Después de 16 años de lucha armada, el 8 de marzo de 1990 el M-19 decidió abandonar sus fusiles y dar un paso hacia la paz. Memorias de una transición histórica de quienes hicieron la guerra y asumieron el momento preciso para salir de ella.

Memorias de un proceso de paz

A las 11:50 de la mañana del domingo 29 de mayo de 1988, cuando un comando del M-19 secuestró al dirigente conservador y director del periódico El Siglo, Álvaro Gómez Hurtado, empezó a gestarse el proceso de paz que condujo a esta organización guerrillera a declinar sus armas. Aunque la operación se hizo inicialmente en respuesta a la desaparición de algunos militantes del M-19, con el paso de los días se transformó en una plataforma política para que los diálogos de paz se hicieran irreversibles.

Cuando todavía era un misterio saber quién tenía secuestrado al dirigente político, un grupo que se autodenominó “Colombianos por la Salvación Nacional” anunció que lo tenía en su poder y que iba a liberarlo sin contraprestación política o económica. Su propósito, según manifestó a través de un comunicado público, era que por intermedio de ese cautiverio la sociedad se reconciliara con las familias de los desaparecidos y se manifestara contra el estado de sitio, las masacres o las detenciones arbitrarias.

Por las particularidades de la declaración, los organismos de inteligencia concluyeron que se trataba del M-19. Pero antes de que se gestara un proceso de confrontación, el M-19 hizo público un documento de 11 puntos para ventilar una propuesta política: la firma de un acuerdo de cese al fuego por 60 días entre el gobierno y la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, y la realización de una cumbre por la salvación nacional en la sede de la Nunciatura Apostólica, hasta encontrar una salida a la guerra.

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Aunque inicialmente el gobierno respondió con un portazo, un grupo de 33 dirigentes públicos, apoyados por diversas organizaciones sociales y políticas, expidió una proclama para solicitar la convocatoria de un plebiscito, con la posibilidad de convertirse en organismo constituyente para facilitar cambios económicos y sociales y lograr la paz. Desde ese momento en adelante, se abrió paso una negociación política en Bogotá y Panamá que, el miércoles 20 de julio de 1988, permitió la liberación de Gómez Hurtado.

A partir de entonces, de conformidad con la llamada Acta de Panamá, empezó a prepararse la Cumbre de Salvación Nacional, que se realizó el viernes 29 de julio en una remodelada casona ubicada en el sector de Usaquén, dispuesta para la práctica de retiros espirituales. A ese centro de estudios pastorales concurrieron voceros de los partidos políticos, de la iglesia y de las organizaciones de derechos humanos. El M-19 envió un mensaje para expresar sus puntos de vista acerca de la paz y un video para pedirle al gobierno respuestas.

La posición del presidente Virgilio Barco se produjo el 1 de septiembre a través de un documento denominado “Iniciativa de paz en Colombia”. La idea del Ejecutivo era alcanzar el desarme a través de tres fases: una etapa de distensión para consolidar un ambiente de entendimiento, un momento de transición con un manual de procedimientos para la ubicación temporal de alzados en armas, y una fase de incorporación definitiva a la vida democrática con una ley de indulto incluida en el plan de paz.

Entre el 19 de septiembre y el 1 de octubre, los principales líderes del M-19 sostuvieron una reunión clandestina en la que se debatió intensamente la fórmula del gobierno. Finalmente se acordó solicitarle al gobierno Barco un encuentro directo con testigos de excepción surgidos de la llamada Comisión de Convivencia Democrática. Cuando llegaba diciembre de 1988, un nuevo plan de paz presentado por el exministro Álvaro Leyva, incentivó aún más los intereses de que se abriera paso una mesa de diálogo.

Durante la clausura de las sesiones del Congreso en diciembre de ese 1988, el presidente Barco sorprendió al país cuando admitió la decisión del Ejecutivo de entablar diálogos formales y directos con el M-19. En esas condiciones, los delegados del gobierno y de la guerrilla empezaron a hacer contactos, hasta que el 10 de enero de 1989 se hizo público que el entonces consejero de paz Rafael Pardo Rueda, se había reunido con el jefe máximo del M-19, Carlos Pizarro Leongómez, en cercanías de Ortega (Tolima).

Junto a Rafael Pardo participaron en el encuentro sus asesores Reinaldo Gary y Ricardo Santamaría, así como la periodista Diana Turbay y el director del Plan Nacional de Rehabilitación, Eduardo Díaz Uribe. De esa entrevista entre voceros del gobierno y el M-19 surgió un itinerario hacia la desmovilización y la democracia plena que fue hecho público por el presidente Barco. Entonces comenzó la discusión interna en la organización. No todos estaban de acuerdo en avanzar hacia la paz y mucho menos dejar las armas.

Aun así, el diálogo fue tomando forma, se suscribieron nuevos documentos y Rafael Pardo, a nombre del gobierno, y Carlos Pizarro, por el M-19, fueron creando las condiciones para avanzar hacia la paz. Hacia marzo de 1989, ya la comandancia de la organización guerrillera estaba ubicada en la vereda Santo Domingo, del municipio de Toribío (Cauca). En ese sitio, producto de los debates internos, se creó una comisión de trece voceros para la representación del M-19 en distintos escenarios políticos.

En abril de 1989, mientras Colombia vivía los días dolorosos del narcoterrorismo, en la Casa de Nariño se instaló la Mesa de Trabajo por la Paz y la Reconciliación Nacional. Según el mensaje de Carlos Pizarro, había llegado la hora de las grandes rectificaciones, las cuales debían concretarse a través de una nueva Constitución, el diseño de un Plan de Desarrollo económico y social y un marco de garantías reales para la preservación de los derechos ciudadanos. De ahí en adelante quedaron formalizados los temas a tratar.

Como lo detalla el investigador social Darío Villamizar en su libro ‘Aquel 19 será’, se conformaron varias mesas de concertación y análisis, en las cuales participaron líderes de distintas organizaciones y movimientos políticos. En julio de 1989, los aportes de las mesas de trabajo quedaron concluidos y, después de un nuevo encuentro entre Rafael Pardo y Carlos Pizarro, se expidió un documento para darle validez a los compromisos pactados. El énfasis siguiente fue concretar al Congreso para que promoviera la ley de indulto.

Después de una intensa discusión interna, el M-19 acordó firmar la paz. La entonces líder guerrillera Vera Grabe lo recuerda diciendo que “fue un acto democrático en el que apenas hubo dos votos en contra”. El jefe guerrillero Otty Patiño sostiene que “fue una decisión grande, con más de 500 personas votando, no solo la Dirección Nacional sino la fuerza militar”. En adelante era cuestión de esperar. Entre tanto, con el aval del gobierno, el M-19 fue creando “casas de paz” en varias ciudades del país para preparar a las comunidades.

El 2 de noviembre de 1989, durante un acto público en la Casa de Nariño, se firmó el Pacto Político por la Paz y la Democracia suscrito entre el gobierno, los presidentes de Senado y Cámara, la Iglesia Católica y el M-19. Un mes más tarde, el Congreso aprobó la ley de indulto para beneficiar a quienes se desmovilizaran y se acogieran al proceso de paz. El 22 de enero de 1990, el presidente Virgilio Barco firmó la Ley 77 de 1989 y con ella quedó formalizado el acuerdo de paz entre el Estado y el M-19.

Lo demás fue protocolario. El 8 de marzo de 1990, hacia las 4:30 de la tarde en el campamento de Santo Domingo, en medio de decenas de invitados y periodistas nacionales y extranjeros, Carlos Pizarro envolvió su pistola 9 mm en una bandera de Colombia y después de un emotivo discurso expresó: “El M-19, en las manos de su comandante general, hace dejación pública de la última arma, por la paz y la dignidad en Colombia. Con todos, atención, fir, oficiales de Bolívar, rompan filas”.

Al día siguiente, en Caloto (Cauca), con la presencia del entonces ministro de Gobierno, Carlos Lemos, se realizó el acto oficial de la dejación de armas. Ese mismo día, Carlos Pizarro y Antonio Navarro viajaron a Bogotá y en la Casa de Nariño suscribieron con el presidente Barco el acuerdo político entre el gobierno y el M-19. Terminaban 16 años de vida guerrillera y el M-19 empezaba a vivir una nueva historia, esta vez como Alianza Democrática, cambiando el fuego de las armas por el poder de las urnas.

Aunque apenas un mes y medio después fue asesinado el ya candidato presidencial Carlos Pizarro, el M-19 decidió seguir adelante con sus propósitos de paz. Con el ascenso al poder de César Gaviria, el excomandante del M-19, Antonio Navarro, entró a ocupar el ministerio de Salud. Sin embargo, hacia finales de 1990 lo dejó en manos de Camilo González Posso porque Navarro encabezó la lista de la ADM-19 a la Asamblea Nacional Constituyente. En diciembre fue la fuerza mayoritaria en las urnas.

Entre febrero y julio de 1991, con Antonio Navarro como uno de los tres presidentes de la Constituyente –los otros dos fueron Álvaro Gómez y Horacio Serpa-, la ADM-19 cumplió un papel protagónico en la redacción de la nueva Carta Política. Después de la reforma de la Constitución, la organización logró un buen dividendo en las elecciones parlamentarias de ese mismo año y se dieron a conocer nuevos líderes políticos porque los constituyentes quedaron inhabilitados para hacer parte del nuevo Congreso.

En 1994, la ADM-19 tuvo un notorio retroceso político y prácticamente la organización fue borrada del panorama electoral. Sin embargo, sus principales líderes siguieron tomando parte activa en las decisiones públicas. En especial dos dirigentes empezaron a desplegar una carrera política en ascenso. Antonio Navarro fue candidato presidencial, alcalde de Pasto, gobernador de Nariño, y en la actualidad es senador de la República e influyente dirigente político en los nuevos retos de Colombia.

Con él fue cobrando también importancia Gustavo Petro Urrego. Primero como representante a la Cámara, después como senador de la República y candidato presidencial, y en la actualidad como alcalde Mayor de Bogotá. Tanto Navarro como Petro, a pesar de sus contradictores políticos, han honrado la paz que firmó hace 25 años en Santo Domingo el M-19. Un cuarto de siglo en que han existido muchas dificultades pero también ha prevalecido entre sus integrantes la convicción de que así como hubo un momento para la guerra ahora sigue siendo urgente incentivar la paz.

Cronología

  • 17 DE ENERO DE 1974

    Robo de la espada de Bolívar

    A las 5:00 p.m. del miércoles 17 de enero de 1974 un comando del M-19 irrumpió en la Quinta de Bolívar y sustrajo la espada y los espolines del Libertador que se encontraban resguardados en una urna ubicada en la habitación de Manuelita Sáenz. El grupo, liderado por Álvaro Fayad, pintó consignas en las paredes en las que el movimiento reivindicaba su acción y dejó un documento titulado “Bolívar, tu espada vuelve a la lucha”. La sigla M-19, que días atrás había aparecido por primera vez en varios avisos publicitarios publicados en diarios de circulación nacional, también fue plasmada.

    En una entrevista concedida varios años después, Luis Otero, uno de los artífices del robo, aseguró que la idea de tomar la espada había sido una réplica de lo que años atrás había hecho el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros en Uruguay, cuando robaron la bandera de su libertador José Gervasio Artigas, como símbolo de su lucha.

  • 19 DE ABRIL DE 1976

    Asesinado José Raquel Mercado

    En la madrugada del lunes 19 de abril, en la glorieta ubicada en la avenida 63 con transversal 48, cerca al parque El Salitre de Bogotá, fue hallado el cuerpo de José Raquel Mercado, presidente de la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC). Mercado había sido secuestrado un mes antes, el 15 de febrero, en la calle 63 con carrera 15 de Bogotá por el M-19 que se adjudicó el hecho argumentando que el dirigente sindical estaba acusado de corrupción y traición a la patria. Posteriormente, el movimiento publicó otra misiva en la que anunciaba que José Raquel Mercado había sido condenado a muerte.

