Tierra de pingüinos

Isla Magdalena e islote Marta, monumento natural nacional de Chile declarado en 1982

En la isla Magdalena habitan más de 60.000 parejas de pingüinos. Todo el verano se refugian en este lugar junto a especies como lobos marinos y el delfín austral.  / 123rf
En la isla Magdalena habitan más de 60.000 parejas de pingüinos. Todo el verano se refugian en este lugar junto a especies como lobos marinos y el delfín austral. / 123rf

Era el último desembarco que haríamos en el crucero que recorría el estrecho de Magallanes. Para muchos, el más esperado. Eso se podía comprobar porque todos estaban en popa listos para tomar lo botes más temprano de lo normal. Algunos nos preocupamos porque desde el barco sólo se podía apreciar una planicie llena de hoyos; sus menudos habitantes no se distinguían. Mientras las lanchas de hule se iban acercando, en el horizonte se comenzaban a formar las figuras de las aves blancas y negras, que más bien parecían enanos en esmoquin.

La emoción era incontenible. Más para nosotros, habitantes del trópico, para quienes el significado de exótico difiere con lo selvático y se asemeja más a estas aún misteriosas y remotas tierras patagónicas. Una vez en tierra parecíamos niños. No podíamos dejar de perseguir a los animales con nuestras cámaras para captar cada uno de sus movimientos.

Todo lo que hacían era realmente encantador, además de ingenioso. Lo mejor es que entre nosotros y ellos no había barrera alguna, podíamos casi entrar en sus cuevitas. Sin embargo, nuestra actitud sofocante logró que algunos nos acorralaran y picotearan más de una vez. Estaban aturdidos por nuestra ansiosa presencia y los flashes de las cámaras fotográficas.

Su aspecto es el del tradicional pingüino que muestran en la televisión y los cómics. Son de tamaño mediano, miden entre 35 y 45 centímetros de altura, y llegan a pesar hasta tres kilogramos. Su cabeza y la mayoría del cuerpo son negros, disponen de una franja blanca alrededor del ojo que alcanza a rodear sus oídos y barbilla, para juntarse luego en la garganta y descender de manera inconstante por el pecho y el vientre, cualidad que diferencia a esta especie del pingüino de Humboldt, que habita en las costas del Pacífico de Chile y Perú.

En esta época, la raza magallánica llega desde el norte, más específicamente de las templadas aguas de Uruguay y Brasil, países en los que se refugia del invierno. Son más de 60.000 parejas en la isla Magdalena, anidando en las mismas cuevas que habían construido años atrás. Allí pasan pacíficamente el verano junto a otras especies, como los cormoranes, las gaviotas, los lobos marinos y el delfín austral.

En la isla Magdalena no hay más para ver que los animales. Desde el muelle que recibe a los turistas se puede divisar a las aves que están sumidas en sus quehaceres diarios: bañarse, conseguir el alimento (que generalmente son algas), dar de comer a los polluelos y mantener el nido limpio.

Ese es el panorama que se observa durante los dos kilómetros de caminata hasta el faro, donde se encuentra la sede de la Corporación Nacional Forestal, Conaf, entidad encargada de preservar, supervisar y administrar esta isla, declarada monumento natural nacional en 1982. En esta única construcción es posible resguardarse del frío, acrecentado por los vientos que seguramente sobrepasan los 40 kilómetros por hora.

Mientras se recupera el calor es posible disfrutar del Centro de Interpretación Ambiental, en el que se presentan, por medio de paneles, la historia y los emblemáticos personajes que navegaron el estrecho de Magallanes, así como la colonización de la región y su fauna, que desde 1992 aumentó en 60%.

Para vivir esta experiencia en la isla Magdalena es necesario dirigirse a la terminal de Tres Puentes, en Punta Arenas, desde donde zarpan ferris los días martes, jueves y sábados, muy temprano en la mañana y hasta medio día o desde las 4 de la tarde hasta que cae la noche.