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Tecnología 30 Abr 2013 - 9:03 pm

De lecturas y reescrituras

Puesto que la sociedad y la cultura evolucionan, también cambian los significados, el valor de cada palabra, de cada texto. Cambia nuestra manera de leer y escribir. ¿Cómo leemos hoy? ¿Cómo escribimos? ¿Cómo ha cambiado nuestra relación con los discursos?

Por: Diego Pérez Medina, Claudia Camacho
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/EFE

Estas preguntas que plantea Daniel Cassany, centrales para cualquier persona si tenemos en cuenta la gran cantidad de información que circula en nuestros días, cobran un valor fundamental cuando se habla de educación. Las preguntas se transforman y ya no sería “¿cómo leemos?” o “¿cómo escribimos?”, sino “¿cómo se piensa el desarrollo de las habilidades relacionadas con la lectura y la escritura en los entornos educativos?”. Si bien es cierto que tanto la sociedad como la cultura se encuentran en constante evolución, el ritmo con el que se mueve el mundo de hoy no parece dar tiempo para asimilar la mayoría de eventos que ocurren a nuestro alrededor. Es difícil hallar espacios alejados de las llamadas “nuevas tecnologías” y, por extensión, de la cantidad de datos que éstas suponen. La internet, la televisión, los dispositivos móviles de comunicación ya no están fuera del aula de clase, sino que se integran a la misma, aunque no siempre de manera armónica.

La inclusión de las llamadas TIC (tecnologías de la información y la comunicación) en el aula cobra el valor de imperativo y deja de ser una opción. A pesar de la desigualdad en el acceso a los recursos, tanto las instituciones educativas públicas como las privadas parecen estar en una carrera tecnológica enfocada en la adquisición de computadores, tabletas, tableros digitales y programas que integren las nuevas tecnologías a los currículos institucionales. Sin embargo, este acelerado proceso no parece darse de manera uniforme y deja muchos vacíos que llenar. Surgen entonces inquietudes sobre la capacidad en la que se encuentran los docentes de asimilar a su práctica las nuevas herramientas, los métodos para usarlas, los beneficios reales que tiene el uso de las TIC, entre otras.

“Resulta un tanto dramático pensar que la Ley 115 determinó como obligatoria el área de tecnología e informática desde el año 1993, pero aún no es evidente el impacto en los avances académicos, curriculares, metodológicos y didácticos en los niños, niñas y jóvenes, ya que continúan promocionándose en cursos superiores con las mismas deficiencias en la utilización de TIC”, dice Óscar Mendoza Martínez, coordinador del Colegio Técnico Tomás Rueda Vargas, en la ciudad de Bogotá, y quien se desempeña además como docente e investigador de la Escuela Colombiana de Carreras Industriales (ECCI) y desarrollador de contenidos para la web.

Pensar en los nuevos desafíos pedagógicos con los que se enfrenta el país, nos lleva a revaluar el estado actual de nuestro sistema educativo. ¿Qué tan a la vanguardia se encuentra Colombia en cuanto a modelos pedagógicos? En la enseñanza de la lectura y la escritura, este cuestionamiento es esencial. Día a día salen nuevas estadísticas sobre los bajos niveles de lectura en nuestro país, como la revelada por el DANE, según la cual los colombianos mayores de 12 años sólo leen 1,9 libros al año, o sobre los resultados que obtenemos en las pruebas internacionales que miden los niveles de compresión lectoescritora. Un ejemplo cercano lo encontramos en el Estudio del Progreso Internacional en Competencia Lectora (Pirls, por su sigla en inglés), que ubica a Colombia entre los 10 puntajes más bajos en comprensión lectora a nivel mundial, en un país en el que es evidente que la mayor parte de su población aún tiene problemas para hacer una lectura crítica de la realidad que la envuelve y en el que aún no logramos salir en muchas ocasiones de modelos de enseñanza de hace más de treinta años.

Una constante con la que se enfrenta una persona que se dedica a la educación es el no rotundo con el que responden muchos niños y jóvenes frente al gusto por la lectura (entendida como la lectura de libros). La mayoría alega pereza, cansancio, aburrimiento y tedio. ¿Será que realmente no les interesa leer o que no reciben los estímulos suficientes de las personas que deberían fungir como guías? Ernesto Sábato decía, en Sobre algunos males de la educación, que “la persona común va perdiendo esa cualidad primigenia que tiene el niño, porque es embotado por los lugares comunes, hasta que llega a no advertir que un hombre con dos cabezas no es más fantástico que un hombre con una sola. Volver a admirarse de la monocefalia, o sorprenderse de que los hombres no tengan cuatro patas, exige una suerte de reaprendizaje del asombro”. El problema es que al parecer el mal que relata el autor argentino cada vez aqueja al ser humano a más temprana edad. Así, es difícil pensar en un avance significativo en los niveles de lectura y escritura si sobre estos dos procesos no existe ni se genera un gusto que demuestre las posibilidades que pueden abrir la lectura a cualquier persona.