    En una entrevista concedida tiempo después por Jaime Bateman a Patricia Lara, el líder del M-19 señaló que se trató de una decisión basada en el veredicto del pueblo: “La gente escribió en las calles sí; escribió no; la CTC hizo una gran campaña de carteles para que no lo fusiláramos; los sindicatos discutieron el asunto; algunos miembros de la CTC dijeron incluso, públicamente, que a Mercado había que ajusticiarlo... Él estaba entregado totalmente al imperialismo. En el interrogatorio que le hicimos reconoció que trabajaba para los norteamericanos, que recibía de ellos cuantiosos cheques”.

  • 31 DE DICIEMBRE DE 1978

    Robo de armas en Cantón Norte

    Un comando de guerrilleros del M-19 asaltó las instalaciones del Cantón Norte en Bogotá, y robó el depósito de armas del Ejército en una operación que ellos mismos denominaron ‘Ballena azul’. Casi 5.000 armas fueron extraídas en una maniobra que comenzó a gestarse meses atrás. Los guerrilleros alquilaron una casa ubicada a pocos metros del Cantón y cavaron por más de dos meses un túnel que llegó hasta el centro del depósito. Desde la mañana del 31 de diciembre los hombres se dieron a la tarea de desocupar el lugar, en una labor que culminó el 1 de enero de 1979. Un día después el hecho fue de conocimiento público.

    Las autoridades desplegaron inmensos operativos en busca del armamento robado, y solo hasta el 15 de enero las pesquisas dieron resultado cuando allanaron una casa ubicada en el barrio Prado Norte de Bogotá en donde encontraron buena parte de las armas.

  • 27 de febrero de 1980

    Toma de la embajada de República Dominicana

    Dieciséis hombres de la columna Jorge Marcos Zambrano, comandada por Rosemberg Pabón, se tomaron la sede de la embajada de República Dominicana – ubicada en la carrera 30 con calle 47 en Bogotá-, que ese 27 de febrero, a medio día, conmemoraba el 136 aniversario de la independencia. Durante casi cuatro horas los guerrilleros se enfrentaron a tiros con los guardaespaldas de los diplomáticos y varios soldados que se encontraban en la zona. Finalmente el comando ingresó al lugar en donde permanecían 57 rehenes. La toma se prolongó por 61 días en los que se desarrolló un extenso proceso de conversaciones (cerca de 24 reuniones) entre guerrilleros y representantes del gobierno nacional. Carmenza Cardona Londoño, conocida como la Chiqui, fue la designada por el grupo guerrillero para adelantar las negociaciones.

    La toma, también denominada como Operación Libertad y Democracia, concluyó el 27 de abril de 1980 cuando las partes acordaron que tanto rehenes como guerrilleros saldrían juntos del lugar escoltados hacia un avión rumbo a Cuba, en donde los diplomáticos serían puestos en libertad y los guerrilleros recibirían asilo. Tiempo después se conocería que el gobierno pagó 1 millón de dólares a la guerrilla como rescate.

  • 6 DE OCTUBRE DE 1982

    Siete miembros del M-19 en la Comisión Primera del Senado

    Un comando de siete miembros del M-19 se presentó en la Comisión Primera del Senado, donde se discutía el proyecto de ley de amnistía presentado por el gobierno, y anunció su instalación como grupo político. El grupo estaba compuesto por Carlos Emiro Mora, Jaime Navarro, Augusto Lara, Alfonso Jacquin, Rodrigo Pérez y Andrés Almarales. El presentador Fernando González Pacheco fue el encargado de presentar la comisión ante congresistas y periodistas que colmaban el recinto.

    “El Comando Político del Movimiento 19 de Abril surge para satisfacer la necesidad de participar hora por hora y hombro a hombro con todos los hermanos colombianos en el propósito de la salvación y unidad patrias, aún con el riesgo y el peligro inminente que se cierne sobre nuestras vidas…”, señaló Andrés Almarales, miembro de la Dirección Nacional del movimiento, al leer ante los senadores la denominada Carta a la Patria.

  • 13 DE OCTUBRE DE 1982

    Principio de acuerdo con el M-19

    El ministro de Gobierno Rodrigo Escobar Navia y un comando del M-19 se reunieron para discutir las condiciones dentro de las cuales el grupo guerrillero se convertiría en partido político y para exponer las propuestas de reforma al proyecto de ley de amnistía. Del comando político, presidido por Andrés Almarales, hacían parte Alfonso Jacquin, Augusto Lara, Carlos Emiro Mora, Rodrigo Pérez y Gloria Pizarro.

    Los guerrilleros pedían, entre otras cosas, mayor precisión en el artículo correspondiente a los delitos políticos, pues consideraban que "tal como está podría llevar a equívocos peligrosos que es mejor prevenir para que no quede ningún tipo de liberalidad en la interpretación que tengan que hacer los jueces encargados de ejecutar los mecanismos por medio de los cuales concede el beneficio de la amnistía".

  • 4 DE DICIEMBRE DE 1982

    Guerrilleros salen de La Picota

    Varios integrantes de la columna Antonio Nariño del M-19 que estaban condenados o en proceso de juicio por delitos de rebelión, fueron excarcelados a raíz de la ley de amnistía (Ley 35 de 1982), sancionada por el presidente el 19 de noviembre. Carlos Toledo Plata, Rosemberg Pabón, Carlos Pizarro, Israel Santamaría, Afranio Parra, Luis Otero y Álvaro Fayad, fueron algunos de ellos. A su salida, los líderes guerrilleros, acompañados de familiares y seguidores, se concentraron en la Plaza de Bolívar.

    “Para la extinción de la pena de los condenados en sentencia ejecutoriada, las autoridades en cuyo poder se encuentren los expedientes procederán a enviarlos al respectivo Tribunal Superior, el cual la decretará mediante auto interlocutorio y ordenará poner en libertad inmediata al beneficiado”, rezaba el artículo 4° de la ley al señalar que la amnistía cobijaba a quienes hubiesen sido “autores, cómplices o encubridores de hechos constitutivos de delitos políticos (rebelión, sedición o asonada) cometidos antes de la vigencia de la presente Ley”.

  • 28 DE ABRIL DE 1983

    Muere Jaime Bateman

    La avioneta Piper PA 28, con matrícula colombiana HK 2139P, que había partido en horas de la mañana de Santa Marta con destino al aeropuerto civil de Paitilla, en Panamá, se accidentó sin dejar rastro. En la aeronave, que era piloteada por el exparlamentario conservador Antonio Escobar Bravo, viajaba el comandante guerrillero Jaime Bateman Cayón en compañía de otros integrantes del M-19: Nelly Vivas Rebolledo y José Conrado Marín.

    La búsqueda de la avioneta y sus ocupantes fue exhaustiva y durante meses autoridades de ambos países y miembros del M-19 revisaron por aire y tierra gran parte del Tapón del Darién. Sin obtener resultados, 80 días después de ocurrido el siniestro Álvaro Fayad confirmó en una rueda de prensa la muerte de Jaime Bateman y anunció la designación de Iván Marino Ospina como nuevo comandante del M-19. La aeronave fue encontrada nueve meses después del accidente, en enero de 1984, cerca de Ticantiqui, en la serranía de San Blas, al noroeste de Panamá. El 20 de febrero los restos de los cuatro ocupantes, ya identificados, fueron entregados a sus familiares. Bateman fue enterrado en el cementerio San Miguel de Santa Marta cuatro días después.

  • 25 DE AGOSTO DE 1984

    Firma de los acuerdos de Corinto

    Comandantes del M-19 y delegados de la Comisión de Paz Diálogo y Verificación del gobierno de Belisario Betancur firmaron en Corinto, Cauca, un acuerdo en el que las partes se comprometían a un cese bilateral del fuego inmediato y a la búsqueda conjunta de una salida política al conflicto.

    En el acuerdo, también firmado por el EPL en Hobo (Huila), las guerrillas se comprometían a detener los secuestros mientras el gobierno daba su palabra de investigar las denuncias sobre desaparecidos y acciones de grupos paramilitares. En representación del gobierno frimaron Beranrdo Ramírez, Horacio Serpa y Enrique Santos y del M-19 Iván Marino Ospina, Álvaro Fayad, Carlos Pizarro, Antonio Navarro, Gustavo Arias, Luis Otero, Otty Patiño, Vera Grabe, Germán Rojas y Marcos Chalita.

    Las imágenes muestran un encuentro de guerrilleros y Ejército realizado en Toribío Cauca, el 6 de agosto de 1984, durante una reunión con la Comisión de Paz. Fotos del Noticiero 24 horas.

  • 28 DE AGOSTO DE 1985

    Muerte de Iván Marino Ospina

    Tropas del Ejército, en maniobra conjunta con la Policía y el DAS, realizaron un operativo en Cali contra Iván Marino Ospina quien se encontraban en una casa del barrio Los Cristales, al suroeste de la ciudad. La vivienda fue rodeada en horas de la madrugada y después de un fuerte combate entre las autoridades y el comandante guerrillero, quien se encontraba con un guardaespaldas, Iván Marino Ospina fue abatido. Su hijo Gerardo, menor de edad, resultó herido durante el operativo.

    La muerte del líder guerrillero se dio dos meses después de que el M-19 declarara rotos los pactos firmados en Corinto argumentando hostigamiento por parte del Ejército. “No renunciamos a dialogar, y si el gobierno quiere volver a hacerlo, sabe en dónde buscarnos. Pero ya no queremos hablar sobre tregua ni sobre diálogo. Ahora aceptamos negociar sobre un proyecto político que tiene por eje, naturalmente un nuevo gabinete como el que hemos propuesto nosotros, un gabinete para la paz", aseguro entonces a la revista Semana Gerardo Ardila, uno de los integrantes del M-19.

  • 6 de noviembre de 1985

    Toma del Palacio de Justicia

    A las 11:30 de la mañana un comando guerrillero de la compañía Iván Marino Ospina del M-19 se tomó el Palacio de Justicia de Bogotá, en lo que denominaron la Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre. Tres camiones entraron por la puerta del sótano del Palacio de Justicia con 28 guerrilleros a bordo mientras que un segundo grupo de hombres, que habían ingresado horas antes vestidos de civil, se tomó el primer piso. “Estamos aquí como expresión de patria y de mayorías para convocar a un juicio público contra el gobierno del presidente Belisario Betancur. Lo acusamos de traición a la voluntad nacional de forjar la paz por el camino de la participación ciudadana y la negociación…”, señalaba el comunicado emitido por el M-19 y firmado por Luis Otero Cifuentes, Andrés Almarales, Alfonso Jacquin, Ariel Sánchez, Guillermo Elvecio y José Domingo Gómez.

    La reacción de la Policía y el Ejército no se hizo esperar y de inmediato cercaron el lugar con tropas y tanques para repeler el ataque. La operación de retoma se prolongó por 27 horas y culminó cuando las autoridades ingresaron al Palacio a las 2:20 p.m. del jueves 7 de noviembre. El fatídico hecho dejó un saldo de más de 100 personas muertas - entre ellas 11 magistrados- y 12 más desaparecidas.

  • 13 DE MARZO DE 1986

    Muerte de Álvaro Fayad

    Durante un operativo adelantado por agentes del Grupo de Operaciones Especiales de la Policía en un apartamento del barrio Quinta Paredes de Bogotá, murió el entonces comandante general del M-19, Álvaro Fayad Delgado. En el hecho también murió María Cristina Martá -simpatizante del movimiento y esposa del compositor y cantante Raúl Rosero- quien estaba embarazada.

    De acuerdo con el general Gustavo González Puerto, entonces comandante de la Policía de Bogotá, declaró posteriormente que la ubicación de Fayad fue entregada por teléfono. Los agentes, usando trajes de trabajadores de una empresa de energía, acordonaron el lugar y cerca de las 6:00 p.m. cortaron la luz en el sector e ingresaron al edificio. Tras la muerte de Fayad, Carlos Pizarro, quien entonces se desempeñaba como segundo comandante, asumió la jefatura del movimiento.

