Guatemala, un viaje a lo mejor del mundo maya

El altiplano y la región de Petén ofrecen la combinación perfecta entre paisajes montañosos, tradiciones culturales y riqueza arqueológica.

En la mañana, cuando el agua está calmada, muchas personas practican kayak en las orillas del lago de Atitlán.
En la mañana, cuando el agua está calmada, muchas personas practican kayak en las orillas del lago de Atitlán.

Si de paisajes, cultura y riqueza arqueológica se trata, Guatemala es el lugar ideal para conocer el corazón del mundo maya. Uno de sus grandes espectáculos es el lago de Atitlán, como algunos lo califican, uno de los más hermosos del mundo, y con razón. Desde lejos el destello de los rayos del sol sobre la superficie del agua reflejan tonalidades desde azules turquesa hasta verdes intensos. No en vano lo han bautizado como el lago de los siete colores.

Las sorpresas al rededor de este increible destino se acentuán cada vez que se recorre cada uno de sus rincones, la presencia de tres elevados montículos que rodean la masa de agua como si fuesen tres guardianes, los volcanes Santiago, San Lucas Tolimán y San Pedro, son otro espectáculo.

A orillas de la gran laguna el primer pueblo que aparece es San Francisco de Panajachel. Un lugar mágico que traslada de inmediato al legado antiguo del mundo maya. En medio de un centenar de hoteles, restaurantes, bares, cafés y tiendas pequeñas, sus habitantes todavía conservan las costumbres de sus antepasados.

Mujeres indígenas vestidas con trajes típicos sentadas sobre los andenes polvorientos tejiendo a dos agujas o en inmensos telares textiles de muchos colores, pulseras en chaquiras, manteles, mochilas, individuales, blusas y bufandas se extienden sobre los plásticos que apenas son sostenidos por un par de alfileres en los extremos.

Si se quiere visitar un comercio más organizado lo mejor es asistir al mercado los jueves y domingos, donde los artesanos exponen toda su creatividad y talento en locales improvisados con techos falsos para protegerse del sol y así ofrecerles a los gringos, como denominan los indígenas a cualquier extranjero que los visite, mercancía de la mejor calidad, pero con la comodidad que ellos se merecen.

El departamento de Sololá ostenta la mayor concentración de población indígena del país. Además es el único lugar que tiene aprobado por votación popular la elección de un alcalde civil y otro indígena para que tomen las decisiones en consenso.

Dejando atrás Panajachel, a orillas del lago se divisa un conjunto de pequeños pueblecillos enclavados en lo alto de las faldas de las montañas y pueden ser visitados en lancha. En total son 12. Algunos llevan el nombre de los apóstoles y otros son compuestos para incluir palabras mayas. Entre los más importantes se encuentran Santiago de Atitlán, Santo Tomás de Chichicastemango, Santa Catarina, San Antonio Palopó, San Lucas de Tolimán, San Andrés Itzapa, San Pedro la Laguna y San Pablo.

Santiago de Atitlán es un pueblo fascinante, místico e histórico que combina diferentes creencias religiosas, que van desde el catolicismo hasta los evangélicos pasando por los seguidores de Maximón.

Se trata de una deidad religiosa venerada por los mayas durante siglos y que representa la unión terrenal entre la cristiandad heredada de los conquistadores españoles y el legado indígena de sus antepasados. La imagen de un hombre tallada en madera y adornada con sombreros y bufandas es visitada por cientos de feligreses que depositan licor, cigarros, candelas de colores e incienso a manera de ofrenda para que en el nuevo año se cumplan todos los propósitos y el bien abunde sobre sus familias.

Los que deseen llegar al corazón del mundo maya y explorar uno de sus mayores tesoros arqueológicos escondidos durante siglos deberán tomar un vuelo en el aeropuerto internacional La Aurora, en Ciudad de Guatemala, que lo conducirá en menos de una hora al departamento de Petén.

Luego de un corto recorrido por carretera desde el aeropuerto se llega al Parque Nacional Tikal, declarado por la Unesco Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por su valor excepcional que conjuga una extraordinaria riqueza natural y cultural.

En las puertas del parque lo primero que sorprende es la espesa vegetación en medio de enormes ceibas, alguno que otro moni en las copas de los árboles, perezosos colgados de las ramas, aves de diferentes colores, venados y tortugas moviéndose libremente por los senderos que conducen a algunos de los templos que durante siglos estuvieron cubiertos por una espesa selva.

La majestuosa joya arqueológica comprende 576 kilómetros cuadrados de selva alrededor del centro ceremonial, abandonada inesperadamente por los mayas hace más de mil años. A través del tiempo se han encontrado unas cuatro mil estructuras entre plazas, templos, pirámides y acrópolis.

El lado este lo ocupa el Templo del Gran Jaguar, que mide 45 metros de altura, construido alrededor del año 700 después de Cristo. Al igual que la mayoría de templos fue fabricado sobre un edificio en forma piramidal.

Luego de visitar monumentales templos y estelas resguardadas por la vegetación, es hora de regresar a la realidad, pero con la convicción que aún quedan muchos lugares por visitar como el místico y natural pacífico guatemalteco o el paraíso de los Verapaces, que seguro sorprenderán tanto o más como lo hizo el altiplano y la región de Petén.