Tras el sol y algunas dosis de aventura

Tanto La Guajira como Melgar reciben cientos de turistas que los eligen por su clima, playas y piscinas.

Se encontró con el diablo cuando regresaba a su pueblo, luego de una parranda que duró días. Las notas de su acordeón, que tocaba para hacer más corto el camino, se mezclaron con las de alguien a quien no veía. Francisco se acercó, muy lentamente, y lo vio sentado sobre las raíces de un árbol. Al sonar el instrumento se apagó la luna, se apagaron las estrellas. Todo era oscuridad. En el mundo, únicamente los ojos del demonio brillaban. Había miedo.

Francisco El hombre, como le terminarían diciendo, se alzó con música. Entonó una melodía, cantó con fuerza y así devolvió la luz. Satanás, arrinconado y temeroso, se fugó hacia las montañas de donde jamás regresó. Y nació la leyenda.

No tiene que ser marzo para que en La Guajira se escuche el vallenato. Cada recoveco de ese pedazo de tierra dorada se ventila con los ecos de la guacharaca y uno cree estar listo para contornearse cuando los pies rozan la arena. La misma que se extiende mucho más allá de Riohacha y cuenta historias wayúu.

Aquellas rancherías son precisas para pasar una tarde en la que la curiosidad sobre la cultura indígena es saciada. O al menos eso se intenta. Todo un día dedicado a conocer detalles de quienes se acuestan antes de que se asome la luna.

Desde la mañana se puede emprender el viaje hacia los caseríos, donde reciben al turista con cocteles y el relato de su historia. Esa que guarda secretos y se convierte en enigma para el arijuna, para el no wayúu. Una prueba de friche, el chivo cocinado en leña, viene después, seguido de la danza de la alegría de niños descalzos y vestidos de colores.

Allí, varios se mecen en los chinchorros, esas hamacas que tejen las mujeres en su tiempo libre. Los pequeños exhiben las manillas y mochilas, que se explayan de igual manera por la calle primera, la principal de Riohacha que bordea un mar que no es del todo azul pero sirve de juego para las familias. Ahí, cuando cae la tarde, guajiros y extranjeros se reúnen para disfrutar del pescado y de la música. Se inicia la fiesta.

Luego, el horizonte se tiñe de blanco. Al hacer un alto en Manaure, se transforman las tonalidades de arena rojiza en montañas de sal marina. En un minuto, vuelven y cambian de color. Allí, en las playas del Cabo de la Vela, hay quienes se enamoran y no quieren regresar. Van a El Faro, ese lugar donde los espíritus de los wayúu hacen una parada antes de sucumbir en el océano, y se embelesan con los atardeceres. También lo hacen con el Ojo de Agua, una piscina natural que según la tradición indígena permite comunicarse con los antepasados. Y hay otros, los más osados, que se embarcan en un trayecto por el desierto.

En un rinconcito del Tolima

Son sólo 98 kilómetros la distancia entre Bogotá y Melgar, por eso muchos la tildan de ser la playa de los cachacos o el paraíso de las piscinas. A pesar de estar lejos, muy lejos del mar, el panorama es el mismo: sujetos que caminan por sus calles en pantalonetas y que degustan esa combinación de hielo, frutas y salsas llamada raspado; mujeres de todas las formas posibles en búsqueda de los rayos del sol y flotadores, tan distintos, que hacen su aparición en cualquiera de las esquinas, como si cobraran protagonismo siendo parte del paisaje.

Aunque el referente común de Melgar involucra salpicadas de agua, sus días de descanso se pueden tornar intensos si decide, por ejemplo, montar un avestruz. Y lo puede hacer. El Parque Adrenalina Extrema, al darse cuenta de que en África usaban el animal para las carreras, ofrece esta práctica desde hace varios años. El reto del jinete es mantenerse.

Una travesía que llega a ser divertida si usted va con un grupo grande de amigos es practicar rafting por el caudal del río Sumapaz. O quizá, en medio de la tranquilidad, prefiera explorar los senderos ecológicos de Ciudad Reptilia mientras observa cocodrilos, caimanes, tortugas o boas.

Ya en la noche, cuando los reptiles y los niños se van a dormir, los paseos por el río se frenan y las piscinas siguen estando allí para sabotear a quien quiera sumergirse con ropa, sólo queda bailar.

¿Cómo llegar?

-A La Guajira:

Sólo hay un vuelo diario directo (Avianca) desde Bogotá hasta el aeropuerto Almirante Padilla de Riohacha. Por tierra el viaje dura aproximadamente 19 horas, tiene un costo de $130.000 y sale a las 3:00 p.m. desde la Terminal de Transportes.


- A Melgar:

Son menos de tres horas el recorrido en bus  desde Bogotá y el costo no sobrepasa los $15.000. Si usted va en carro, no se demora más de dos horas.

¿Por qué ir?

Ambos son lugares adecuados para aquellos que desean recibir una buena dosis de sol.

Melgar queda muy cerca de Bogotá, así que usted podrá cambiar de clima en poco tiempo y disfrutar de las piscinas. Además, tiene la opción de practicar deportes  como rafting, paracaidismo y torrentismo.

En La Guajira  puede conocer las rancherías wayúu y deleitarse con algunas de las playas más hermosas del país. Para esta Semana Santa la Oficina de Turismo Departamental implementó sistemas de limpieza de los sitios más visitados.

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