  • 29 de mayo de 1988

    Secuestro de Álvaro Gómez Hurtado

    A las 11:50 de la mañana del domingo 29 de mayo, en momentos en que salía de la iglesia de la Inmaculada Concepción, el dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado fue secuestrado por la escuadra Jaime Bermeo del M-19. En el hecho murió Juan de Dios Hidalgo, uno de los escoltas del líder político.

    Al atribuirse el hecho la organización pidió al gobierno iniciar un diálogo nacional y que se pronunciara en contra de la desaparición forzada. Luego de algunos contactos entre delegados del gobierno y del M-19 (uno en Ciudad de México y otro en Ciudad de Panamá) y varias negociaciones en las que monseñor Darío Castrillón ofició como mediador, el 14 de julio se realizó una cumbre en la Nunciatura Apostólica de Panamá en la que los comisionados de ambas partes llegaron a un acuerdo final para la liberación de Gómez Hurtado. El dirigente conservador fue liberado seis días después en el restaurante Mister Rib’s, a dos cuadras de su residencia.

  • 17 DE MARZO DE 1989

    Firma de la Declaración del Cauca

    En el municipio de Santo Domingo, ubicado en Toribío (Cauca), delegados del Gobierno y el M-19 firmaron un primer acuerdo con miras a la desmovilización definitiva del grupo guerrillero. En el documento, denominado Declaración del Cauca, se estableció la creación de una zona neutral (Santo Domingo) en la que el M-19 establecería su comandancia sin que las autoridades pudieran detener a los líderes del movimiento.

    Asimismo, se determinó la instalación de la Mesa de Trabajo por la Paz y la Reconciliación Nacional (cuya sesión inaugural fue el 3 de abril en el Palacio de Nariño) como un instrumento de participación y un escenario de diálogo. Además se acordó designar 13 voceros de la comandancia general que no tenían impedimentos legales para que representaran al movimiento en los diálogos políticos.

  • 8 DE MARZO DE 1990

    Entrega de armas del M-19

    En el campamento ubicado en el municipio de Santo Domingo (Cauca) -también denominado Ciudadela de Paz- y después de 16 años de lucha armada, el M-19 hizo entrega de sus armas a una comisión técnica de la Internacional Socialista (integrada por militares venezolanos, suizos, ingleses y un finlandés), como último paso para la firma del acuerdo de paz definitivo con el gobierno.

    “Podemos decir con satisfacción que nuestras armas nunca fueron intimidantes. Que nuestras armas –de alguna manera- siempre fueron armas acogidas con respeto y con cariño por las mayorías de este país. Pero ha llegado el tiempo de dejarlas. Ha llegado el tiempo de comenzar un camino distinto. Ha llegado el tiempo de convertirnos todos en verdaderos conductores de esta nación” aseguró Carlos Pizarro, comandante general del M-19, minutos antes de entregar su pistola.

  • 9 MARZO DE 1990

    Firma del tratado de Paz

    El M-19, en cabeza de su máximo comandante Carlos Pizarro Leongómez, firma el acuerdo definitivo de paz con el gobierno de Virgilio Barco. El documento fue firmado además por Rafael Pardo Rueda, Consejero Presidencial; Julio Cèsar Turbay Ayala, expresidente de la República y director Nacional del Partido Liberal; Antonio Navarro, Comandante del M-19; Monseñor Álvaro Fandiño, en representación de la Iglesia Católica (como "Tutora Moral y Espiritual del Proceso"); y por Luis Ayala, delegado de la Internacional Socialista, como testigo.

    “Gobierno Nacional, Partidos Políticos y M-19 están conscientes de la trascendencia que para el país tiene la celebración de este acuerdo. Despeja un camino de reconciliación. Afianza unas condiciones para continuar avanzando en el empeño de la pacificación. Ofrece unos procedimientos e instrumentos para implementar soluciones políticas. Muestra, en fin, cómo mediante una voluntad cierta de paz de las partes involucradas, traducida en hechos concretos, se pueden lograr resultados en procura de la convivencia pacífica”, señalaba el acuerdo.

  • 26 DE ABRIL DE 1990

    Asesinato Carlos Pizarro

    Hacia las diez de la mañana del jueves 26 de abril de 1990, ocho minutos después de haber decolado del aeropuerto Eldorado de Bogotá el avión HK1400 de Avianca con destino a Barranquilla, un sicario le descargó una ráfaga de ametralladora al entonces candidato presidencial Carlos Pizarro Leongómez, quien se movilizaba en la aeronave. El sicario, identificado como Gerardo Gutiérrez Uribe, fue dado de baja por uno de los escoltas de Pizarro.

    El capitán del avión pidió a la torre de control que se le permitiera regresar a Eldorado y minutos después aterrizó en una de sus pistas en donde una ambulancia de la Caja Nacional de Previsión esperaba para trasladar al excomandante guerrillero a la sala de urgencia de Cajanal. Una hora después, y luego de ser intervenido quirúrgicamente, Carlos Pizarro murió.

    Once años después la Fiscalía acusó del crimen político a los jefes paramilitares Fidel y Carlos Castaño. Para la época Carlos Castaño, en su confesión al periodista Mauricio Aranguren, ya había admitido que él mismo se había encargado de entrenar al sicario que perpetró el asesinato.

  • 31 de enero de 1991

    Devolución espada de Bolívar

    En una ceremonia realizada en la Quinta de Bolívar, el excomandante del M-19 Antonio Navarro Wolff, devolvió la espada de Bolívar que había sido hurtada 17 años atrás. Al acto asistieron el entonces presidente de la República, César Gaviria, su esposa Ana Milena Muñoz; el Consejero para la Seguridad Nacional, Rafael Pardo, y algunos exmilitantes del M-19 como Otty Patiño, Marcos Chalita, Germàn Rojas, Libardo Parra, María Antonia Velasco y Vera Grabe.

    Laura de Pizarro, excompañera sentimental de Carlos Pizarro, fue la encargada de entregar la espada, de forma simbólica, a los hijos de Álvaro Fayad, Iván Marino Ospina y Jaime Bateman. Después de recibida, el gobierno guardó la espada en un depósito del Banco de la República..

  • 5 DE FEBRERO DE 1991

    Instalación Asamblea Nacional Constituyente

    El 9 de diciembre de 1990, con un abstencionismo del 15%, los colombianos acudieron a las urnas para elegir a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente convocada para redactar una nueva Constitución Política. El Partido Alianza Democrática M-19 obtuvo 19 curules (la votación más alta) que le permitió a Antonio Navarro ser elegido como copresidente de la Asamblea, junto a Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa. La nueva Carta, que reemplazó a la de 1886, fue promulgada el 4 de julio del mismo año, luego de cinco meses de deliberación.

    En las elecciones de 1991, luego de que se disolviera la Asamblea Nacional Constituyente, el M-19 obtuvo 9 senadores y 12 representantes a la Cámara.

El ‘eme’ de Navarro

  • El atentado


    En mayo de 1985 cuando estaba en una cafetería de Cali, Valle del Cauca, fue víctima de un atentado recibiendo una granada que le dañó su habla y su pierna.
  • El secuestro de Álvaro Gómez Hurtado


    El 29 de mayo de 1988 el dirigente Conservador Álvaro Gómez Hurtado fue secuestrado por el M-19, Navarro Wolff realizó las gestiones para la liberación.
  • Días de tortura y años de cárcel


    Antonio Navarro fue torturado durante 21 días y luego trasladado a la cárcel la Picota en Bogotá.
  • La reconciliación en la Asamblea


    El 5 de febrero de 1991 se instaló la Asamblea Nacional Constituyente Álvaro Gómez Hurtado, Antonio Navarro Wolff y Horacio Serpa la lideraban.
  • Devolución de la espada de Bolívar


    En 1991, 17 años después de haber hurtado la espada del libertador Simón Bolívar el M-19 la trajo de regreso a Colombia y la devolvió.

16 años en guerra y 25 en paz

Cuando el M-19 robó la Espada de Simón Bolívar en 1974, Antonio Navarro Wolff decidió entrar a sus filas. Hoy siendo Senador de la República habla de sus tiempos de guerrillero, del proceso de paz que firmaron el 9 de marzo de 1990 con el gobierno Barco y de cómo fue la decisión de dejar para siempre las armas.

Por: Catalina González Navarro

“Yo era estudiante de Ingeniería de la Universidad del Valle desde 1971. Fui presidente del Consejo estudiantil de la facultad y para esa época se hablaba de fraude electoral en 1970 en las elecciones que perdió Rojas Pinilla. Nos dimos cuenta que no se iba a respetar una victoria electoral a nadie distinto del que estaba gobernando y se empezó a hablar de alzamiento armado”. Así recuerda Antonio Navarro Wolff sus primeros acercamientos con el M-19. Después llegó a ser uno de sus principales comandantes y, en 1990, cuando esta organización concretó la paz, fue uno de sus principales artífices.

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Hoy, 25 años después del proceso de paz que terminó 16 años de guerra del M-19, desde su despacho de senador de la Republica recalca que sigue siendo un convencido de los beneficios de la paz y que el ‘M’ le lleva 25 años de ventaja al actual proceso que se da en La Habana. Con voz a media lengua, producto del atentado que sufrió en Cali en mayo de 1985, cuando el proceso de paz con el gobierno de Belisario Betancur ya estaba en un retroceso fatal, Navarro Wolff deja que su memoria reconstruya los hechos que protagonizó en dos vivencias: la de la guerra con todos sus rigores y la de la paz con los máximos riesgos.

“En los años 70 pensábamos cómo nos podíamos alzar en armas. Pero mirábamos las guerrillas que había y no nos gustaba ninguna. Ni las Farc, ni el Eln, ni el Epl. Unos eran pro soviéticos y otros eran prochinos. ¿Si no entendíamos el ruso que íbamos a entender tampoco el chino?”, comenta mientras ríe. “Unos muchachos me buscaron para formar un nuevo grupo. Al principio no les creí mucho, pero luego me entregaron una revista: ‘Comuneros’. En esa época ya Antonio Navarro Wolff ya era profesional, le interesaban los proyectos de desarrollo rural y de hecho comenzó a trabajar en la Fundación Rockefeller.

Sin embargo, el 17 de enero de 1974, cuando vio en las noticias que unos jóvenes que se identificaron como miembros del M-19 habían robado la espada del Libertador Simón Bolívar en Bogotá, inmediatamente se animó y pensó en seguir sus pasos. Recordó a los muchachos que lo habían buscado meses atrás, revisó las revistas que le habían dado y al constatar que los temas de los que se hablaban eran los mismos que proclamaban los que sustrajeron la espada, concluyó: “Yo quiero entrar ahí”. Solo fue viable dos meses después, en marzo de 1974, cuando se despejaron las sospechas de su trabajo con la fundación Rockefeller.

Al principio le dijeron que no se metiera mucho por su estatus dentro de la Universidad del Valle, pues Navarro Wolff ya oficiaba como decano de la Facultad de Ingeniería. Para él la información era restringida. Solo a través de las noticias se enteraba de las acciones militares del grupo subversivo. No supo, por ejemplo, del secuestro del líder sindical José Raquel Mercado. Se enteró de los pormenores el día de su ejecución en abril de 1976. Lo mismo sucedió cuando el robo de las armas de Cantón Norte en Bogotá en 1978. Estaba en Cali cuando le ordenaron recoger unas cosas en la capital del país.

