Dice Oskar Juhlin, académico sueco

Diseño y software, la unión que revolucionará la industria de la moda

Para este investigador, el énfasis para desarrollar nuevos textiles destinados a los llamados “wearables” no ha producido los resultados esperados.

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Para todo el interés que parecen haber despertado, los wearables son una categoría que pareciera no terminar de despegar, al menos no como esperábamos: ropa inteligente que integre tecnología digital con la experiencia diaria del uso de una prenda.

Buena parte de lo que hoy se conoce como wearables se puede agrupar en dispositivos para monitorear actividad física del usuario, bien sea para deporte o salud, y suelen presentarse en una variedad algo limitada que va desde relojes inteligentes hasta bandas con sensores.

Varios estudios reportan que crecerá el mercado de estos dispositivos, especialmente en la categoría de relojes inteligentes, que podrían llegar a representar casi el 70 % de las ventas. Se estima que, para 2019, habrá 245 millones de wearables en las manos de los consumidores.

A pesar de que los relojes inteligentes se constituirán en el segmento más lucrativo, los monitores de ejercicio seguirán siendo los dispositivos más populares en el mundo de los wearables. En cinco años, su presencia en este mercado será de casi el 60 %.

El campo de acción de los llamados wearables, al menos teóricamente, se puede extender mucho más allá. La idea, justamente, es llegar al punto en que la ropa incluya aplicaciones de tecnología para una diversidad de usos. ¿Cuál es la gran limitante? “El gran problema ahora es el desarrollo de software”.

Oskar Juhlin es profesor de la Universidad de Estocolmo e investigador de la digitalización de la moda. Su preocupación va un poco contra una de las corrientes imperantes en esta industria: si se ha de incluir tecnología en la moda, en las prendas de uso diario, el desarrollo principal son textiles inteligentes, nuevos materiales con un set muy particular de propiedades (fácil conducción de la electricidad, por ejemplo). El académico estuvo en Bogotá como parte de una iniciativa del Instituto Sueco y la Embajada de Suecia en Colombia, que busca generar lazos entre ambas naciones, especialmente en temas de industrias creativas.

La investigación en textiles inteligentes sigue siendo importante, pero lo que se podría cuestionar son los resultados que ha logrado hasta ahora. Este es un campo de acción lento y costoso y, por ende, los avances se han demorado mucho en aparecer. En cambio, sabemos que el terreno del software es más fértil: integrar programación con diseño de modas debe ser la prioridad”.

Según la visión de Juhlin, no se trata sólo de lograr buenos diseños desde el punto de vista estético, sino también integrar belleza con funcionalidad, otra gran tarea que, según el académico, sigue en veremos. “La mayoría de los wearables se siguen sintiendo como dispositivos, como accesorios a veces invasivos. Claro, hay relojes bellos, pero hace falta una mayor integración entre forma y función en este mundo”.

La definición de funciones es clave a la hora de hablar de wearables, pues uno de los problemas de estos dispositivos es que suelen tener una alta tasa de abandono por los usuarios. Un estudio de 2016 encontró que, entre los compradores de EE.UU., al menos un tercio los deja de lado en seis meses.

Juhlin insiste en que los wearables no son sólo una tendencia, aunque entiende por qué parece así. “El desarrollo de software puede producir ropa que cambie de color de acuerdo con el momento del día o la intensidad solar. Ese es el tipo de metas al que tenemos que aspirar”.

Ahora bien, la unión entre forma y función parte del proceso mismo de creación de una prenda: la programación y el diseño de software tienen que ir en el mismo nivel, al mismo tiempo, que el diseño de una prenda. “El diseñador de moda se ha convertido en una figura que pareciera saber de todo, omnipotente. Esto no es cierto. Se trata de crear equipos de trabajo en los que se encuentren ambas visiones. Sólo así lograremos resultados que le lleguen al público”.