Las islas del tesoro

San Andrés y Providencia son lugares idóneos para la práctica del buceo gracias al arrecife coralino que las rodea.

San Andrés es la isla más grande del archipiélago, con 26 kilómetros cuadrados, y la más turística.  / Fotos: 123rf
San Andrés es la isla más grande del archipiélago, con 26 kilómetros cuadrados, y la más turística. / Fotos: 123rf

Quienes han ido a San Andrés gritan a voces que su mar sí es dueño de siete colores, pero a la larga cuesta imaginarlos si uno no ha pisado aquel pedazo del Caribe.

La primera vez que alguien se asoma por la ventana del avión cuando está buscando la ruta de aterrizaje observa un lienzo de azul difuminado. Allá arriba, después de dos horas de haber partido desde Bogotá, se contempla la aventura que está próxima a vivirse.

De San Andrés se dicen muchas cosas. Dicen que Nicaragua reclama su soberanía, que se está haciendo buena música, que sus mujeres son tan bellas que a veces embrujan, que esa mezcla de inglés-español, conocida como creole, pocos la entienden, que no hay nada como recorrerla en un carro de golf, que es ideal para comprar perfumes, que es un éxtasis para el buceo. Es cierto.

Justo cuando uno toca con los pies descalzos la arena blanca que bordea la isla, sabe que volver a refugiarse en cualquier habitación de un hotel es una pérdida de tiempo. La esencia del viaje está en el mar y con él todos los deportes que usted se incline a practicar.

Si bien hace parte de la travesía visitar puntos tan nombrados como la Cueva de Morgan, el Hoyo Soplador y el Acuario, el plan completo involucra el buceo, al ser San Andrés parte de la tercera barrera coralina más grande del mundo y tener durante todo el año 28 °C de temperatura en sus aguas.

Imagine un paisaje submarino que lo deja ver pasar peces, erizos, corales, esponjas, mantarrayas y caballitos de mar, y además permite a los más arriesgados visitar barcos hundidos, cuevas, escaleras.

En la mayoría de las playas, los turistas optan por incursionar o seguir practicando la navegación a vela, el windsurfing, el surf, el parasailing y la pesca deportiva. Lo mismo pasa en Providencia.

Aunque San Andrés fue durante muchos años la que encabezaba la lista de visitas del archipiélago, Providencia, de 17 kilómetros cuadrados, se sitúa entre las favoritas por la tranquilidad que brinda y sus playas casi intactas.

Localizada a 72 kilómetros de San Andrés, es decir, a menos de 30 minutos de vuelo o tres horas en catamarán, Providencia todavía tiene ese aire rústico y salvaje que a muchos les gusta. Por eso, hay pequeños hoteles y son más comunes los planes ecoturísticos, que a la vez le apuestan al snorkeling y al buceo responsable.

La isla cuenta con más de 25 zonas para bucear e instructores profesionales que todos los días sirven de guía para los turistas que anhelan nadar en las profundidades, aprender a pescar o a hacer snorkeling.

Es común atravesar el colorido puente de Los Enamorados para llegar a la isla de Santa Catalina y encontrar aún más calma. Allí se puede hacer una excursión de un solo día para caminar por las playas vírgenes o por donde están los cañones que los piratas usaban para proteger sus tesoros. Son dos paraísos separados por una estructura de madera.

Al regresar a Providencia, hay que dirigirse a Bahía Manzanillo, que encierra las mejores playas de la isla sin ese ajetreo fulminante de las ciudades costeras, repletas en temporada alta.

Siendo Providencia playa, relajación y sorpresa, lo mejor es no trazar un complejo itinerario, ya que el ritmo mismo de la isla lleva a los escondites más hermosos.

Tenga en cuenta que cruzarla sólo toma una hora y es fácil ubicarse en su única vía y con sus siete iglesias. Palparla, sentirla y preguntarles a los locales por sitios que gozan de anonimato es el camino que se debe elegir para que sea ella misma, con toda su historia y paisajes dignos de retratar, su propia narradora.

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