Viajó en un carro Toyota hasta Bogotá y cuando se contactó con su enlace le entregaron 150 armas tapadas con un colchón. Su misión era esconderlas en Cali. Para movilizarlas hasta la capital del Valle, él sabía que en el trayecto solo había un retén de la Policía a la salida de Ibagué. Sin embargo, como eran los días de Navidad y Año Nuevo, esperó a que fueran las 12 de la noche para que la gente estuviera celebrando y el retén no estuviese funcionando. El plan resultó perfecto y, sin ningún problema, llegó con las armas a la capital vallecaucana. Fue su primera acción como guerrillero activo del M-19.

No obstante, después del episodio del robo de las armas del Cantón Norte en Bogotá, como estaba vigente el Estatuto de Seguridad del gobierno de Julio César Turbay, pronto el Ejército llegó a desplegar acciones ofensivas contra el M -19 en Cali. Aunque Navarro Wolff se mantenía en una zona rural, fuera de la ciudad, más exactamente en una escuela guerrillera en la que recibía instrucciones, más temprano que tarde las autoridades descubrieron que el decano de la facultad de Ingeniería ambiental era uno de los guerrilleros. La noticia salió en los periódicos y Navarro no regresó a Cali por temor a ser arrestado.

Se internó en las montañas del Cauca con cuatro personas más. Su primera zona de retaguardia fue la región de Tierradentro. Como sus compañeros de fuga, llegó vestido de civil a la casa de un indígena en el resguardo Moras. Allí descansaron y esa misma noche portó por primera vez el uniforme de insurgente. En su espalda acomodó el morral y su primera arma. Entonces emprendieron un camino empinado que él pensó que podía recorrer en dos horas, pero demoró el doble. A las 12 de la noche salieron y a las 6 de la mañana del día siguiente apenas estaban en la mitad de la loma que buscaban ascender.

A los pocos días el Ejército detectó sus movimientos. El comandante de la Brigada era el general Manuel Jaime Guerrero Paz, pastuso como Navarro, y conocía mejor que él los caminos en las montañas del sur de Colombia. La persecución duró tres meses, pero al mismo tiempo a las filas del grupo guerrillero se fueron sumando indígenas. Cuando el acoso militar se hizo insostenible, Navarro Wolff y los demás avanzaron hacia las selvas del Caquetá, donde el contingente de hombres en armas creció mucho. “Éramos cientos de militantes, pero como siempre sucedió en el M -19, la realidad es que éramos mucha más gente que armas”, refiere el hoy senador de la República evocando sus primeros tiempos en el M-19.

Tiempo después, el comandante de la organización Jaime Bateman Cayón lo citó a él y a otros guerrilleros a una cumbre de la organización cerca al municipio de Tocaima (Cundinamarca) y cuando llegaba a cumplir la cita fue arrestado. Primero fue conducido a la Escuela de Caballería del Ejército en Bogotá, donde fue torturado durante 21 días. En palabras de los militares se trató de una sesión sobre técnicas de interrogación. En la madrugada del que sería el día 22 después del arresto, lo llevaron a la cárcel La Picota en Bogotá. “Ese día me acuerdo que dije: qué bonito, se acabaron estas noches tan duras””, comenta Navarro.

Fue condenado a nueve años y medio de prisión, pero solo permaneció dos años tras las rejas. En primer lugar, en 1981, el gobierno Turbay levantó el Estado de Sitio y perdió vigencia el Estatuto de Seguridad. De esta manera se determinó que la pena máxima para sus conductas era de seis meses. Luego llegó la ley de amnistía en los tiempos de Belisario Betancur y después de salir de la cárcel, Antonio Navarro se devolvió al monte. Esta vez, a la costa del Pacífico. En esa región se mantuvo con 70 miembros más del M-19 pero dotados apenas con cinco armas. Cuando pidieron más dotación, Jaime Bateman les hizo saber que se las enviaría por mar.

Se supone que los fierros debían llegar en lanchas de motor desde Centroamérica, pero nunca aparecieron. En cambio, por estos mismos días a Navarro Wolff le enviaron un mensaje cifrado redactado en máquina de escribir. “Lo amarré de una mata de café y lo desenrollé”. Era la primera vez que tenía que descifrar un mensaje que después asumió con dolor: “Jaime Bateman iba en un avión para Panamá y desapareció hace dos meses. Esa noticia se va a filtrar en los próximos días. Es bueno que la gente sepa y no se desmovilice”. La única reacción de Navarro fue permanecer en silencio y, efectivamente, como a los tres o cuatro días apareció la noticia.

Tras la fatídica noticia de que el hombre que sigue considerando el político más importante de la costa Caribe del siglo XX había muerto cuando apenas empezaba a conocerlo, en vez de pensar en desistir de su militancia en el M-19, se asentó su convicción de continuar en las filas guerrilleras. Entonces se trasladó a Caquetá y empezó a moverse con regularidad hasta el Cauca. Cuando llegó 1984 y los diálogos de paz con el gobierno del presidente Betancur cobraron forma, él fue escogido para encabezar esa negociación. Aunque finalmente no funcionó, si puedo constatar que el entusiasmo por el M -19 crecía en múltiples regiones de Colombia.

Las secuelas de la guerra

Hacia finales de mayo de 1985, cuando desayunaba con otros miembros de la comisión negociadora del M-19 en una cafetería en Cali, Antonio Navarro fue víctima de un violento atentado. “Me tiraron una granada que me costó la pierna derecha y me puso hablar así como hablo ahora. Una esquirla me dañó el nervio hipogloso que controla la lengua. Por eso, literalmente, hablo a media lengua. Casi me muero. Me llevaron inicialmente al Hospital Universitario en Cali y allá estuve dos semanas, pero cuando corrió el rumor de que me iban a rematar, la decisión fue sacarme del país”, recuerda Navarro.

Hoy es enfático en decir que siempre estará agradecido con los periodistas que le enviaron una carta al presidente Betancur pidiendo que lo dejaran salir del país. “Esa carta y la mediación del escritor Gabriel García Márquez, que habló con el gobierno mexicano para que me recibieran allá durante mi tratamiento, me salvaron la vida”, insiste Navarro. En México le amputaron la pierna derecha y le hicieron una prótesis que hoy sigue usando. Estuvo cuatro años en el exterior y cuando se recuperó viajó a Cuba, Panamá, Costa Rica y Europa haciendo diplomacia guerrillera y buscando recursos para el M-19.

A principios de 1989, cuando empezaban a cobrar forma las negociaciones de paz con el gobierno de Virgilio Barco, la disposición para Navarro fue que llegara hasta el Tolima para reunirse con los delegados del gobierno y con el entonces máximo comandante de la organización, Carlos Pizarro Leongómez. El Ejecutivo se negaba a permitir el acceso de Navarro y solo hasta noviembre de ese año pudo hacerlo. “Me disfracé de cura, pasé uno a uno los retenes y llegué hasta el campamento del M -19”, refiere Antonio Navarro, quien a partir de ese momento se convirtió en un personaje clave de las negociaciones de paz.

“Firmamos la paz el 9 marzo de 1990 y al otro día fundimos las armas. Eso me tocó a mí. Yo mismo las llevé a la Siderúrgica del Pacífico en Yumbo (Valle). Eran más de mil armas y las fundimos en lingotes de acero. Fueron unas siete toneladas que algunos de los ex M-19 aún conservamos. Nosotros no nos rendimos, lo que hicimos fue un acuerdo de paz que llevó a la destrucción de las armas en presencia de tres generales extranjeros que ya estaban retirados”, sostiene hoy, 25 años después, calculando que más o menos, ese día unas 3.000 personas que conformaban el M-19 dejaron para siempre las armas.

Lo curioso es que ese mismo 9 de marzo de 1990, mientras sus compañeros del M-19 entregaban las armas en Santo Domingo (Cauca), él fue a cumplir otra misión, hasta hoy desconocida. Se fue a llevar a Pasto los huesos del líder indígena de los tiempos de la Independencia, Agustín Agualongo, que también tenía en su poder el M-19. Tres años atrás, el mismo Navarro Wolff con un grupo a su mando, los habían sustraído de la capital nariñense. Al devolver los restos y firmar la paz cambió para siempre su vida. Cumplida su misión viajó a Bogotá con Carlos Pizarro y firmó oficialmente la paz con el presidente Virgilio Barco en la Casa de Nariño.

Sin embargo, apenas habían transcurrido 46 días después de la firma de los acuerdos de paz cuando asesinaron a su compañero de lucha, Carlos Pizarro Leongómez, en un vuelo comercial con destino a Barranquilla. En ese momento se llegó a pensar que el proceso de paz se iba al traste, pero en una decisión histórica, Navarro Wolff tomó las riendas de la organización, pidió sepultar en paz al comandante Pizarro, y reclamó apoyo a la negociación concluida. “La mitad de la gente del M-19 se quería devolver al monte y decía que todo el que firma la paz lo matan”, recuerda Navarro, pero se abrió camino su convicción por la paz.

“Cuando mataron a Pizarro sentí mucha rabia y pensé que yo sería el siguiente. Es más, empezaron a llegar sufragios que decían “tan bueno que era ese flaco y ya está muerto””, rememora Navarro. Pero con visión histórica entendió que el camino correcto era asumir la candidatura presidencial y seguir adelante con la paz. En las elecciones presidenciales el ganador fue el liberal César Gaviria Trujillo, quien había tomado las banderas de Luis Carlos Galán, asesinado en agosto de 1989. En un gesto de reconciliación, el nuevo gobierno ofreció el ministerio de salud al M-19 y el escogido para ejercerlo fue Navarro.

Durante tres meses cumplió gestiones como ministro, pero como se impuso la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente para reformar la Carta Política que regía en Colombia, dejó el gobierno y salió a las plazas públicas a liderar una lista de la Alianza Democrática M-19 para hacer presencia en un escenario diseñado para la reconciliación nacional. El 9 de diciembre de ese 1990, la AD M-19 obtuvo el 28% de los votos, fue la lista más votada. Eso le permitió ejercer como uno de los tres presidentes de la Constituyente, junto al dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado y el político liberal Horacio Serpa Uribe.

El liderazgo y la unidad de los constituyentes de la AD M-19 fue determinante para el fortalecimiento democrático y participativo alcanzado en la Carta de 1991, tanto en la Asamblea como en el denominado Congresito. No obstante, como los delegatarios quedaron inhabilitados para postularse al nuevo Poder Legislativo que se integró después de la reforma constitucional, Antonio Navarro Wolff quedó por fuera del escenario político directo. Sin embargo, esa circunstancia no fue óbice para que persistiera en su accionar político y volvió a ser candidato presidencial en las elecciones de 1994.

Fue un momento difícil. Apenas alcanzó 219.240 votos, lejos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana, y lo que es peor, la sólida bancada de la AD M-19 en el Congreso se diluyó por completo. Sólo ganó una curul en la Cámara con la dirigente Janeth Suárez. Entonces vino la dispersión. La mayoría de ex combatientes del M-19 migraron a diversas actividades en el periodismo, la cátedra o la defensa de los derechos humanos. Otros ocuparon cargos diplomáticos en el exterior. Antonio Navarro supo reinventarse y en 1995 salió electo alcalde de su ciudad natal, Pasto, donde se destacó como un excelente administrador municipal.

Y como la política es cambiante y de nuevas oportunidades, en 1998 vino la revancha. Desde el nuevo movimiento Vía Alterna, se postuló a la Cámara de Representantes y salió elegido, lo mismo que su ex compañero de armas y también aventajado político, Gustavo Petro Urrego. Los dos cumplieron una notable labor como legisladores. La prueba es que en las elecciones de 2002 repitieron curules y Navarro pasó al Senado. Fueron días de intensa actividad política como opositores del gobierno de Álvaro Uribe, y ambos fueron cruciales para la creación del Frente Social y Político, que después pasó a llamarse Polo Democrático Independiente.

