieto, en el burladero de los apoderados en la Plaza de Toros de Manizales a la espera de que Luis Bolívar, su torero, le dé la vuelta al ruedo. La plaza está a reventar y, como es costumbre, el público le rinde honores al diestro colombiano que por estos días triunfa en las mejores arenas del mundo.

Álvarez tiene 74 años y nació en Tánger -hoy Marruecos-. Es fanático de los cigarros, especialmente de los Cohiba, y uno de los más reconocidos empresarios del mundo de los toros. A los 14 años, bajo el poderoso influjo de la incipiente pasión por la fiesta brava y siguiendo el ejemplo del torero “El Andaluz”, tío suyo, empezó a torear mientras terminaba sus estudios de secundaria. Poco tiempo después, oponiéndose a la opinión de sus profesores y de su padre, se dio cuenta de que era inútil ofrecer su vida a cualquier oficio distinto al del dictamen de su verdadera vocación; e hizo lo único que a un joven honesto, valiente y soñador le es lícito hacer en esas circunstancias: se fugó de su casa.

Desde entonces ha dedicado su vida a todas las actividades relacionadas con la tauromaquia. En su juventud, con el sobrenombre de “El Andaluz II”, auspiciado por Cayetano Ordóñez, “El Niño de la Palma”, y de Luis Miguel Dominguín, se jugó la vida como novillero, con y sin caballos, toreando en cientos de corridas en las fiestas taurinas de toda España. No resultó ileso en esta aventura: una cornada de un “novillo” de media tonelada le dejó una cicatriz en el pecho y lo obligó a someterse a una cirugía de reconstrucción de los huesos de la mano derecha: “Estas heridas tardaron más de ochenta días en sanar, pero apenas pude, volví a torear”, recuerda.

Sin embargo, cuando se alejó momentáneamente de los ruedos lo hizo por una razón distinta al temor de una nueva embestida: la muerte de una de sus hijas. Entonces decidió adelantar estudios de marketing y publicidad y se sumó al esfuerzo de fundar una revista automotriz con el nombre de AutoRevista: “¡Cuando en España aún no existían automóviles!”. Ejerció como director comercial de la publicación, con tal éxito “que se convirtió en la referencia más importante para los nuevos compradores de automotores en el país”.

De torero a apoderado

Pero los logros fuera del circuito taurino no consiguieron despojarlo de la afición por la fiesta brava y, aprovechando la experiencia comercial que había adquirido, terminó por regresar con otro ropaje, el de empresario, ganadero y apoderado de toreros. Fue así como se vinculó a la dirección de plazas en todo el mundo: Las Ventas en Madrid, Acho en Lima y Maracay (hoy César Girón) en Maracay Venezuela; por mencionar solamente tres de ellas. Instituyó, además, el programa informativo que antecedía las corridas en Las Ventas, práctica que se replicó en todas las plazas de importancia en España y América; además constituyó una ganadería, que malvendería posteriormente para dedicarse completamente a su labor de apoderado.

En el curso de esta actividad, llevados de su mano, surgieron matadores de talla mundial como el venezolano Morenito de Maracay; el valenciano, y prodigio del toreo, Enrique Ponce; el colombiano César Rincón, quien le proporcionó uno de los momentos más gratificantes de su carrera al ser el único en la historia en salir en hombros cuatro veces consecutivas por la puerta grande de Las Ventas; el francés Sebastián Castella y más recientemente Luis Bolívar, torero colombiano que reside en España desde su temprana adolescencia.

Pero, como en todo, los triunfos personales no suelen venir sin la concurrencia de las derrotas y los inconvenientes. Recuerda sin rencor, pero con el amargo regusto que dejan las injusticias, que luego de haber ganado el concurso que lo acreditaba como el mejor aspirante para la dirección de una de las plazas más importantes de España, tal responsabilidad le fue adjudicada a otra compañía “para pagarle un favor político a su representante”; o cuando César Rincón le pidió que dejara de representar a su rival: Enrique Ponce, quien, por lo demás, vivió en casa de Álvarez y era amigo cercano de su hijo. Y es que, como en todo el mundo del espectáculo, “en este medio hay muchísimos celos”.