Es difícil pensar que lo más terrible no es que los niños no lean y no les interese leer, por lo menos en el sentido habitual que tenemos de lectura, algo que puede ser realmente cuestionado. Lo que resulta asombroso es que el mal que se les achaca a los jóvenes es más marcado en los adultos, supuestos encargados de la educación infantil. Hoy en día no es difícil encontrar profesores a todo nivel a los que no les gusta leer un libro o no cuentan con el “tiempo” para hacerlo. “Maestros cansados que llevan muchos años ejerciendo su labor”, como los llama Ángela Dimaté, promotora de lectura en los Paraderos para Libros para Parques, en Bogotá, que ha trabajado en diferentes proyectos enfocados en la formación de lectores en Colombia y quien ve parte del problema de lectura en nuestro país en la falta de ideas nuevas y de proyectos institucionales sostenibles a largo plazo.

La inclusión de nuevas tecnologías en el aula debe ser orientada por un cambio de mentalidad en el modelo educativo colombiano. El ingreso de nuevas herramientas al aula de clases no tiene sentido si no se hace uso adecuado de ellas. “El docente es el ejemplo a seguir, pero si no se adapta a las nuevas condiciones de la sociedad, la escuela se convierte en un espacio de reproducción sistemática de conceptos y no en el escenario de apropiación y desarrollo de competencias”, dice el profesor Mendoza Martínez. Tal vez lo primero que hay que tener en cuenta es que no debemos dejarnos deslumbrar por simples espejos ni cambiar oro por baratijas. La inclusión de nuevas tecnologías en la educación puede verse como la posibilidad de repensar el camino que hemos ido recorriendo hasta nuestros días, y tal vez un cambio en nuestros paradigmas sea lo que necesitamos para crear una sociedad con base en el conocimiento. Pero esto sólo es posible en la medida en que logremos procesar, asimilar y utilizar la información que nos llega de forma adecuada. A la larga, ¿no implican los nuevos medios otra cosa que la necesidad de alfabetizar en un nuevo campo a las personas que tienen que ver con educación? Así, los maestros de hoy tienen una ventaja que implica una doble responsabilidad: son estudiantes que se inician en nuevos y acelerados saberes, a la vez que mantienen su rol de educadores. Como dice Filippo Gilardi, profesor de la Universidad de Nottingham, Campus Ningbo, China: “Ser alfabetizado hoy no significa sólo saber leer y escribir, sino saber leer y escribir a través de múltiples medios: libros, videos, redes sociales, blogs, SMS. Lo que hay que enseñar, a los alumnos y a los maestros, es cómo hacerlo. La constitución de narrativas transmediáticas nos ayuda en esto. El objetivo no es olvidar las narrativas tradicionales sino reactualizarlas”.

Que los estudiantes de hoy en día no leen es cuestionable. El mundo de hoy implica la necesaria decodificación de muchos tipos de códigos. Leen cuando entran a Facebook o hacen búsquedas en Google, o en las horas interminables en un videojuego, o viendo series de televisión o internet, pero ¿cómo estamos leyendo? ¿Cómo estamos comprendiendo los contenidos que leemos? Lo interesante y paradójico del tema es que la dispersión de la información, que tantas veces ha sido juzgada como la causante de los lectores acríticos, puede a su vez plantear salidas al problema. ¿Acaso no podemos aceptar que si bien un joven de hoy en día ya no se asombra por la monocefalia, como dice Sábato, se ve constantemente atraído por una realidad virtual que lo rodea? Propuestas como el uso de las narrativas transmediáticas en la formación de lectores y escritores o el desarrollo de softwares interactivos abren múltiples posibilidades de trabajo dignas de tener en cuenta.

“En la narrativa transmediática cada medio cuenta una parte diferente de un universo narrativo. Lo que se lee en el libro no es lo mismo que se ve en la película o se encuentra en un blog. Cada medio nos cuenta al mismo tiempo una historia independiente que, asociada a las otras historias, participa en la construcción de un único universo narrativo que no se desarrolla de manera lineal, sino que se construye y se expande dependiendo del medio que se emplea”. Esta definición, dada por el profesor Gilardi, quien hará parte de un congreso sobre lectura y escritura en Bogotá el próximo mes de mayo, presenta posibilidades de lectura que parecen retomar con los nuevos medios lo que se ha buscado desde hace ya muchos años a través de conceptos como intertextualidad, hipertexto o hipotexto.

Aunque el asunto es complejo y tiene infinidad de variables, lo único que parece cierto es que ahora, como siempre en la joven Colombia, es necesario un cambio drástico en educación. Si no se forman lectores y escritores críticos, la historia la seguirán escribiendo manos externas. Las nuevas tecnologías, las TIC tan mencionadas por nuestro gobierno, son una posibilidad que debe ser tenida en cuenta, siempre y cuando haya programas y apoyos gubernamentales reales que permitan un uso efectivo de las mismas. Además, y hablando de tecnologías, no hay que olvidar que en ciertos lugares de nuestro país un libro sigue siendo un artefacto tan extraño, maravilloso y desconocido como los que llevaba Melquíades a Macondo.

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