En 2006, Navarro perdió la nominación del Polo a la candidatura a la Presidencia de la República con Carlos Gaviria Díaz, pero Gustavo Petro llegó al Senado. La voz de dos ex guerrilleros del M-19 siguió vigente en la política nacional. Petro se transformó en un dirigente nacional de grandes debates públicos, entre ellos la denominada parapolítica y el carrusel de la contratación en Bogotá, mientras que Antonio Navarro volvió a su terruño a finalizar tareas administrativas y fue electo gobernador de Nariño para el periodo 2008-2011. Ambos evolucionaron sus discursos y gestiones y hoy siguen activos en la política colombiana.

Después de ser candidato presidencial en 2010, con su movimiento Progresistas Gustavo Petro salió elegido alcalde mayor de Bogotá en 2011. Navarro terminó su labor en Nariño, por algunos meses acompañó a Petro en calidad de Secretario de Gobierno y en 2014 regresó al Senado de la República, esta vez en las toldas del Partido Verde. Aunque desde orillas políticas distintas, no cabe duda que siguen siendo líderes a tener en cuenta en el país. Hace 25 años entendieron que el momento de la guerra había concluido y su apuesta por la paz sigue tan vigente como lo asumieron un 8 y 9 de marzo de 1990.

“Nosotros sabíamos mucho de cómo hacer la guerra y la paz, pero no mucho de cómo enfrentar la política tradicional. Por eso mantener vigencia en el sistema electoral colombiano fue muy difícil. Aun así, Gustavo Petro y yo hemos tenido la suerte de lograrlo”, expresa Antonio Navarro, quien desde su despacho en el Senado, sabe hoy más que nunca que apostar a la paz fue y sigue siendo la decisión correcta. Sólo que este dirigente nariñense tiene otra convicción adicional de la cual se siente orgulloso: “Nosotros nos dimos cuenta de eso hace 25 años. Orgullosamente les llevamos 25 años de ventaja a los que ahora negocian la paz”.

Otty y Vera, dos militantes emblemáticos

Otty Patiño y Vera Grabe, hablan sobre sus años de lucha y las lecciones que les dejó la negociación que finalmente derivó en la dejación de armas.

M-19 una estela de paz

El momento quedó sembrado en la memoria de los que lo vivieron. Carlos Pizarro, con sombrero blanco de cazador furtivo, pronuncia el discurso con el que cierra más de una década de enfrentamientos, audacias y locuras desde que hacía parte del M-19.

Por: Erick Camargo Duncan / Especial para El Espectador

A pesar de sus años de lucha, su actitud en ese momento era la de los hombres esperanzados que desconocen la omnipresencia de la muerte. Un mes después se subía a un avión rumbo a Barranquilla, siendo candidato presidencial por el ya legalizado movimiento, y no saldría jamás de él después de recibir tres balazos por cuenta de un muchacho que pretendía, con el dinero que se le pagara por el asesinato, se le comprara una casa a su mamá. El papel con esta intención lo encontraron en el interior de uno de sus zapatos luego de morir como consecuencia de la reacción inmediata de los agentes que esa mañana acompañaban a Pizarro. El entierro del comandante en jefe del M-19 fue uno de los más emotivos de los que se tenga memoria, miles de copartidarios, gente del común, trabajadores y lustrabotas se aglomeraron en la plaza de bolívar para despedir al revolucionario más atractivo de todos los tiempos, según el comentario de las mujeres que llegaron a verlo.

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El M-19 había surgido en el que puede ser, quizá, el contexto más convulsionado de la historia de Colombia. Las organizaciones civiles y populares se hacían sentir y crecían con el pasar de los días en medio de un endemoniado periodo de represión estatal y de la implementación de políticas de libre comercio que, desde entonces, golpearon al eslabón más débil de la sociedad, lo que le aseguró el favor de los corazones. Sus fundadores, Jaime Bateman Cayon y Álvaro Fayad habían sido expulsados del partido comunista y de la incipiente guerrilla de las Farc señalados de vanguardistas y, con paradoja, anticomunistas.

Podría decirse que desde su fundación decidieron alejarse de la concepción de le guerra que proclamaban las guerrillas de entonces y decidieron concentrar sus acciones en las ciudades, a plenos luz del día, con una ingenuidad que al día de hoy rebasa los límites de la sorpresa. Bateman decidió que la naciente organización debía concentrarse en dar golpes de gracia, simbólicos, que quedaran amarrados al imaginario colectivo por la audacia que los acompañaba. De entrada invirtieron en una campaña de expectativa que no permitía vislumbrar su objetivo; fueron varios los periódicos que, en su sección de clasificados, llegaron a publicar anuncios en los que se leía: “¿Falta de energía, inactividad?, espere, M-19”, o bien, algo más parecido a un purgante, “¿parásitos, gusanos?, espere, M-19”.

Casi todos sus integrantes eran gente de clase media, con buen nivel educativo y las ganas de cambiar el escenario político de Colombia. Desde la mirada que con el tiempo se ha hecho sobre el grupo, los académicos y la mayoría de especialistas se decantaron por la conclusión de que el M-19 nunca tuvo un programa político definido, sin embargo después de la toma de la embajada dominicana, que terminó en la creación de los pasatiempos más insólitos entre guerrilleros y rehenes que alguna vez se haya visto, como la creación de improvisados reinados para elegir a la guerrillera más bonita, fue precisamente el M-19, en cabeza de Jaime Bateman, el primer grupo en proponer la realización de un dialogo de paz como salida a la confrontación, un dialogo que Bateman, con humor caribeño, denominó “sancocho nacional”, y cuyo referente y consecuencia más cercana terminó siendo la constituyente de 1991.

Era otra época, otros años, otro imaginario. El M-19 no solo se ganó con el tiempo la simpatía de las clases más golpeadas, de los obreros, de los campesinos, si no que logró aglutinar entorno suyo a los artistas, los intelectuales y los profesionales. Baste decir que el hombre que más persiguió a Jaime Bateman cuando era el hombre más buscado de Colombia, el entonces General y jefe del Das Joaquín Matallana, le confesó muchos años después a Patricia Ariza la admiración que, en medio de la guerra, siempre sintió por Bateman. Hubo episodios que hoy hacen parte de un curioso anecdotario nacional, como el secuestro de Pacheco en el que por varias horas y tomando whiskey, Bateman intentó convencerlo de ser portavoz de una propuesta de paz para el gobierno o lo que dijo Fals Borda, también en entrevista con Ariza, que Bateman había humanizado la guerra por el simple hecho de ser costeño, solo comparable a los generales de las guerras civiles del siglo XIX que llegaban borrachos a los combates y perdonaban a sus prisioneros.

Cuando uno de los integrantes de la organización cometía una falta, se le daba la posibilidad de defenderse y la medida más radical que se adoptaba entonces era la marginación y expulsión total del grupo, de esta manera tomaron distancia de las formas de enjuiciamiento de la mayoría de las guerrillas. La literatura académica también encontró formas particulares de reclutamiento en el caso del M-19 pues, todo consistía en convencer a la gente en medio de fiestas porque, creían, los lazos que creaba el baile y el disfrute eran únicos e indestructibles; la revolución se volvió sinónimo de mamadera de gallo y de gozadera.

Después del accidente para siempre misterioso en el que murió Bateman, una estela de muerte sacudió al movimiento con las fuerzas de un terremoto y perdieron la audacia de sus acciones más notables. El descuido en los acuerdos que emprendió el gobierno de Betancur y las tensiones que se generaron a partir de él, hicieron el resto, el M-19 decidió tomarse el Palacio de Justicia para hacerle un juicio político al presidente, con las tristes consecuencias que hoy conocemos. El referente más cercano de la operación, a ese nivel, fue el golpe sandinista en el año 78, que culminó con éxito y sin muertos, y que se dio cuando un grupo de guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional se tomó la cámara de diputados, un edificio viejo con más de tres mil personas en su interior, para reclamar la libertad de los presos políticos en el periodo de Somoza. Los zarpazos que después recibiría el M-19 cargarían la letalidad de un cataclismo, uno a uno serían asesinados sus hombres más notables, los que cargaban el ideario político. Toledo Plata, médico de profesión y guerrillero por convicción, fue asesinado en Bucaramanga un mal día de agosto en el que se dirigía a su consultorio, ya reintegrado a la vida civil en el marco de las conversaciones que se llevaron a cabo con el presidente Betancur. Iván Marino Ospina murió tras una hora de enfrentamiento, con su guardaespaldas, con una cuadrilla de agentes que lo sitiaron en la casa en la que se quedaba, en Cali y la misma suerte corrió Álvaro Fayad después en Bogotá, en un enfrentamiento solitario con una tropa que lo alejó para siempre de lo que quiso como destino natural, morir de ulcera.

A pesar del sino trágico que acompañó al M-19 hasta el final de sus días, lograron concretar el tan anhelado acuerdo de paz y el espacio de participación que siempre buscaron. A sus fundadores y líderes principales, como Bateman, Toledo y Pizarro, no les alcanzó la vida para ver el componente social de la naciente constitución, la adquisición y elaboración de los derechos económicos, sociales y culturales que desde entonces nos acompañan, por lo menos en el papel.

“La negociación tiene el nombre de Carlos Pizarro”

25 años después de haber participado en el hecho histórico que llevó a la firma de un acuerdo final con el M-19 para acabar con 16 años de lucha armada, Rafael Pardo Rueda habla de su experiencia como negociador del Gobierno en el primer proceso de paz exitoso que se dio en Colombia.

Por: Steven Navarrete Cardona

En 1988, después de dirigir el Plan Nacional de Rehabilitación del presidente Virgilio Barco, el economista Rafael Pardo Rueda fue nombrado Consejero Presidencial para la Paz con el propósito de que ayudara en la consolidación de procesos de negociación con los grupos armados ilegales. Su trabajo fue determinante en el marco de las conversaciones con el M-19, en cabeza de su máximo comandante Carlos Pizarro Leongómez, que culminaron con la firma de un acuerdo de paz y la dejación de armas por parte del movimiento guerrillero.

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¿Cuál fue su papel en el proceso de negociación con el M-19?

Trabaje desde el principio en el Plan de Renovación como consejero de Paz, lo primero que hicimos fue formular una política que se llamaba ‘Iniciativa para la Paz’ que se planteó públicamente. El M-19 era uno de los grupos que estaba en ese momento en actividades en el país y con dicho grupo se desarrolló el proceso durante un año.

¿Cómo fue la dinámica de los encuentros?

Los primeros dos encuentros con el M-19 fueron en el departamento del Tolima con el jefe del movimiento, Carlos Pizarro, y con delegados de la organización. En la primera reunión estaban los representantes de las Farc, la hija de Jacobo Arenas. Como la negociación era con el M-19 no participaron en las reuniones pero estaban en el sitio básicamente como observadores. Después de la segunda reunión el M-19 se trasladó a la vereda Santo Domingo, en el departamento del Cauca, en donde se realizaron todos los encuentros de 1989.

¿Qué recuerda de Santo Domingo?

Santo Domingo queda cerca al páramo, es una zona muy alta sobre el río Palo, su geografía se asemeja a un pequeño valle que tiene presencia muy importante de Palmas de Cera y cuenta con un pequeño poblado. Ese valle era la zona de concentración. En la parte externa había puestos del Ejército, al igual que sobre la carretera. Ahí estaba la concentración de toda la fuerza del M-19. Posteriormente se abrió otro lugar de concentración en el Huila, para otros grupos del M-19. Era una vereda muy pequeña, con no más de 20 casas.

Durante su papel como emisario de paz del gobierno, tuvo un contacto constante con Carlos Pizarro, entonces máximo líder del M-19. ¿Cómo fue el proceso de negociación con él?

Era un tipo muy franco, muy inteligente y carismático con mucha claridad de los problemas del país. Era muy fácil conversar con él. Tenía unas posiciones muy firmes con la característica fundamental de que no tenía dogmas, tenía claro cuáles eran los puntos que quería, pero a su vez contaba con una gran flexibilidad a la hora de aproximarse a los temas, lo que facilitó muchísimo la negociación. Creo que fundamentalmente la negociación tiene el nombre de Carlos Pizarro.