Negocio y arena

El mundo de los toros mueve más de tres mil millones de dólares en el planeta durante todo el año, convoca a millones de espectadores y emplea a más de 150.000 personas, únicamente en España. Sin embargo, la coyuntura económica mundial ha afectado especialmente las ganaderías del toro de lidia. De hecho, Álvarez asegura que: “Ser ganadero cuesta mucho dinero, y es más una afición que un negocio. La mayoría van a desaparecer, porque muchos de ellos vienen del campo de la construcción y probablemente solo quedarán los de tradición”.

Probablemente no existe una expresión artística que haya sido tan perseguida como lo es hoy la fiesta brava. Las organizaciones antitaurinas adquieren día a día más importancia en todas las esferas de la sociedad y han logrado excluirla de los medios televisivos españoles -aun cuando todavía puedan verse corridas en algunos canales latinoamericanos- y abstenerla de la pauta. “Es cierto, la fiesta está en crisis”, concede Álvarez. “El Estado no nos ayuda, nos suprimen de todos los medios de información, Televisión Española no publica nada de toros; pero puedes ir a treinta corridas seguidas y, todos los días, la plaza con el cupo lleno”. Y es aquí donde vale la pena recordar la respuesta del conocido periodista taurino Manuel Molés cuando se le pregunta sobre la crisis actual de la fiesta taurina: “¿Y cuándo no ha estado en crisis?”.

Álvarez reflexiona mientras el público estalla en un extenso aplauso. Sale al encuentro con su torero y su sonrisa delata que, una vez más, ha descubierto a un nuevo genio.

Luis Álvarez en cuatro preguntas

¿Ha percibido una evolución en el público que asiste a los toros?

Lógico, se vivía más el mundo del toro. Anteriormente había aficionados más entendidos, mejores críticos taurinos. Eso creaba un gran ambiente en todos los países en que se daba el toro. La prensa tenía una mayor vinculación con la fiesta taurina. Desgraciadamente, una de las cosas que he notado es que los medios que se dedicaban a hablar y escribir de los toros han ido perdiendo fuerza, porque algunos piensan que el medio no es idóneo para la publicidad.

Seguramente eso tiene mucho que ver con el movimiento antitaurino mundial.

Nos ha perjudicado mucho, pues ellos se han dedicado a escribir a las firmas que han apoyado la fiesta de toros en todo el mundo, aconsejándoles que no anunciaran en las corridas, o de lo contrario tomarían medidas contra ellos, es decir, los amenazaban con un boicot, y efectivamente lo han hecho.

¿Cuál es el futuro de los toros en el mundo?

Estamos atravesando por un momento muy difícil. Porque hay movimientos que tratan de personalizar a los animales, de tratarlos como si fueran seres humanos. Quizás las películas de Walt Disney, al mostrar al toro, el ratón, el caballo como si vivieran su vida igual a la de un hombre ayudó; y eso no es así. Hay que pensar que el animal es un ser irracional manejado por un ser racional. Esos movimientos están logrando que el toreo pierda fuerza en muchos sitios. Claro, también está sirviendo para que nos unamos los taurinos para tratar de defender algo que nos gusta a nosotros, y la libertad de uno termina donde empieza la libertad de los otros.

Hay un debate sobre si el toreo es un arte. ¿Por qué cree usted que sí es una expresión artística?

Porque así está considerado en el mundo de las artes, prueba de ello es que sirve de inspiración para muchos artistas en todas las disciplinas. El toreo tiene ese duende que demuestra que el torero puede hacer una obra de arte irrepetible, porque cada toro es distinto, cada tarde es distinta y la inspiración es necesaria para poder sentir y transmitir al público la sensación de pasar un toro muy cerca de ti, jugándote la vida, y hacer que el público vibre con la manera de interpretar el juego que haces tú con el toro.

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