¿Había una disposición por parte de los miembros del M-19 a hacer concesiones para llegar a un acuerdo durante la negociación?

Como había una propuesta previa del gobierno, existía un marco de acción sobre el cual actuar. El M-19 hizo unas propuestas adicionales para el marco de la negociación en las que planteaba convocar al resto de las guerrillas a los diálogos, cosa que se hizo pero en ese momento no tuvo éxito. Posteriormente tuvo desarrollos con el EPL y el gobierno tenía el planteamiento de cómo hacer la negociación. Creo que fue un proceso de construcción y lo que aportó el M-19 al modelo de negociación fue muy positivo.

En 1989 Colombia vivía uno de los años más trágicos de su historia y el Estado afrontaba una cruenta guerra con paramilitares y narcotráfico. ¿Cómo fue negociar en una época tan compleja?

Fue un periodo muy crítico por cuenta del incremento del narcoterrorismo. Fue el año de asesinatos como el de Luis Carlos Galán, el Coronel Valdermar Franklin Quintero, de jueces, magistrados y en el país se vivía un contexto muy complejo. La negociación era como un pequeño espacio, aunque yo diría que con poca credibilidad de muchas personas pues existía el antecedente del fracaso rotundo de la negociación con el gobierno de Belisario Betancur. Sin embargo, se convirtió en una ventana de esperanza en medio de toda la tragedia del terrorismo que había en el país. Termino siendo una expresión que el M-19 canalizó en un país en el cual había magnicidios, terrorismo, carros bombas, amenazas. Esa ventana hacia la paz fue algo que la gente recompensó electoralmente, por ejemplo Navarro a la cabeza del AD-M-19 sacó la tercera votación en las elecciones presidenciales y superó en votación al candidato del partido Conservador.

¿Cómo se llevó a cabo el cese al fuego?

El cese al fuego fue en la zona de concentración, no a nivel general. No era el ‘Caguán’, era una zona muy pequeña. Por supuesto ningún cerco es perfecto, pero el Ejército tenía puestos de control en la zona y existían protocolos de comunicación muy específicos entre los puestos del M-19 y los puestos del Ejército.

¿Se pensó en un programa de verificación del proceso de desarme para que los combatientes no regresaran a la guerra?

Eso nunca fue un tema. Incluso con el asesinato de Pizarro, Antonio Navarro señaló por televisión que el M-19 seguía en la paz. Nunca fue tema sobre el cual hubiera prevención. La principal preocupación era sobre la seguridad de los desmovilizados del M-19 pues en un país que tenía esos niveles de asesinatos políticos, de magnicidios, además de la incidencia de los paramilitares y de la mafia, el tema de seguridad era bien importante e infortunadamente Pizarro fue asesinado un mes después de haber firmado la paz.

¿Hubo momentos o situaciones específicas que hicieron tambalear el proceso?

Se presentaron dos situaciones. En algún momento en Bogotá (abril de 1989), por motivos por fuera del plano político, un policía asesino a Afranio Parra uno de los miembros de la cúpula del M-19. Eso dio pie a una crisis muy compleja, porque si bien no había cese al fuego por fuera de Santo Domingo la idea tampoco era que se buscara asesinar a las persona en la calle. El asesinato de Afranio no fue una política del gobierno y el policía no estaba siguiendo instrucciones.

¿Y cuál fue la segunda?

La situación más crítica se dio al final, con los temas políticos que se habían negociado con los partidos y que estaban incluidos en una reforma constitucional que presentó el presidente Barco. Sin embargo, en el penúltimo debate, algunos amigos de los carteles de la droga introdujeron en la reforma la convocatoria a un referendo sobre la extradición. Todo eso se dio durante los momentos más duros del narcoterrorismo: el atentado del avión de Avianca, la bomba a la sede del DAS, etc. El gobierno, consideró que un referendo en esas condiciones era una carnicería, como dijo el entonces ministro de Gobierno, Carlos Lemos, por eso prefirió que el Congreso lo hundiera. Y ahí quedó lo que se había hablado con el M-.19. Hoy pueden parecer temas menores, pero se había acordado algunos puntos necesarios con los partidos: la forma de establecer el tarjetón electoral que en ese tiempo no existía, permitir la televisión en las campañas políticas y un mecanismo de acceso al Congreso para quienes dejaran las armas, como una especie de favorabilidad política. Hoy se llamaría cifra repartidora para acceder al Congreso y con curules adicionales. El componente político que estaría en una reforma constitucional se cayó cuando ya estábamos en la última etapa del proceso. Finalmente el M-19 siguió adelante con el proceso de desmovilización.

¿Cómo recibieron la noticia del asesinato de Carlos Pizarro?

Afectó mucho tanto al gobierno nacional como a nivel personal. Pero Antonio Navarro mantuvo una línea de paz fue reconocida en las elecciones como la línea correcta.

Una anécdota que recuerde de sus conversaciones con Antonio Navarro

Estuve varias veces en México dónde me reuní con algunos de los dirigentes del M-19 que vivían fuera del país y allí estaba Antonio Navarro, quien para ese entonces era menos optimista que Pizarro en la negociación -para calificarlo de alguna manera-. Durante una visita a México Navarro me dijo “bueno, ¿por qué no me ayudan a entrar a Santo Domingo?”. Le respondí que no veía posibilidad alguna: “¿cómo vamos a llevarlo desde México hasta allá?”. Tiempo después cuando volví a Santo Domingo quien me recibió fue Navarro. Me dijo “aquí estoy, me vine sin permiso”.

¿Por qué cree que la Alianza Democrática M-19 no trascendió como una fuerza política mayor a través de los años?

En la Asamblea Nacional Constituyente las fuerzas más importantes eran no partidistas, eran el M-19 y el movimiento de Salvación Nacional y de alguna manera algunos temas de la Constitución fueron hechos a idea y semejanza de dichos movimientos. La circunscripción nacional, por ejemplo, fue hecha pensando en favorecer a los movimientos fuera de los partidos políticos tradicionales, como ocurrió en la Constituyente. Pero los partidos aprendieron la lección y en las elecciones posteriores ganaron de nuevo los liberales y los conservadores. Las fuerzas distintas no tuvieron gran representación y el Congreso quedó dominado en un 80% por partidos tradicionales. Entonces el boom del M-19 no tenía un escenario para continuarse. No lo tuvo en el Congreso posteriormente y después de las elecciones del 94 le fue muy mal. Por esos sus líderes tuvieron que reinventarse en otros movimientos y en otros sectores como Antonio Navarro, Gustavo Petro y Vera Grabe. Algunos abandonaron la política, pero fue un momento muy especial que tuvo un movimiento fuera del establecimiento político. Ahora yo creo que merece investigación aparte analizar por qué no se expresó ni se consolidó.

¿Cuáles son las enseñanzas que puede dejarle el proceso de paz con el M-19 al que se desarrolla actualmente en La Habana con las Farc?

Siempre he dicho que no es comparable. Eran momentos muy distintos; para empezar el país tenía una Constitución distinta, estaba dentro de la guerra fría y por supuesto las guerrillas eran también distintas. De esa época a hoy han pasado 25 años de tráfico de drogas por parte de las guerrillas, de degradación de la guerra, de desplazamiento de millones de personas, unos niveles de atrocidad casi que cotidianos. Los guerrillero del M-19 no eran unos ángeles, venían de la toma del Palacio de Justicia y de cometer el primer asesinato de un dirigente sindical –el de José Raquel Mercado-, pero tenemos 25 años más de atrocidades, entonces no es comparable.

“Nunca supimos cómo hacer un partido”

Arjaid Artunduaga, uno de los miembros fundadores del M-19 habla de la forma en la que se desarrollaron las negociaciones entre el grupo guerrillero y el gobierno -que culminaron con la dejación de armas y la firma de un acuerdo de paz- y de la razón por la cual el partido político Alianza Democrática terminó por disolverse.

Por: Marcela Osorio Granados

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Desde finales de 1972 Arjaid Artunduaga tenía claro que su vida estaría encaminada hacia la movilización política. Era una época de convulsión política y de inconformismos sociales y Artunduaga encontró que, como él, existían cientos de jóvenes que buscaban opciones y planteaban debates sobre la necesidad de un cambio en el sistema democrático colombiano.

Fue en la época en la que se unión con Jaime Bateman, Álvaro Fayad, Carlos Pizarro, Luis Otero, Gustavo Arias, Rosemberg Pabón para constituir un grupo clandestino que denominaron Comuneros y a través del cual fueron descubriendo la posibilidad de consolidarse como un movimiento mucho más sólido. Así nació el M-19.

Más de 40 años después de su constitución, Artunduaga, uno de sus miembros fundadores, habla de su paso por el movimiento guerrillero, de las negociaciones que se adelantaron con los gobiernos de Belisario Betancur y de Virgilio Barco, y del proceso de paz con el que se dio fin a 16 años de lucha armada.

¿Cómo surgió el M-19?

Con Jaime Bateman, Álvaro Fayad, Carlos Pizarro, Luis Otero, Gustavo Arias y Rosemberg Pabón, resolvimos ser una organización que luchara frente a la ilegalidad del régimen que le había robado las elecciones al pueblo el 19 de abril de 1970 cuando el señor Carlos Lleras Restrepo, como presidente de la República, se robó las elecciones y le entregó el “triunfo electoral” a Misael Pastrana Borrero en contra de Gustavo Rojas Pinilla, que era el candidato que había ganado en franca lid. Recordando ese fraude, esa afrenta a la voluntad popular, es que optamos por llamarnos Movimiento M-19, ya para enero de 1974. Es cuando convertimos a Bolívar en nuestro ícono y guardián pues considerábamos que su lucha estaba inconclusa y todavía tenía vigencia. Por eso recuperamos la espada.

¿Cuál era el propósito inicial del movimiento?

Cualquier organización política que se constituya y que no esté en el poder, propende por el poder. Esa es la esencia de la lucha política, entendido en el mejor de los sentidos. El M-19 fue una organización revolucionaria y nacionalista pues creíamos que había que reivindicar

nuestra condición nacional. Una organización que buscaba la democracia y la paz como un anhelo colombiano. Porque en Colombia no existía democracia, aquí los partidos tradicionales -el Liberal y el Conservador- se alternaban el Ejecutivo. Era muy aberrante la exclusión, el desconocimiento, el autoritarismo de la élite en el poder y por eso el M-19 buscaba luchar por una sociedad incluyente, democrática, que se reconociera a sí misma.

Con el paso del tiempo fuimos madurando, descubriendo que aquí no había justicia social e hicimos de ella uno de nuestros fundamentos. Luego, en 1980, Jaime Bateman puso sobre la mesa la necesidad del diálogo como una vía para resolver el conflicto en Colombia.

El primer intento de negociación fue en 1984 cuando se concretaron los acuerdos de Corinto ¿cómo fue ese proceso?

Se decretó una amnistía y producto de eso varios de los comandantes que estábamos presos salimos de la cárcel. Yo duré cerca de cuatro años y medio en prisión porque me tocó todo el proceso del consejo de guerra. En Corinto insistimos ante el gobierno de Belisario Betancur en la necesidad de dialogar, de que se cumpliera el acuerdo al cual habíamos llegado que permitió la amnistía. Se establecieron unas mesas de diálogo y nosotros sacamos a unos compañeros a la legalidad para que entablaran relación política de diálogo con la comunidad. Pero la respuesta del fue comenzar a matar gente. Corinto fue la máxima expresión de la existencia del acuerdo político donde tomamos la determinación de que no nos íbamos a echar bala, pero incluso media hora antes de que se firmaran los acuerdos, cuando iba llegando a Corinto, Carlos Pizarro fue agredido e intentaron matarlo. A pesar de todo nosotros insistimos y firmamos un acuerdo.

En Corinto, y en el Hobo (Huila), hacemos por primera vez una tregua para dialogar, pero esa tregua fue violada por el gobierno. Belisario no cumple los acuerdos y eso va degenerando y torpedeando la voluntad que teníamos nosotros, hasta que llega un momento en que no podemos aguantar más porque el Ejército comienza a agredirnos y tenemos que defendernos. Hubo un combate en el municipio de Yarumales, Cauca, que duró 21 días, ahí fue donde se rompió todo.

Belisario se entregó de brazos y piernas al sector más oscuro de la sociedad, liderado por el aquel entonces ministro de Defensa Miguel Vega Uribe, que había sido un torturador reconocido mientras estuvo en el gobierno de Turbay Ayala, cuando era el director de la Brigada de Institutos Militares, que era la que manejaba la inteligencia.

Producto de la ruptura de los acuerdos de Corinto es que el M-19 decide tomarse el Palacio de Justicia. Ustedes querían hacerle un juicio público al presidente para reclamarle por haber incumplido lo pactado pero todo derivó en lo que conocemos como el holocausto ¿Por qué se dio esa tragedia?

Visto desde hoy yo diría que fuimos ingenuos, que equivocamos el análisis que nos llevó a la toma del Palacio de Justicia. Creíamos que aquí todavía funcionaba la tripartición de las ramas del poder público: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Pero resulta que Colombia

siempre ha sido un régimen presidencialista. La segunda gran equivocación fue crear que la Ley existía. Creer que iba a haber un juicio fue inocente. Además todavía creíamos que en ese régimen el presidente era muy importante, y en esa oportunidad descubrimos que los que realmente mandaban en este país eran los de la élite militar.

Teníamos el antecedente de la toma de la Embajada de República Dominicana y creímos que se podía negociar. Sabíamos que lo normal era que hubiera muertos, pero nunca pensamos que íbamos a terminar en el holocausto. Incluso dentro de las especulaciones que hacíamos de cómo terminar la toma del Palacio, Álvaro Fayad, entonces comandante de la organización, tenía planeado que después de dialogar 8 o 10 días, íbamos a pedir unos helicópteros que en la azotea del Palacio y luego nos iríamos con los magistrados al Cauca para soltarlos allá. Pensábamos que si se había podido negociar con Turbay cuando lo de la embajada, que era un hombre fuerte y duro, por qué no se iba a poder con Belisario.

Elegimos el Palacio porque de acuerdo con la Constitución del 86, el juez natural del presidente era la Corte Suprema. Nosotros llevamos el texto de una demanda en donde le decíamos a Belisario que no había cumplido los acuerdos de paz y que por eso lo demandábamos ante la Nación.

Fuimos ingenuos y la cosa se desbordó. El Palacio terminó en un holocausto. Hicimos un daño enorme y nos hicimos un daño enorme a nosotros. Nos tocó durante cinco años cargar con esa cruz, con ese lastre, porque es muy difícil de explicar. Si algo tuvimos nosotros durante 16 años fue que siempre cuando cometíamos errores los asumíamos, eso nos hizo distintos, no nos daba pena decir nos equivocamos. Bateman nos enseñó eso. Pero el Palacio tenía, como todos los caminos al infierno, todas las buenas intenciones de recuperar la paz y el diálogo, pero derivó en una masacre.

A nosotros no nos pueden decir que asesinamos a nadie. Murió gente producto del enfrentamiento pero nuestra decisión no fue nunca asesinar a nadie. Varios compañeros salieron vivos de ahí y no aparecen, como no aparecen los civiles.

¿Qué pasa con el M-19 después de la toma del Palacio de Justicia?

Quedamos golpeados, vueltos nada, con una culpa grande. A Álvaro Fayad, creo yo, eso lo disminuyó, se puso muy mal y a los pocos meses cayó muerto en el barrio Quinta Paredes. Después de su muerte quedamos sin jefe, automáticamente quien asume es Pizarro y con él duramos en la búsqueda de ver qué podíamos hacer, buscando el rumbo. Lo encontramos en 1987, dos años después, durante una reunión en el Cauca, Tierraadentro, que llamamos la Primera Conferencia Militar del M-19, de ahí sale la consigna “Paz a la Nación, guerra a la oligarquía y tregua a las Fuerzas Armadas”. Con esos tres eslóganes es que decidimos secuestrar Álvaro Gómez. Estábamos convencidos de que él era el más digno representante de la oligarquía recalcitrante. Hacemos el operativo buscando de nuevo recuperar el diálogo que habíamos perdido luego de lo del Palacio, porque ya nadie creía en nosotros y éramos conscientes de eso. Estábamos sin cinco, sin discurso, pero no estábamos derrotados.

El secuestro de Gómez Hurtado nos pone de nuevo en el escenario público. No lo hicimos ni para matarlo, ni para hacerle un juicio, sino como un mecanismo de presión a la oligarquía para decirle “nos vamos a seguir matando hasta el último de los días o paremos y hablemos”.

Ahí arranca el gobierno de Virgilio Barco, se la pilla y nos cogen la flota. En 1988 arrancan los diálogos entre el gobierno y el M-19. Pizarro se consolida como jefe, era un hombre que tenía toda la autoridad política, militar y humana, su mando era indiscutible, y fue llevando a la organización poco a poco. Se fue convenciendo y nos fue convenciendo a todos de que la solución era dialogar, ampliar la democracia, llegar a una amnistía. Queríamos incorporarnos a la vía legal.

Cómo llegan a la determinación de agruparse en Santo Domingo

Las primeras reuniones se hacen en el Tolima, ahí se define que la vereda de Santo Domingo, en Cauca, que conocíamos muy bien, iba a ser el lugar en donde nos íbamos a concentrar para hablar. Pactamos un cese al fuego que el Ejército respecto, los mandos generales entendieron políticamente la cosa y los militares protegieron esa paz. Determinamos ubicarnos en Santo Domingo y decidimos que no íbamos a salir de ahí, que no íbamos a comerciar armas. El Ejército tenía todo el control de las zonas aledañas y eso fue un logro desde el principio. En el desarrollo de las negociaciones el gobierno fue asumiendo un compromiso cada vez mayor.

¿Cómo se da finalmente el paso hacia la dejación de armas?

Eso no fue un camino color rosa. La amnistía fue derrotada en diciembre en el Congreso. Pizarro presionó, se la jugó a fondo e incluso salió de Santo Domingo, sin ningún salvoconducto, para tratar de buscar una solución. Asumió el riesgo total.

También fue difícil encontrar un camino para las armas en nuestro poder. Finalmente decidimos que no íbamos a entregar las armas, las íbamos a dejar. No íbamos a dárselas al Ejército, ni al Estado, y decidimos fundirlas, dañarlas. Esa es la diferencia entre dejar las armas y entregarlas. Fue un hecho histórico porque nunca antes en el siglo XX había existido un acuerdo entre dos fuerzas que se enfrentaban a los balazos sin que una de las dos fuera vencida militarmente.

Cometimos equivocaciones, pero fueron producto de que éramos los pioneros, pero el M-19 siempre se caracterizó por ser serio frente a los compromisos con la sociedad, eso nos dio una fortaleza importante.

¿Qué significó para el M-19 el asesinato de Carlos Pizarro, ocurrido menos de dos meses después de haber firmado la paz?

Después de la firma de la paz los que quedábamos, ya no nos llamábamos M-19, éramos un colectivo pero no una organización política. Nos reunimos lo que antes se llamaba la dirección y el Comando Superior y nos dimos cuenta de que realmente no teníamos reversa, el único norte era, con todo el dolor y la tragedia, seguir. En eso fuimos conscientes, era lo más difícil, pero lo más productivo en términos del discurso político. Empezar a correr el riesgo de que mataran a otros.

¿Esa determinación les ayudó a fortalecerse políticamente para llegar a la Asamblea Nacional Constituyente’

Creo que sí, con la decisión de mantenernos en nuestra idea de paz ganamos nosotros como ex militantes del M-19, pero también ganó la sociedad. Pudimos ayudar en el cambio de la Constitución. La decisión de seguir no era solo la decisión de construir la paz sino la de hacer una sociedad que se enfrentara a la modernidad, que cambiara para reconocerse a sí misma, reconocer su diversidad. Nosotros como suma de voluntades, como colectivo, mantenemos la decisión y la hemos mantenido durante los últimos 25 años.

¿Y si tuvieron tan buena acogida en la Constituyente por qué el partido Alianza Democrática M-19 terminó por disolverse?

Nosotros nunca supimos cómo hacer un partido, no es fácil. Cuando uno está en la clandestinidad uno es parte de un colectivo, como individuo casi que no existe. Nosotros teníamos la teoría pero no habíamos construido un partido, creímos que lo más importante no era la construcción partidaria sino la política nueva de una sociedad. Nos dedicamos a eso y no fuimos conscientes de los logros. Participamos en la elección de alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y llegamos a tener en 1991 como 600 concejales, pero nunca supimos, porque no estábamos organizados para asumir eso. Mucha gente en esa etapa se autodenominaba como del M-19, que se convirtió en una especie de marca, una franquicia. Cada que hacíamos un intento de organizar, venían otros y se nos llevaban las victorias. Nos dedicábamos a hacer política primitiva pero los grandes puestos fueron ocupados por otra gente que no había sido militante. Nosotros no estábamos preparados, porque no veníamos de esa experiencia, para sumir la legalidad. Y es normal, si veníamos de 20 o 25 años de militancia clandestina, meterse era difícil. Nunca dimos el salto a volvernos una organización política. Gustavo Petro y Antonio Navarro, que lograron llegar al Congreso y ocupar cargos políticos importantes, hicieron un trabajo individual.

¿Cuáles cree que fueron las enseñanzas que dejó el proceso de paz con el M-19 de cara a las negociaciones que actualmente se adelantan en La Habana (Cuba) entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc?

Frente a todos los esfuerzos de buscar la paz lo primero que hay que hacer es ser respetuoso. En el caso del M-19 creo que se puede rescatar la voluntad y la seriedad que siempre tuvimos frente a los compromisos que asumíamos. Pero hay otros aspectos importantes que se deben tener en cuenta. Creo que una de las prioridades debe ser educar a la gente pues la mayoría de los guerrilleros no tienen formación académica. La única forma de atemperar los ánimos y los odios es con conocimiento, por eso hay que invertir en la educación, esa es la única garantía de que salgamos de este atraso. También es importante incorporar a los militares a las negociaciones, a los banqueros, a los empresarios que tienen mucho para aportar a la sociedad y al posconflicto. Además hay que acercar a la comunidad internacional porque este es un proceso costoso. Hay que seguir apostándole a esto, porque hay voluntad de las Farc y del Gobierno, tenemos que ser optimistas.

19 y más momentos en la historia del M-19

Sin lugar a dudas, el M-19 fue un movimiento político y militar excepcional en el marco de lo que fueron las guerrillas en América Latina y el Caribe durante las décadas de los años 70 y 80. No solamente por sus propuestas nacionalistas y de apertura a la democracia, ni por la audacia de sus acciones político-militares, ni por abrir los caminos hacia la paz. Otros grupos en el continente, no muchos, también lo hicieron y supieron interpretar los momentos políticos para adecuar las tácticas y la estrategia: trascendieron la guerra, ganaron la paz y eso los salvó de debacles militares y políticas como fue el caso de los Montoneros y el ERP en Argentina, de derrotas militares como la que sufrieron los Tupamaros en Uruguay o la desaparición de distintas guerrillas en países como Venezuela, Perú, Brasil y muchos más.

Por: Darío VIllamizar H.

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En sus dieciséis años de vigencia como organización, el M-19 vivió tiempos de gloria y otros bastante complejos. Triunfos y derrotas. Rescatar a Bolívar y su espada del museo en donde lo tenía arrinconado la vieja oligarquía, fue uno de esos grandes aciertos. Conquistar la paz, dejar las armas y participar protagónicamente en los cambios democráticos que inspiró la Asamblea Nacional Constituye de 1991 y que fue el mayor reto político de la historia de Colombia en el siglo XX. Ganar la legitimidad cautivando a colombianas y colombianos que acompañaron esa brega de 16 años y más, fue igualmente una de las victorias alcanzadas. ¿Derrotas y sinsabores? ¡Muchos! Cientos de hombres y mujeres que murieron por un ideal de país; otros, víctimas anónimas de una guerra entre hermanos que nunca debió ocurrir; no calibrar adecuadamente ciertos momentos y comportamientos de las élites, también fueron errores manifiestos.

A continuación diecinueve momentos de esa historia tan cercana en el recuerdo y en el tiempo:

1. 1970.

Miles de colombianos que votaron por el general Gustavo Rojas Pinilla, líder del partido Alianza Nacional Popular, ANAPO, protestaron en las calles por el fraude electoral en su contra. El 19 de abril de 1970 quedó para la historia como una jornada en la que se burló la voluntad popular. Era el gobierno de Carlos Lleras Restrepo (1966-1970).

2. 1973.

Jóvenes procedentes de las filas de la ANAPO, del Partido Comunista, de las FARC y de otras militancias (Jaime Bateman, Iván Marino Ospina, Álvaro Fayad, Carlos Toledo Plata, Carlos Pizarro, Gustavo Arias, Lucho Otero, Andrés Almarales, Germás Rojas), fueron algunos de los fundadores del Movimiento 19 de Abril, M-19.

3. 1974.

El 17 de enero se conoció públicamente cuando sustrajo de la Quinta de Bolívar su espada. Días antes los principales diarios del país anunciaban un extraño producto: “¿Parasitos… gusanos? espere M19”. “¿Decaimiento… falta de memoria? espere M19”. “Ya llega M19”.

4. 1976.

El M-19 efectuó su Conferencia Nacional “para abocar y concretar lineamientos básicos sobre Estrategia y Tácticas revolucionarias”, según expresó en un documento de diciembre de 1975. Al evento de mediados de enero concurrieron 25 de los principales dirigentes, todos usaban capuchas para cubrir sus identidades. Cuando se instaló, se aclaró que esa era la 4ª Conferencia, ya que la que se hizo en el segundo semestre de 1974 fue la 3ª y las dos de 1973, en las que se dieron los pasos iniciales para conformar el M-19, fueron la 1ª y 2ª conferencias.

5. 1976.

José Raquel Mercado, presidente de la Conferencia de Trabajadores de Colombia, CTC, fue secuestrado, sometido a un “juicio popular” y condenado a muerte por el M-19. Mercado fue acusado de traición a la Patria, traición a la clase obrera y enemigo del pueblo. A lo largo y ancho del país se vivieron en este año una serie de conflictos laborales que generaron protestas, detenciones y torturas a trabajadores y dirigentes sindicales. La CTC y su Presidente eran señalados reiteradamente como “vende obreros” y “patronales” por los trabajadores agrupados en el llamado “sindicalismo independiente”.

6. 1977

En la más absoluta clandestinidad, el M-19 hizo su V Conferencia Nacional en la que definió una estrategia de poder y trazó los elementos para la construcción de una organización político-militar. En una nueva reafirmación de postulados iniciales como la lucha contra el vanguardismo y el sectarismo, hizo la propuesta de conformar un frente político amplio en el que incluso estuvieran las FARC, el ELN y el EPL.

7. 1977.

Pocos meses más tarde, en el marco de la organización del primer paro cívico nacional, que se realizó el 14 de septiembre, el M-19 secuestro al exministro de Agricultura, Hugo Ferreira Neira, gerente de Indupalma S.A., en huelga, empresa dedicada a la producción de aceite de palma en el municipio de San Alberto (Cesar). Para liberarlo exigió el pago de los salarios trazados, reintegro de los despedidos, acabar con el sistema de contratistas y reconocimiento de antigüedad de los trabajadores. Cumplidas las exigencias, Ferreira fue liberado.

8. 1978.

La VI Conferencia del M-19 (marzo) fue un espacio deliberativo en el que se consolidó la propuesta de la OPM, se designó a Jaime Bateman Cayón, Pablo, como oficial superior primero y comandante de la organización, se estableció un comando superior y una dirección nacional y se aprobó el reglamento interno. En lo político el M-19 definió su lucha por la democracia y se reafirmó en la invitación a escoger un solo candidato por las fuerzas de izquierda y de oposición. En cumplimiento de una decisión de la conferencia, se organizaron ese año las primeras guerrillas móviles.

9. 1979.

Mediante comunicado a la opinión pública, el M-19 informó de la sustracción de más de 5.000 armas del Cantó Norte del Ejército en Bogotá. Propuso, por primera vez desde una organización política en armas, “llegar a acuerdos sobre un alto en las operaciones” si se llegara a considerar las aspiraciones de las mayorías del país “sobre todo por una patria en paz, pero también por una patria justa, soberana y democrática”.

10. 1979.

La VII Conferencia del M-19 se reunión en medio de la más dura represión desatada por el gobierno de Julio César Turbay Ayala a raíz del asalto al Cantón Norte. Cientos de colombianos fueron detenidos y torturados; las continuas violaciones a los derechos humanos fueron denunciadas por organismos internacionales como WOLA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional. Cerca de 350 presos políticos del M-19, FARC, EPL, ELN y ADO se encontraban en las cárceles al concluir el año.

11. 1980.

Al finalizar febrero, la columna Jorge Marcos Zambrano del M-19 irrumpió en las instalaciones de la Embajada de la República Dominicana en Bogotá tomando como rehenes a 57 personas entre embajadores y funcionarios de embajadas y otros invitados a la recepción. Los captores pidieron la libertad de 311 presos políticos, la publicación de un comunicado denunciando la grave situación de los derechos humanos en Colombia y la suma de 50 millones de dólares. Pasados 61 días, los integrantes del M-19 viajaron a Cuba con sus rehenes pero sin los presos que reclamaban libres.

12. 1980.

En medio de la toma de la Embajada, Jaime Bateman le concedió una entrevista al periodista Germán Castro Caycedo en la que se presentó como el comandante general del M-19 y lo hizo portador de una propuesta al presidente Turbay en la que se convocaba a un amplio y representativo grupo de colombianos, el 1° de mayo siguiente en Panamá, para discutir los graves problemas de la nación y buscar las soluciones de manera pacífica. La reunión, aplazada para el 4 y 5 de julio, se frustró ante la persecución que desató el gobierno contra los líderes del M-19 y contra quienes habían aceptado la invitación.

13. 1981.

La lucha por la paz, por la amnistía general e incondicional, el levantamiento del Estado de Sitio y la derogatoria del Estatuto de Seguridad, fueron las banderas políticas del M-19 hacia las elecciones de 1982. Esa fue la propuesta que le hizo llegar al presidente Turbay, esta vez a través del conocido presentador y animador de televisión, el popular Fernando González Pacheco quien la recibió del propio Jaime Bateman durante la entrevista que sostuvieron el 22 de julio.

14. 1982.

Los ejes del debate electoral de 1982 fueron la paz y la amnistía a los presos políticos. A partir de septiembre comenzaron a recuperar su libertad, algunos por vencimiento de términos o por penas cumplidas. El M-19 comprendiendo el momento político de apertura, conformó un comando político legal que inició actividades públicas en las ciudades y ante instituciones como el Congreso de la República. Belisario Betancur, presidente electo tomó posesión de su cargo el 7 de agosto. Ese día, a la misma hora, en las selvas del Caquetá, sesionaba la VIII Conferencia Nacional del M-19 presidida por el comandante Pablo. El 19 de noviembre el Presidente sancionó la Ley 35, ley de amnistía, calificada por Bateman como un paso a la paz y propuso una tregua y diálogo nacional a través del “Memorando por la paz” de seis puntos.

15. 1983.

La desaparición y muerte del comandante Bateman dejó en orfandad al M-19. Un absurdo accidente de aviación en las selvas del Darién panameño, ocurrido el 28 de abril, privaron a su organización y a Colombia de un esclarecido líder que había logrado el apoyo y simpatías de muchos de sus compatriotas. Iván Marino Ospina, Felipe, le sucedió en la comandancia y pocos meses más tarde asistía, junto con Alvaro Fayad, David, a un primer encuentro en Madrid con el presidente Betancur para discutir los temas de la paz.

16. 1984.

En medio de una ofensiva militar en los departamentos de Huila, Caquetá y en la intendencia del Putumayo, que incluyó la toma de Florencia, el M-19 adelantó conversaciones y negociaciones con la Comisión de Paz conformada en el gobierno de Betancur. En agosto, muy próximo a firmarse el acuerdo de cese al fuego, tregua y diálogo nacional, los enemigos de la paz dieron muerte a Carlos Toledo Plata, médico de profesión, dirigente del movimiento y líder ampliamente reconocido en el país. Pese a todo, el 24 de agosto se firmaron los acuerdos con el EPL y el M-19.

17. 1985.

De cese al fuego, tregua y diálogo nacional no hubo mucho. Los campamentos guerrilleros fueron permanentemente atacados, lo que obligó a nuevas negociaciones y nuevas treguas; los integrantes de la Comisión de Negociación y Diálogo fueron constantemente hostigados en las ciudades y su labor obstaculizada. En medio del cerco militar, en febrero se celebró la IX Conferencia Nacional del M-19 en Los Robles (Departamento del Cauca) hasta donde concurrieron cientos de personas para expresar su apoyo a la guerrilla en tregua. La ruptura de la misma en junio, luego del atentado en que salieron heridos varios dirigentes del M-19, entre ellos Antonio Navarro Wolf, significó la reactivación de la confrontación y el escalamiento de las acciones guerrilleras y de la Fuerza Pública cuya máxima expresión fue la toma del Palacio de Justicia en noviembre.

18. 1986.

Las posibilidades de paz quedaron debilitadas; dirigentes del M-19 como Álvaro Fayad y Gustavo Arias murieron en circunstancias extrañas bajo las balas oficiales. La comandancia de la organización fue asumida Carlos Pizarro Leongómez, uno de sus fundadores y hasta entonces integrante del mando central. El gobierno de Virgilio Barco, que asumió en agosto, se inició como el gobierno de la rehabilitación, reconciliación y normalización y bajo la consigna de “mano tendIda y pulso firme”. Más tarde presentaría la “Iniciativa para la Paz” (distensión, transición e incorporación), que contó con amplia acogida en el movimiento guerrillero.

19. 1987.

La vieja aspiración de unidad de las guerrillas colombianas alcanzó su máxima expresión en septiembre cuando en la sede del secretariado de las FARC se reunieron delegados de todos los grupos guerrilleros para dar paso a la formación de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB).

20. 1988.

El secuestro del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado por parte del M-19 en mayo de este año, generó una negociación de alto nivel que permitió retomar las discusiones en torno a la salida política al conflicto colombiano. La celebración en julio, de una “minicumbre” en la Nunciatura Apostólica de Panamá permitió un desenlace “feliz” al secuestro de Gómez Hurtado y la convocatoria a una nueva reunión en Bogotá dos meses más tarde.

21. 1989 – 1990.

El 10 de enero de 1989 se firmó la primera declaración conjunta entre el gobierno y el M-19. El hecho dio comienzo a un año de difíciles negociaciones que culminarían un año más tarde con la desmovilización del M-19 como estructura político-militar, la dejación de las armas y el ingreso a la vida política legal. El acuerdo político que se firmó el 9 de marzo de 1990 sirvió de ejemplo a otras guerrillas nacionales y de América Latina y contribuyó a la apertura política y la democratización mediante la realización de la Asamblea Nacional Constituyente y la elaboración de una nueva Constitución Política en 1991.



• Darío Villamizar Herrera es analista e investigador de temas sociales políticos e históricos. Es autor de libros como ‘Aquel 19 será.’ Y Jaime Bateman: profeta de la paz.